1 Enero 2013
¡Las cosas de la vida! Nunca he sido muy amigo de las excursiones multitudinarias. La montaña que yo disfruto es la que frecuento con unos pocos amigos o incluso en soledad.
Sin embargo, toda regla tiene sus excepciones y el Adarra, el uno de enero, es una de ellas. No sabría explicar las razones que me llevan, año tras año, a acudir a la cita, haga el tiempo que haga, con el cuerpo derrengado por las escasas horas de sueño y la cena excesiva.
Probablemente no sea más que la necesidad de sacudirme las comilonas y la pereza navideña, o una especie de declaración de intenciones para el año que comienza.
Pero sobre todo, es sin duda la oportunidad de saludar a los numerosos amigos que compartimos esta extraña e injustificable afición de ascender montañas.


