
Era un domingo temprano. Nos encontrábamos en Baraibar, bajo un cielo encapotado y gris. Varias personas charlaban animadamente bajo el alero de una casona mientras pateaban el suelo para quitarse el frío, otras subían y bajaban por la carretera en busca de información, los más permanecíamos impacientes en el interior de los coches. Había nevado durante la noche y la carretera a San Miguel estaba en malas condiciones. Una patrulla de forales había cruzado su vehículo en mitad de la calzada impidiendo el paso. Aguardábamos la llegada del quitanieves.
En esas estábamos cuando vi bajarse de uno de los coches a dos personas que, inquietas, comenzaban a preparar el equipo de fondo. Una de ellas era Juan Laredo. Observándole, no pude menos que admirar su vitalidad: con sus más 75 años se desenvolvía con la energía y determinación de un hombre con la mitad de su edad.
Me acerqué a saludarle. Ante mí tenía a toda una leyenda del esquí de fondo vasco, un pionero con décadas de experiencia, practicante además, a lo largo de su vida, de otras disciplinas como el esquí de travesía, montaña, escalada, piragüismo, maratones... en definitiva, un atleta.
Pero no es su espectácular curriculum deportivo lo que más me admira de él –que también–, sino su inquebrantable espíritu, su perpetua ilusión y su inmensa constancia (admiración que se extiende a otros de su generación o inmediatamente posterior como Suso Ayestarán, Pepemi Glez. Muga, Casimiro Bengoetxea, Julio Villar, Manolo Díaz, etc. que continúan activos). Viendo sus preparativos e impaciencia por calzarse los esquís parecía que fuese su primer día. Nadie diría que lleva más de 60 años acudiendo a esquiar a Aralar, para, como describía en su libro Esquí ideal, esquí de fondo (San Sebastian, 1970), “recrearse en la contemplación del bosque con sus árboles cuajados de nieve, sentir el murmullo del arroyo bajo el helado suelo,... marchar por sendas vírgenes abriendo nuestros propios caminos”.
Y la pregunta surge inevitable, ¿seremos capaces cuando nos toque –si es que llegamos– de estar a su altura?, ¿podremos mantener esta misma ilusión por la montaña que, por ejemplo, nos tiene hoy atascados en Baraibar, en un día tan plomizo y ventoso?
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Guía de esquí de fondo publicada
por Juan Laredo en 1970
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De pronto, saliendo de la curva a todo gas, apareció bufando el quitanieves. Apenas nos dió tiempo a reaccionar cuando ya varios coches salían disparados detrás de la máquina. Y entre ellos, de los primeros, el de Juan Laredo.
