23 jun 2013

Garmo Negro


El balneario

Apenas ha amanecido cuando, medio mareado por el madrugón y las curvas, llegamos al pequeño circo donde se asienta el balneario de Panticosa.

El lugar, con su amontonamiento de edificios –construidos, semiconstruidos o en ruinas– no contribuye a levantarme la moral. Si hace unos años me causaba tristeza su aire de decadencia, hoy, tras las desafortunadas obras, me produce un cierto cabreo el despilfarro y la oportunidad perdida.

Goya, en uno de sus célebres grabados, decía que “el sueño de la razón produce monstruos”. Dos siglos después constatamos que el sueño de la especulación también produce monstruos, o desastres. La mucha ambición, poca cultura y nula sensibilidad ha derribado los edificios antiguos que bien restaurados hubieran contribuido al encanto del lugar; construido otros sin la más mínima concesión al ambiente alpino o a la naturaleza (da la impresión que el arquitecto haya diseñado estos edificios sin conocer el emplazamiento, podrían estar en el centro de cualquier ciudad); abandonado obras en chasis; y dejado sin derribar estructuras en ruinas que dan al paraje un aspecto de suburbio industrial.

En resumen, han querido crear una infraestructura capaz de atraer masas a la montaña y han acabado por gestionar un engendro.


El hombre de las mil y una ascensiones

Contemplo desde el collado la pala que se estira vertical hasta la cima. Un desfile de figuras de vivos colores asciende desperdigada, cada cual buscando su ruta en tan áspera pendiente.

La nieve que comienza a transformarse invita a intentar la subida foqueando, sin embargo observo, a media ladera, un tipo con mallas pero sin crampones que patina de mala manera a cada paso. Me calzo pues los pinchos y con las tablas a la espalda comienzo el viacrucis. 

Al poco, tropiezo con un hombre mayor que desciende. Tras el saludo de rigor, me interpela:

–Tú, ¿cuantos años tienes?

Nada más responder me doy cuenta de que era una pregunta retórica. En realidad lo que quiere decirme es su edad:

– Pues yo tengo 67.

Le felicito y ya me dispongo a reanudar el ascenso cuando añade muy ufano:

–El domingo pasado celebré la ascensión número 1.000 al Garmo Negro.

Es decir, que hoy hace la 1.001. Obviamente, lo primero que se me ocurre es ¿no hay más montañas? No es esta la primera vez que me encuentro con individuos que repiten la misma cumbre infinidad de veces, como si fuese un ritual, y nunca lo he entendido. ¿Dónde queda el placer de la aventura, el descubrimiento, la sorpresa...? Con todas las montañas, valles y paisajes que existen, y que para conocerlos nos harían falta varias vidas, empeñarse en ascender siempre la misma cumbre me parece un desperdicio, pero... allá cada uno con su vida.


Hablemos ahora de la montaña

En la cima, disfruto, mientras espero al compañero, del espectáculo a mi alrededor. Garmo, etimológicamente, significa lugar accidentado y de difícil acceso. En eso estoy de acuerdo. Sin embargo, el adjetivo negro carece hoy de significado. Las intensas nevadas de este año permiten que a estas alturas de la temporada (mediados de mayo) el Pirineo esté cubierto con un gran manto de nieve, que ahora aprovechamos.

El día es espléndido. La gente se demora en la cima, descansando al sol, charlando, haciendo fotos. Me sorprende que todavía algunas personas celebren la cima con poses de victoria. Probablemente herencia de la literatura expedicionaria de los años 50, repleta de estrategias, ataques a la montaña, asaltos a la cima y demás jerga belicosa tan de moda en aquella época, pero hoy día trasnochada.

La mirada se me va 1.400 metros más abajo, al fondo del valle, al balneario. De repente, veo el lugar como si estuviese a escasos metros y me desconcierta y alegra al mismo tiempo comprobar que los feos edificios se han transformado en hermosas estructuras acordes con la montaña, y las ruinas en espléndida vegetación... Unas risas cercanas me sobresaltan. ¡Ostras! ¡Me he debido quedar adormilado! El madrugón y este sol me están pasando factura.

Creo que ha llegado el momento de bajar. Me coloco los esquís y me deslizo suavemente hacia la realidad.












Ascensión realizada el 12 de mayo, 2013

21 abr 2013

Seles

La práctica del montañismo, tal y como yo la entiendo, no se limita sólo a una actividad deportiva. La montaña que disfruto va asociada a muchos otros valores tanto naturales como culturales. Cualquier excursión, por muy humilde que sea, pone a nuestro alcance un sinfín de posibilidades más allá de las deportivas. Tan sólo es necesario un poco de curiosidad, acudir a la montaña con los ojos y el espíritu bien abiertos, no tirar hacia arriba como a través de un túnel en el que sólo se ve la cumbre.

Tenemos la gran suerte de que nuestra afición nos permite descubrir tanto el paisaje y la naturaleza –marco donde se desarrolla nuestra actividad–, como la huella dejada por el hombre a lo largo del tiempo. Traza que podemos seguir desde sus primeros pasos en los monumentos megalíticos, como dólmenes y cromlechs, a la arquitectura guerrera de castros, fuertes y castillos; de la popular de baserris, bordas o molinos a la religiosa de ermitas y santuarios; y por supuesto la agrícola y pastoril. ¿Por qué entonces conformarnos sólo con el aspecto deportivo?

Saroiak, kortak y seles

Una de las actividades que inevitablemente más atraen nuestra atención cuando nos adentramos en la montaña, sobre todo la cercana, es la ganadera y pastoril. Sin embargo, entre sus diversas manifestaciones hay una que, al menos para mí, permanecía desconocida: la cultura de los seles o prados donde se recogía el ganado, denominados según las zonas como saroiak, kortak, kayolar, bustalizas, cubilares, etc.
Artamugarri de Lete (Mutriku)
Es curioso constatar como el tiempo destruye la memoria, como unos usos tan importantes en la organización del territorio, arraigados durante siglos, caen en el olvido una vez pierden su utilidad. Desconocidos hoy en día, incluso, sorprendentemente, hasta para los habitantes de algunos caseríos cercanos a los antiguos seles.

En este sentido, el esfuerzo que Andoni Ramos y Javier Arregui están realizando para recuperar y tratar de detener la desaparición de este patrimonio cultural –que complementa la incansable labor que durante años viene desarrollando el filólogo Luis Mari Zaldua, pionero y experto en el tema– es encomiable, por no decir temerario, y seguro que titánico. Nada menos que elaborar una base de datos de todos los seles de Euskalherria, incluyendo sus coordenadas y fotos. Cientos de ellos tan sólo en Gipuzkoa, dispersos por nuestra geografía, derrotados por la vegetación y el olvido. La búsqueda de los seles no siempre es sencilla exigiendo en algunos casos un trabajo cuasidetectivesco, y la localización de los artamugarris (mojón central del sel) les supone a veces pelear duramente con las zarzas que los esconden.

La exposición del CVCE y la página web http://saroiak.net que han montado reflejan su trabajo a la vez que nos descubren este mundo casi olvidado. Por mi parte, no puedo sino agradecerles su dedicación ya que además de ampliar nuestros horizontes culturales nos proporcionan un aliciente más para acercarnos a la montaña.


Andoni Ramos y Javier Arregui

Luis Mari Zaldua, Andoni Ramos, Javier Arregui, Elena Beristain y Arantza Egibar

Vista parcial de la exposición


Andoni

Andoni es un montañero tranquilo, yo diría que de la “vieja escuela”, entendido en el mejor sentido de la expresión. Es decir, experimentado y respetuoso con la montaña. Detrás de su falso aire de “gruñón” se esconde una magnífica persona y un apasionado montañero que se indigna cuando se topa con las barbaridades que algunos vándalos, por ignorancia o especulación, perpetran en nuestro paisaje.

No le atrae la escalada, ni el esquí, ni otras opciones...  a él lo que le va es recorrer la montaña, los amplios paisajes, las largas travesías, y disfrutar de todos los elementos que la conforman: montes y  cimas, bosques y flores, fauna salvaje o doméstica, dólmenes y menhires, ríos y fuentes, ermitas y refugios, bordas y baserris, buzones y mugarris... todo le interesa, y todo, con alma de notario, lo registra con su cámara.

Crear una base de datos sobre seles es sin duda una ardua tarea que implica, como mínimo, innumerables excursiones a la montaña, manejar el GPS, dominar la cámara de fotos y apañarse con el ordenador. Conociendo a Andoni, un trabajo de estas  características viene a ser para él lo que la miel para el oso Winnie the Pooh: ¡irresistible!





1 abr 2013

Tortiella (1987 m), Zuriza

El temporal y el café


Acodado en la barra del bar, observo el humeante café que me acaban de servir. Por un instante me siento tentado por la seductora idea de sumergir los dedos en él...

Hay días en que uno consciente y gratuitamente se mete en la boca del lobo. Días en que uno estaría mucho mejor en casa o yéndose al cine, pues la meteo es desoladora y constante. Sobre todo constante. Ya puede uno mirar el tiempo en la tele, consultar por internet las páginas de los diversos institutos meteorológicos, escudriñar los variados blogs de predicciones y experiencias o, incluso, en última instancia, apelar al Calendario Zaragozano (que si falla por lo menos trae el santoral completo para poder jurar con fundamento), todos con admirable unanimidad nos decretan un día de viento, nieve y frío espantoso. Sin embargo... ¿no hay un sol matinal ahí... en Zuriza...? Rápidamente nos aferramos al minúsculo huevo frito de la previsión, ¡quizás si madrugamos podamos hacer algo!

Cuando atravesamos Isaba, los gruesos copos de nieve caen tan pesadamente como nuestra moral. Muros de nieve escoltan nuestro paso por el valle de Belabarze mientras enormes nubarrones aplastan el paisaje y nuestras ilusiones. Sin cadenas, pero con mucha precaución, conseguimos coronar el puerto de Argibiela y... ¡premio! Ahí está nuestro oasis azul. Por algún misterio climatológico, el inmisericorde ventarrón mantiene libre de nubes el valle de Zuriza, lo que nos permite improvisar una excursión al Tortiella (1921 m), modesta cima que cierra el valle por su vertiente oriental.

Disfrutamos durante la subida de un sol fotogénico pero gélido, mientras las nubes, perseverantes, estrechan poco a poco el cerco. La humilde cima, por utópica, nos sabe a gloria. Y la gloria, como todo el mundo sabe, es efímera. El temporal, sujeto durante toda la mañana por la ventisca, nos alcanza de pleno. El frío es atroz. Cerramos todos los resquicios posibles, calzamos los esquíes, y abandonamos raudos la cumbre, tan ansiada minutos antes. La visibilidad es nula, el relieve inexistente, el viento se cuela como un cuchillo por la mínima abertura. La cara, la poca que expongo, la siento como cartón. A pesar de los gruesos guantes tengo varios dedos insensibles, pero no hay tiempo ni ganas de intentar recuperarlos. Más que un descenso, esto es una huida.

...estamos en el bar del camping de Zuriza. Los 6 grados bajo cero del exterior nos parecen casi tropicales comparados con lo que venimos de padecer. Vuelvo a mirar el café. Dudo. No estoy seguro de que meter en él los dedos para intentar descongelarlos sea una buena idea, pero...




Cabaña de Tacheras y estribaciones del Txipeta

La pendiente y el frío se intensifican. Al fondo, los Quimboas

La fenomenal nevada cubre casi por entero los pabellones del ganado

Foqueando bajo la Sierra de Alano. El viento y el frío nos acompañan durante toda la ascensión




La gigantesca muela del Atxar de Alano


La cima redondeada del Tortiella a la izquierda


El fuerte viento ha pelado de nieve la cima del Tortiella. Al fondo el Txipeta.


El temporal nos alcanza en la cumbre


La Sierra de Alano se vuelve espectral en la tormenta


Huida bajo la nevada


Llegada al camping, alivio!


16 mar 2013

Petretxema

Una montaña peculiar


El Petretxema es un clásico de nuestro Pirineo cercano. Junto con la Mesa y el Atxerito forman la atractiva trilogía de picos de Linza.

Sin embargo, es también una montaña peculiar, pues posee la originalidad de ser bicéfala, es decir, cuenta con dos cimas separadas por una profunda brecha de difícil acceso que complica el paso de una a otra. Una sensación frustrante para algunos montañeros pues aunque son unos pocos metros es necesario tener conocimientos y material de escalada para superarlos.

Podría decirse asimismo que es una montaña bipolar. Reconozco que el uso de este adjetivo en este caso está traido por los pelos, pero creo que sirve para explicar el carácter tan singular de este pico. En realidad, es como si fueran dos montañas en una. Incluso desde el lado sur de la cordillera las diferenciamos con el nombre: Petretxema y Aguja Grande de Ansabere.

Una misma montaña, dos cimas, dos historias de alpinismo totalmente opuestas (o complementarias, según se mire). La Gran Aguja de Ansabere es una dramática muralla de roca, escenario de épicas escaladas y alguna tragedia, sólamente al alcance de escaladores experimentados. Por contra, el Petretxema, con su empinada cima de hierba y bloques de piedra, se conforma con su papel de cumbre clásica de fácil acceso, muy frecuentada por los montañeros.

Pero cuando llega el invierno, el Petretxema, tan accesible en verano, se transforma a su vez –como tantas otras montañas– en una cima altiva, con una cresta vertiginosa a la que la nieve –la increible cantidad caida este invierno– el hielo y, además, como en nuestro caso, el viento y la niebla proporcionan carácter y exigen compromiso.

En definitiva, una montaña espléndida a la que acudir, tanto a pie como escalando, en verano como en invierno.



El refugio de Linza. Sobre el bosque asoma la cima del Txamantxoia 

Cielo despejado, temperatura moderada. El día promete.

Desde este lado del valle, el Txamantxoia parece una pirámide perfecta.


La mañana invita a relajarse. A la izda. Ezkaurre, a la dcha. Txamantxoia.
La vista sobre Txamantxoia y Ezkaurre es magnífica.
Al fondo, la cima redondeada de Atxerito.

Por fin aparece el Petretxema.

A medida que ascendemos, las nubes nos van cerrando el horizonte.
En la cumbre, la niebla y el viento nos ocultan el paisaje.
Enfrente, la cima de la Gran Aguja de Ansabere aparece fantasmagórica.

En el descenso, pequeños claros entreabren con dificultad las pesadas nubes

El refugio de Atxerito, solitario como siempre, es uno de mis preferidos.



2 mar 2013

Acuarelas

Paisajes en la pared


Desde el Renacimiento, la acuarela ha sido la técnica elegida por naturalistas, exploradores y viajeros en general para registrar sus observaciones, descubrimientos y aventuras.

Durante el siglo XIX fueron muchos los artistas –como Eugene Delacroix o Gustave Dorée, entre otros– que peregrinaron a los Alpes y Pirineos en busca de los escenarios bucólicos del mundo rural o los más dramáticos de las cumbres, plasmándolos en espléndidas acuarelas. También los primeros naturalistas y exploradores del Pirineo –como Ramond de Carbonnières o Franz Schrader– encontraron en la acuarela el medio perfecto para dejar constancia de su asombro ante los paisajes que descubrían.

Las acuarelas por sus características de luminosidad y transparencia parecen ser el recurso más adecuado para representar la luz y los efectos atmosféricos, y para describir el paisaje: montañas, marinas, cielos, nieblas, nubes... logrando evocar la fragilidad o el dramatismo de la naturaleza, a veces cierta nostalgia e incluso misterio, aspectos que la fotografía –más pegada a la realidad– no siempre consigue reflejar.

Yo no entiendo de pintura, no sabría decir si tal o cual obra posee mayor o menor valor artístico, tampoco si tiene más mérito la acuarela que el óleo o cualquier otra técnica. Sólo puedo hablar desde la subjetividad de las sensaciones que me transmiten. Cuando contemplo fotografías de paisajes el sentimiento que me domina es el de la acción, el anhelo de caminar por ese sendero, ver lo que hay detrás de aquella montaña,... en definitiva el deseo de ser yo quien esté en ese lugar en vez del fotógrafo. En cambio, las acuarelas, quizás por reflejar más que un paisaje, una interpretación del mismo, me inducen a la contemplación, me traen recuerdos, me sugieren otras perspectivas.

Teniendo en cuenta la tradición paisajística de la acuarela, es totalmente coherente que el Club Vasco de Camping Elkartea, de vocación montañera y por ende de naturaleza y paisaje, acoja en su sala de exposiciones la selección de obras que Mary Vicente y Elena Díez nos presentan.

Es otra manera de disfrutar de la montaña...


















20 feb 2013

Adi

Un crudo (y bello) invierno

Carreteras cortadas, ríos desbordados... el invierno está siendo duro, sobre todo en Navarra. Las televisiones, siempre a la búsqueda de imágenes espectaculares con las que alimentar los telediarios, se empeñan en mostrarnos montañas de nieve caídas de los tejados y los muros acumulados por los quitanieves, como si una nevada de más de un metro no fuese suficientemente excepcional.
A nosotros, estas nevadas extraordinarias, al tiempo que nos prohiben el Pirineo, nos permiten disfrutar de “nuestras” montañas más cercanas en unas condiciones  poco habituales.
Este es el caso del Adi, una excursión corta y sin mayores pretensiones desde el puerto de Urkiaga, al que la enorme capa de nieve transforma en un espléndido paisaje nórdico, y al que el viento de más de 100 km/hora y la poca visibilidad le confieren una dureza alpina.

El virus de las cimas

La empinada cuesta final, azotada por el viento y cargada de nieve blanda y pesada, efectúa su particular selección natural, dando paso a un lento y espaciado goteo de excursionistas camino de la cumbre.
Cuando llego a la antecima, veo descender entre la ventisca que oculta la cumbre al montañero que me precedía.
¿Es la cima? –le pregunto entre ráfaga y ráfaga.
Si –me responde–, pero no merece la pena subir. El viento es terrible y no se ve absolutamente nada.
Evidentemente no le hago ni caso y me lanzo a recorrer los pocos metros finales. El viento, en efecto, es tremendo, y a duras penas me mantengo en pie. No se ve nada, ni siquiera por donde he venido. Regreso como puedo a la antecima y me pongo a cubierto en la ladera opuesta. Efectivamente no merecía la pena.
Al poco llega mi compañero.
¿Es la cima? –me pregunta entre ráfaga y ráfaga.
Si –le respondo–, pero no merece la pena subir. El viento es terrible y no se ve absolutamente nada.
Evidentemente no me hace ni caso y se lanza a recorrer los pocos metros finales...

No me cabe duda que esta singular conversación se podría repetir ad aeternum y siempre con los mismo resultados. ¿Por qué nos empeñamos en subir esos últimos metros con unas condiciones tales que no sólo no nos permiten disfrutar sino que incluso son potencialmente peligrosas? Para muchos montañeros hacer cima es un requisito indispensable. Parece que  si no llegamos a lo más alto, aunque sea por unos pasos, dejamos el trabajo sin terminar, que no cumplimos la meta que nos hemos fijado.
Obsesión, en psicología, es el sentimiento de tener una idea fija en algo. Esto, aplicado a la montaña, suena un poco excesivo. Quizá no sea más que una manía, en algunos casos obstinación, un probable defecto en nuestra “educación montañera”. A mi me gusta mas llamarlo “el virus de las cimas”. El caso es que haga el tiempo que haga, merezca o no la pena, sea una cima nueva (con mayor motivo) o mil veces repetida, no hay montañero atacado por el virus que consiga liberarse de su autoimpuesta obligación hasta que no planta su bota en la roca más alta.
Supongo que, en última instancia, es una cuestión personal ya que, como decía el alpinista y fotógrafo inglés John Cleare, “la única conquista del montañero es la de sí mismo”.