25 jul 2013

La última montaña


Un silencio engañoso se extiende por el largo y desierto pasillo. Las innumerables puertas permanecen en su mayoría cerradas como si quisieran confinar en su interior la vejez y el dolor. El solitario puesto de control, con sus luces blancas, destaca en la penumbra como si fuese un oasis.

Estoy sentado al lado del padre, que yace, exánime y consumido como uno de esos cristos góticos flamencos, en la cama mecanizada de la que ya no se levantará. De entre la maraña de tubos que lo conectan aún a la vida, el sibilante ruido del oxígeno se entremezcla con su irregular respiración que me mantiene en vilo, pues cualquiera pueder ser la última. Hace tan sólo unos minutos que le han administrado el calmante que nos concede este breve intervalo de reposo, en esta agotadora noche de lucha, cuyas horas se arrastran desesperadamente lentas.

Su actual fragilidad contrasta en mi memoria con los encontronazos que tuvimos apenas pasada la torpe adolescencia. Recuerdo en particular una noche en la que perdimos nervios y paciencia. De madrugada, todavía cabreado, escapé de casa, mochila a la espalda, buscando paisajes lo suficientemente amplios para desparramar mis agravios. Ocupada la cabeza en revivir la contienda, empecinándome en reunir nuevos argumentos y refutar las ineludibles verdades, mis pasos me llevaron, sin casi darme cuenta, por los rasos de Bianditz y, a través del bosque, hasta las orillas del embalse de Domiko. No lo conocía y fue para mí una sorpresa encontrar ese minúsculo y solitario triángulo de aguas oscuras escondido entre montañas. Todo en este paisaje se ajustaba a mi humor: el depresivo cielo gris, la barrera de oscuros pinos cercando el embalse, incluso el agua, negra y levemente picada, parecía hervir de indignación. Y sin embargo, de alguna manera, el lugar poseía la serenidad que a mí me faltaba. Me senté en las piedras de la orilla y dejé pasar el tiempo, y con él, lentamente, se fue disipando en parte el enfado hasta alcanzar un estado de ánimo que me permitió examinar con más objetividad lo ocurrido y percatarme de mi patético comportamiento. Me despedí del paraje y remonté el collado de regreso a casa. Supongo que él recordaría también la trifulca. Nunca lo hablamos. Lo más absurdo sin embargo es que hace ya muchos años que soy incapaz de recordar cual fue el motivo de aquella discusión.

La tregua ha terminado. El calmante ha dejado de hacer efecto. Comienza de nuevo la pelea, se agita, no se rinde, trata de levantarse y arrancarse tubos y ropas. Nadie se atreve a aventurar si sufre o no pero sus reiterados lamentos me producen una tremenda angustia. Está resultando dura esta última montaña. Salgo de la habitación y voy a pedir ayuda al control. Según avanzo por el pasillo, derrotado por el sueño y el cansancio, me asaltan ideas y pensamientos extraños. Y uno de ellos, insistente, me insinúa el atractivo de terminar en la montaña. ¿No sería preferible quedarse allí, como tantos amigos, en vez de terminar detrás de alguna de estas innumerables puertas?


11 jul 2013

La piedra

A Miren


La piedra estaba allí, agazapada en una cresta de la Sierra de Aralar, esperando.

Apenas si tenía un vago recuerdo de sus orígenes. Su pétrea memoria –si es que las piedras tienen memoria– albergaba confusas imágenes de cálidos mares jurásicos, luego milenios de oscuridad, y finalmente el cataclismo que la desgajó de la montaña, el viento, la nieve y el agua que la desplazaron hasta dejarla abandonada, en inestable equilibrio, en esta arista inhóspita.

En su pedregosa soledad, lamentaba sobre todo –si es que las piedras se lamentan– su petrificada y silenciosa inmovilidad. Hubiese querido ser libre como los pájaros e insectos que revoloteaban a su alrededor, tan grácil como el planear de los buitres que a media mañana despegaban de los acantilados y se perdían sin esfuerzo en la inmensidad azul.

Un día, no recordaba exactamente cuando –si es que las piedras recuerdan–, observó con mineral sorpresa a unos hombres –como los que durante siglos había visto transitar valle abajo– trepar por la arista y pasar a su lado. A partir de entonces, regularmente, otros hombres y mujeres se izaban hasta su trono, pero cuando descubrían su falsa firmeza la insultaban, y en ocasiones hasta la pisaban en su avance hacia la cumbre. Si su rocoso carácter se lo hubiera permitido, se habría estremecido de rabia e impotencia, y se juraba, llena de geológico rencor, tomar venganza.

Aquella mañana, dormitaba en su atalaya –si es que las piedras duermen– al calor de un sol veraniego que, aunque se había hecho esperar, calentaba ahora su inorgánico ser, cuando creyó oir unas voces que se aproximaban.

Otros –pensó (si es que las piedras piensan)– que vienen a pasar por encima de mí, ignorándome y haciendo más insufrible mi cruel letargo.

Esperó, pues, tratando de ofrecer su más firme imagen, su más atractivo canto, a la mano que incauta se agarraría a ella para superar el paso. Cuando el primero de cordada se aupó hasta la roca, instintivamente asió tan buen agarre y a punto estuvo de colgarse, pero, en el último instante, se percató de su impostura, y con un grito avisó a sus compañeros de la estática trampa. La inestable peña, al ser descubierta, enrojeció –si es que las piedras enrojecen– de ira y vergüenza, pues una vez dada la alarma, los intrusos pasarían una vez más por encima de ella, burlándose de nuevo de su maciza inutilidad.

Sin embargo, cuando asomó la escaladora del grupo, se dio cuenta de que, concentrada en avanzar ligera, no reparaba en ella. La gris caliza trató de quedarse aún más yerta si cabe, hasta notar unas manos que la aferraban con fuerza y tiraban de ella. ¡Por fin! El momento tan deseado había llegado. Sin pensarlo, se dejó arrastrar, descargando todo su peso en la rodilla de su desdichada adversaria. Oyó un quejido y algo rojo impregnó su áspera piel roqueña, mientras rebotaba, desplomándose unos escalones más abajo.

Desde su nuevo emplazamiento, escuchó durante un rato –si es que las piedras escuchan– lamentos, gritos y conversaciones. Al cabo, los vio alejarse pedrera abajo, dolorida y renqueante una, intentando ayudar los otros. Su sensación de triunfo era total. Sin embargo, cuando ya las figuras no eran sino diminutos puntos en el verde paisaje, comenzó a notar como la alegría y la excitación también la abandonaban, y de nuevo quedaba allí, huérfana e inmóvil, agazapada en aquella arista de Aralar, y sólo sintió –si es que las piedras sienten– tristeza y amargura.


Malloak

Balerdi

6 jul 2013

Niebla en el Aspe


Norte y sur. Dicotomía que se refleja en la geología del Pirineo: las caras norte son por lo general abruptas y verticales mientras que la vertiente meridional desciende en moderadas pendientes. Los geólogos nos explican que esto se debe a la colisión entre la Placa Ibérica y la Euroasiática, pero a nosotros lo que nos importa son los paisajes resultantes y las posibilidades que nos ofrecen.

 Este es el caso del recóndito y silencioso valle de Aisa, cerrado en el norte por las espléndidas moles calcáreas de los Picos de la Garganta –entre los que sobresale el Aspe– pero abierto al sur en acogedor abrazo.

Además de la disimetría orográfica, está la acción humana. El lado norte, invadido por las instalaciones de la estación de esquí de Candanchú y la carretera internacional, contrasta con la magnífica soledad del valle de Aisa, frecuentado tan sólo por los sarrios saltarines y los rebaños veraniegos.

Venimos hoy, a mediados de junio, a lo que va a ser nuestra última esquiada de la temporada. El día es extraño. Mientras un sol brillante anima los valles, una nube gigantesca en forma de almohada se extiende durante decenas de kilómetros por las cimas de la cadena.

Los primeros rayos de sol nos sorprenden porteando los esquís en busca del blanco grial. Optimistas por naturaleza, confiamos en que su fuerza será capaz de deshacer la almohada de las cimas y regalarnos un gran día de montaña. Sin embargo, a medida que los zig-zags y vueltas maría nos acercan al límite de la niebla, ésta no sólo no remite sino que comienza a ganar la partida. La nube ominosa nos agobia. Más que al Aspe, parece que nos dirigimos a Mordor.

Paso a paso nos adentramos en la nada. Las rocas que encajonan la vaguada se difuminan entre la nieve y la niebla, la figura del compañero se desvanece, y la soledad y el silencio se adueñan de la montaña. Me encuentro en una especie de limbo, soy un dibujo en un folio blanco.

Durante un rato continúo ascendiendo. Trato de llegar al plateau desde donde, con tiempo claro, se vislumbra la cima, con la ingenua esperanza de que un golpe de viento deshaga la niebla lo suficiente para alcanzar la cumbre.

Es curioso como adaptamos nuestras expectativas. Durante la semana soñábamos con un día soleado de cielos azules; esta mañana nos conformábamos con un cielo cubierto y no demasiado viento; ahora daríamos cualquier cosa por un breve hueco de visibilidad, con ventisca, frío o lo que fuera, que nos permitiese llegar a la cima, con un mínimo de seguridad.


Me detengo, borracho, tambaleándome a cada paso. Levanto la cabeza intentando penetrar con la mirada más allá de la pantalla lechosa que me rodea, y me asusto al ver un alboroto de manchas oscuras danzando sobre un lienzo blanco. Durante unos instantes me quedo paralizado intentando comprender lo que pasa. Bajo la vista y me relajo al comprobar que veo nítidamente la punta de los esquíes, únicos objetos sólidos en este mundo evanescente y callado. Entiendo ahora lo que me ha ocurrido: el ojo, al no hallar ninguna referencia en el paisaje enfoca automáticamente las partículas que flotan en el vítreo. ¡Qué susto!

El Aspe en la niebla
El silencio se rompe. A través de la niebla me llegan las llamadas sordas de mi compañero que, con mejor criterio, se ha quedado algo más abajo. Me demoro unos minutos en tomar la decisión correcta. En realidad no hay nada que decidir, tan sólo terminar de aceptar que hoy no es el día.

Despellejo las tablas y bloqueo las fijaciones. Imposible girar. Derrapo poco a poco, sin saber si voy hacia adelante o hacia atrás, incapaz el cuerpo de percibir si está parado o en movimiento. Por fin me reuno con mi amigo y, tras una última ojeada a la impertérrita nube, nos reafirmamos en que los que sobramos somos nosotros, y nos disipamos rumbo al soleado valle y la cerveza del albergue de Aisa.

¡Qué extraño es vagar en la niebla!
Ningún hombre conoce al otro.
Vida y soledad se confunden.
Cada uno está solo.
(Herman Hesse)







Contraste entre el valle azul y la montaña negra






Cuando nos vamos, la gran almohada permanece inamovible










23 jun 2013

Garmo Negro


El balneario

Apenas ha amanecido cuando, medio mareado por el madrugón y las curvas, llegamos al pequeño circo donde se asienta el balneario de Panticosa.

El lugar, con su amontonamiento de edificios –construidos, semiconstruidos o en ruinas– no contribuye a levantarme la moral. Si hace unos años me causaba tristeza su aire de decadencia, hoy, tras las desafortunadas obras, me produce un cierto cabreo el despilfarro y la oportunidad perdida.

Goya, en uno de sus célebres grabados, decía que “el sueño de la razón produce monstruos”. Dos siglos después constatamos que el sueño de la especulación también produce monstruos, o desastres. La mucha ambición, poca cultura y nula sensibilidad ha derribado los edificios antiguos que bien restaurados hubieran contribuido al encanto del lugar; construido otros sin la más mínima concesión al ambiente alpino o a la naturaleza (da la impresión que el arquitecto haya diseñado estos edificios sin conocer el emplazamiento, podrían estar en el centro de cualquier ciudad); abandonado obras en chasis; y dejado sin derribar estructuras en ruinas que dan al paraje un aspecto de suburbio industrial.

En resumen, han querido crear una infraestructura capaz de atraer masas a la montaña y han acabado por gestionar un engendro.


El hombre de las mil y una ascensiones

Contemplo desde el collado la pala que se estira vertical hasta la cima. Un desfile de figuras de vivos colores asciende desperdigada, cada cual buscando su ruta en tan áspera pendiente.

La nieve que comienza a transformarse invita a intentar la subida foqueando, sin embargo observo, a media ladera, un tipo con mallas pero sin crampones que patina de mala manera a cada paso. Me calzo pues los pinchos y con las tablas a la espalda comienzo el viacrucis. 

Al poco, tropiezo con un hombre mayor que desciende. Tras el saludo de rigor, me interpela:

–Tú, ¿cuantos años tienes?

Nada más responder me doy cuenta de que era una pregunta retórica. En realidad lo que quiere decirme es su edad:

– Pues yo tengo 67.

Le felicito y ya me dispongo a reanudar el ascenso cuando añade muy ufano:

–El domingo pasado celebré la ascensión número 1.000 al Garmo Negro.

Es decir, que hoy hace la 1.001. Obviamente, lo primero que se me ocurre es ¿no hay más montañas? No es esta la primera vez que me encuentro con individuos que repiten la misma cumbre infinidad de veces, como si fuese un ritual, y nunca lo he entendido. ¿Dónde queda el placer de la aventura, el descubrimiento, la sorpresa...? Con todas las montañas, valles y paisajes que existen, y que para conocerlos nos harían falta varias vidas, empeñarse en ascender siempre la misma cumbre me parece un desperdicio, pero... allá cada uno con su vida.


Hablemos ahora de la montaña

En la cima, disfruto, mientras espero al compañero, del espectáculo a mi alrededor. Garmo, etimológicamente, significa lugar accidentado y de difícil acceso. En eso estoy de acuerdo. Sin embargo, el adjetivo negro carece hoy de significado. Las intensas nevadas de este año permiten que a estas alturas de la temporada (mediados de mayo) el Pirineo esté cubierto con un gran manto de nieve, que ahora aprovechamos.

El día es espléndido. La gente se demora en la cima, descansando al sol, charlando, haciendo fotos. Me sorprende que todavía algunas personas celebren la cima con poses de victoria. Probablemente herencia de la literatura expedicionaria de los años 50, repleta de estrategias, ataques a la montaña, asaltos a la cima y demás jerga belicosa tan de moda en aquella época, pero hoy día trasnochada.

La mirada se me va 1.400 metros más abajo, al fondo del valle, al balneario. De repente, veo el lugar como si estuviese a escasos metros y me desconcierta y alegra al mismo tiempo comprobar que los feos edificios se han transformado en hermosas estructuras acordes con la montaña, y las ruinas en espléndida vegetación... Unas risas cercanas me sobresaltan. ¡Ostras! ¡Me he debido quedar adormilado! El madrugón y este sol me están pasando factura.

Creo que ha llegado el momento de bajar. Me coloco los esquís y me deslizo suavemente hacia la realidad.












Ascensión realizada el 12 de mayo, 2013

21 abr 2013

Seles

La práctica del montañismo, tal y como yo la entiendo, no se limita sólo a una actividad deportiva. La montaña que disfruto va asociada a muchos otros valores tanto naturales como culturales. Cualquier excursión, por muy humilde que sea, pone a nuestro alcance un sinfín de posibilidades más allá de las deportivas. Tan sólo es necesario un poco de curiosidad, acudir a la montaña con los ojos y el espíritu bien abiertos, no tirar hacia arriba como a través de un túnel en el que sólo se ve la cumbre.

Tenemos la gran suerte de que nuestra afición nos permite descubrir tanto el paisaje y la naturaleza –marco donde se desarrolla nuestra actividad–, como la huella dejada por el hombre a lo largo del tiempo. Traza que podemos seguir desde sus primeros pasos en los monumentos megalíticos, como dólmenes y cromlechs, a la arquitectura guerrera de castros, fuertes y castillos; de la popular de baserris, bordas o molinos a la religiosa de ermitas y santuarios; y por supuesto la agrícola y pastoril. ¿Por qué entonces conformarnos sólo con el aspecto deportivo?

Saroiak, kortak y seles

Una de las actividades que inevitablemente más atraen nuestra atención cuando nos adentramos en la montaña, sobre todo la cercana, es la ganadera y pastoril. Sin embargo, entre sus diversas manifestaciones hay una que, al menos para mí, permanecía desconocida: la cultura de los seles o prados donde se recogía el ganado, denominados según las zonas como saroiak, kortak, kayolar, bustalizas, cubilares, etc.
Artamugarri de Lete (Mutriku)
Es curioso constatar como el tiempo destruye la memoria, como unos usos tan importantes en la organización del territorio, arraigados durante siglos, caen en el olvido una vez pierden su utilidad. Desconocidos hoy en día, incluso, sorprendentemente, hasta para los habitantes de algunos caseríos cercanos a los antiguos seles.

En este sentido, el esfuerzo que Andoni Ramos y Javier Arregui están realizando para recuperar y tratar de detener la desaparición de este patrimonio cultural –que complementa la incansable labor que durante años viene desarrollando el filólogo Luis Mari Zaldua, pionero y experto en el tema– es encomiable, por no decir temerario, y seguro que titánico. Nada menos que elaborar una base de datos de todos los seles de Euskalherria, incluyendo sus coordenadas y fotos. Cientos de ellos tan sólo en Gipuzkoa, dispersos por nuestra geografía, derrotados por la vegetación y el olvido. La búsqueda de los seles no siempre es sencilla exigiendo en algunos casos un trabajo cuasidetectivesco, y la localización de los artamugarris (mojón central del sel) les supone a veces pelear duramente con las zarzas que los esconden.

La exposición del CVCE y la página web http://saroiak.net que han montado reflejan su trabajo a la vez que nos descubren este mundo casi olvidado. Por mi parte, no puedo sino agradecerles su dedicación ya que además de ampliar nuestros horizontes culturales nos proporcionan un aliciente más para acercarnos a la montaña.


Andoni Ramos y Javier Arregui

Luis Mari Zaldua, Andoni Ramos, Javier Arregui, Elena Beristain y Arantza Egibar

Vista parcial de la exposición


Andoni

Andoni es un montañero tranquilo, yo diría que de la “vieja escuela”, entendido en el mejor sentido de la expresión. Es decir, experimentado y respetuoso con la montaña. Detrás de su falso aire de “gruñón” se esconde una magnífica persona y un apasionado montañero que se indigna cuando se topa con las barbaridades que algunos vándalos, por ignorancia o especulación, perpetran en nuestro paisaje.

No le atrae la escalada, ni el esquí, ni otras opciones...  a él lo que le va es recorrer la montaña, los amplios paisajes, las largas travesías, y disfrutar de todos los elementos que la conforman: montes y  cimas, bosques y flores, fauna salvaje o doméstica, dólmenes y menhires, ríos y fuentes, ermitas y refugios, bordas y baserris, buzones y mugarris... todo le interesa, y todo, con alma de notario, lo registra con su cámara.

Crear una base de datos sobre seles es sin duda una ardua tarea que implica, como mínimo, innumerables excursiones a la montaña, manejar el GPS, dominar la cámara de fotos y apañarse con el ordenador. Conociendo a Andoni, un trabajo de estas  características viene a ser para él lo que la miel para el oso Winnie the Pooh: ¡irresistible!





1 abr 2013

Tortiella (1987 m), Zuriza

El temporal y el café


Acodado en la barra del bar, observo el humeante café que me acaban de servir. Por un instante me siento tentado por la seductora idea de sumergir los dedos en él...

Hay días en que uno consciente y gratuitamente se mete en la boca del lobo. Días en que uno estaría mucho mejor en casa o yéndose al cine, pues la meteo es desoladora y constante. Sobre todo constante. Ya puede uno mirar el tiempo en la tele, consultar por internet las páginas de los diversos institutos meteorológicos, escudriñar los variados blogs de predicciones y experiencias o, incluso, en última instancia, apelar al Calendario Zaragozano (que si falla por lo menos trae el santoral completo para poder jurar con fundamento), todos con admirable unanimidad nos decretan un día de viento, nieve y frío espantoso. Sin embargo... ¿no hay un sol matinal ahí... en Zuriza...? Rápidamente nos aferramos al minúsculo huevo frito de la previsión, ¡quizás si madrugamos podamos hacer algo!

Cuando atravesamos Isaba, los gruesos copos de nieve caen tan pesadamente como nuestra moral. Muros de nieve escoltan nuestro paso por el valle de Belabarze mientras enormes nubarrones aplastan el paisaje y nuestras ilusiones. Sin cadenas, pero con mucha precaución, conseguimos coronar el puerto de Argibiela y... ¡premio! Ahí está nuestro oasis azul. Por algún misterio climatológico, el inmisericorde ventarrón mantiene libre de nubes el valle de Zuriza, lo que nos permite improvisar una excursión al Tortiella (1921 m), modesta cima que cierra el valle por su vertiente oriental.

Disfrutamos durante la subida de un sol fotogénico pero gélido, mientras las nubes, perseverantes, estrechan poco a poco el cerco. La humilde cima, por utópica, nos sabe a gloria. Y la gloria, como todo el mundo sabe, es efímera. El temporal, sujeto durante toda la mañana por la ventisca, nos alcanza de pleno. El frío es atroz. Cerramos todos los resquicios posibles, calzamos los esquíes, y abandonamos raudos la cumbre, tan ansiada minutos antes. La visibilidad es nula, el relieve inexistente, el viento se cuela como un cuchillo por la mínima abertura. La cara, la poca que expongo, la siento como cartón. A pesar de los gruesos guantes tengo varios dedos insensibles, pero no hay tiempo ni ganas de intentar recuperarlos. Más que un descenso, esto es una huida.

...estamos en el bar del camping de Zuriza. Los 6 grados bajo cero del exterior nos parecen casi tropicales comparados con lo que venimos de padecer. Vuelvo a mirar el café. Dudo. No estoy seguro de que meter en él los dedos para intentar descongelarlos sea una buena idea, pero...




Cabaña de Tacheras y estribaciones del Txipeta

La pendiente y el frío se intensifican. Al fondo, los Quimboas

La fenomenal nevada cubre casi por entero los pabellones del ganado

Foqueando bajo la Sierra de Alano. El viento y el frío nos acompañan durante toda la ascensión




La gigantesca muela del Atxar de Alano


La cima redondeada del Tortiella a la izquierda


El fuerte viento ha pelado de nieve la cima del Tortiella. Al fondo el Txipeta.


El temporal nos alcanza en la cumbre


La Sierra de Alano se vuelve espectral en la tormenta


Huida bajo la nevada


Llegada al camping, alivio!


16 mar 2013

Petretxema

Una montaña peculiar


El Petretxema es un clásico de nuestro Pirineo cercano. Junto con la Mesa y el Atxerito forman la atractiva trilogía de picos de Linza.

Sin embargo, es también una montaña peculiar, pues posee la originalidad de ser bicéfala, es decir, cuenta con dos cimas separadas por una profunda brecha de difícil acceso que complica el paso de una a otra. Una sensación frustrante para algunos montañeros pues aunque son unos pocos metros es necesario tener conocimientos y material de escalada para superarlos.

Podría decirse asimismo que es una montaña bipolar. Reconozco que el uso de este adjetivo en este caso está traido por los pelos, pero creo que sirve para explicar el carácter tan singular de este pico. En realidad, es como si fueran dos montañas en una. Incluso desde el lado sur de la cordillera las diferenciamos con el nombre: Petretxema y Aguja Grande de Ansabere.

Una misma montaña, dos cimas, dos historias de alpinismo totalmente opuestas (o complementarias, según se mire). La Gran Aguja de Ansabere es una dramática muralla de roca, escenario de épicas escaladas y alguna tragedia, sólamente al alcance de escaladores experimentados. Por contra, el Petretxema, con su empinada cima de hierba y bloques de piedra, se conforma con su papel de cumbre clásica de fácil acceso, muy frecuentada por los montañeros.

Pero cuando llega el invierno, el Petretxema, tan accesible en verano, se transforma a su vez –como tantas otras montañas– en una cima altiva, con una cresta vertiginosa a la que la nieve –la increible cantidad caida este invierno– el hielo y, además, como en nuestro caso, el viento y la niebla proporcionan carácter y exigen compromiso.

En definitiva, una montaña espléndida a la que acudir, tanto a pie como escalando, en verano como en invierno.



El refugio de Linza. Sobre el bosque asoma la cima del Txamantxoia 

Cielo despejado, temperatura moderada. El día promete.

Desde este lado del valle, el Txamantxoia parece una pirámide perfecta.


La mañana invita a relajarse. A la izda. Ezkaurre, a la dcha. Txamantxoia.
La vista sobre Txamantxoia y Ezkaurre es magnífica.
Al fondo, la cima redondeada de Atxerito.

Por fin aparece el Petretxema.

A medida que ascendemos, las nubes nos van cerrando el horizonte.
En la cumbre, la niebla y el viento nos ocultan el paisaje.
Enfrente, la cima de la Gran Aguja de Ansabere aparece fantasmagórica.

En el descenso, pequeños claros entreabren con dificultad las pesadas nubes

El refugio de Atxerito, solitario como siempre, es uno de mis preferidos.