20 jun 2015

Regreso a Berdabio (cuento verde)





Berdabio es verde.


Canal de Berdabio
Llegada la primavera, los árboles –hayas y robles y alisos y avellanos y sauces, no importa su adscripción política– se afanan por ponerse a la última, y se visten de hojas cuyos luminosos verdes irán evolucionando a lo largo de la temporada –al dictado de la moda– hasta llegar al sombrío otoño, cuando imposibilitadas de mantener tan esperanzador color, les da un ataque de nervios y se dejan caer en una especie de suicidio sectario colectivo. Y luego están los empinados pinos y los tozudos tejos, orgullosos por ser de los pocos que mantienen el tipo durante el largo invierno, conservando sus verdinegras hojas. 

Verde oscuro es el musgo que todo lo invade, reptando por el suelo en su empeño por enmoquetar el bosque –ecológicamente, eso sí–, y también verde es el que trepa por los troncos de los árboles como queriendo abrigarlos, no vaya a ser que con clima tan húmedo se acatarren o, peor aún, cojan reuma. Vaya Ud a saber.

Verde claro es el musguillo que a modo de tupé corona los postes de los vallados, dando un aspecto ridículo a gente tan seria, siempre vigilando y prohibiendo el paso.

Verdiamarillo son los líquenes que se pegan como piel a las rocas, cubriendo púdicamente su blanca y maciza desnudez. Y verdes las hiedras que ascienden por árboles y muros, siendo a la vez escaladoras y cuerdas.

Verdes por supuesto son los jurásicos helechos que inundan como un mar los escasos prados y nos acarician cuando los atravesamos, al mismo tiempo que, generosos, nos traspasan las simpáticas garrapatas que como microdraculitas con síndrome de abstinencia no pierden un segundo en mordernos.

También las aguas blancas y ruidosas que bajan atropelladas por las errekas se transforman, tan pronto entran en el canal –huérfanas de forma y color–, en verdes, oscuras y silenciosas, intentando quizás reflejar la atmósfera que reina en el bosque.

Sólo las setas y hongos que se camuflan entre la hojarasca o gorronean por los árboles se resisten a vestirse de verde, cabezones ellos, nunca mejor dicho.

Y luego está la ardilla, a la que sorprendemos corre que corre y salta que salta, como alma que lleva el diablo, hasta que se esconde entre el follaje, posiblemente avergonzada de no ser verde.

Salimos del bosque impregnados de su verde soledad, y, cuando miro hacia atrás, me parece percibir como un rastro de partículas esmeraldas que poco a poco se va desvaneciendo.

¿He dicho ya que Berdabio es verde?












Las aguas entran rápidas y blancas en el canal...

... y se transforman en tranquilas y verdes
Abrazo verde
Parece un árbol pero en realidad es una pata con garras... 

... y esta es una pata peluda con garras



Bien abrigado, ¡por si acaso!
El camino también es verde

Poste con peluquín






Habrá que volver a investigar quién vive ahí

Un reloj de bosque
Irreductibles setas cabezotas

Árbol tiesto

Encuentro con la gran araña verde en el bosque 





+ sobre Berdabio: http://lakasta.blogspot.com.es/2014/12/corriendo-traves-del-mundo-perdido.html




10 may 2015

Picnic en la Maladeta

Son ya las 8 de la tarde cuando, tras remontar la última cuesta de la pedregosa pista, desembocamos en las Granjas de Viadós y contemplamos por fin la mole del Posets. Estamos a primeros de mayo y la sutil luz del atardecer baña el paisaje con ese toque suave que confiere tranquilidad y sosiego. El día declina y con él nuestros ánimos. Miramos y remiramos y no damos crédito a lo que vemos. Mejor dicho, ¡a lo que no vemos! El blanco manto que apenas unos días antes vestía las imponentes laderas del macizo ha desaparecido casi por completo. Las altas temperaturas primaverales y las fuertes tormentas se han encargado de limpiar los restos del invierno, dejando tan sólo unos aislados lapos de nieve que dudo mucho podamos conectar con los esquís. Miramos la montaña, miramos el reloj, hay que tomar una decisión rápida: o nos volvemos para casa o nos tragamos los más de 100 kilómetros que nos separan de Benasque, el lugar más cercano donde podremos encontrar nieve.

Amanece en el Plan d’Están. La pista, cerrada por una valla (zona inundable, dice), está a rebosar de vehículos. Dos montañeros del coche que nos precede, que se aprestan a salir hacia el Pico del Alba, nos comentan:

         –Esto no es nada. Ayer sábado había muchos más. ¡En la cima de Aneto contamos entre 80 y 100 personas!


Es mayo y la nieve escasea este año en el Pirineo. Todo bicho viviente con tablas en lugar de pies se concentra en Benasque.


Desde La Besurta (1.860 m), en vez de dirigirnos a La Renclusa, nos desviamos hacia la derecha por unas empinadas laderas que, una vez superadas, nos sitúan en una loma por encima del refugio. Mientras recuperamos el aliento disfrutamos de una espectacular vista sobre la inmensa y todavía sombría pala helada que desde el albergue asciende ininterrumpida hasta lamer los soleados contrafuertes de la Maladeta.

En un primer momento las cimas nos parecen cercanas, rápidamente asequibles por los despejados campos de nieve. Las proporciones engañan, nuestro cerebro es incapaz de interpretar los datos que le envían los ojos, de comprender las dimensiones reales del paisaje. Pero como decía el filósofo el hombre es la medida de todas las cosas, y basta fijarse en la multitud de puntitos negros desperdigados, subiendo lentamente por la blanca inmensidad del glaciar de la Maladeta, para percatarse de la magnitud de este escenario.


En la base del pequeño corredor que facilita el ascenso al Pico de la Maladeta parece que se celebra un picnic. Una treintena de montañeros –la mayoría con esquís– acampan sobre la nieve, mientras se preparan para subir o bajar, comen, beben, charlan y se relajan. Nos unimos a ellos. Se está bien aquí, apelotonados bajo el brillante sol de mayo, en el que será probablemente el último día de esquí de la temporada.
La aparentemente estable congregación se renueva sin cesar. Constantemente, pequeños grupos la abandonan camino de la cima o el valle, mientras que otros, recién llegados, los sustituyen.

El estrecho corredor, por el que circula sin descanso una procesión en ambas direcciones, no supone ninguna dificultad, y pronto nos encaramamos en los grandes bloques de granito que conforman la exigua cumbre de la Maladeta (3.308 m). La mirada recorre el horizonte, sobrevolando la ingente cantidad de cimas que nos esperan, y se detiene en el Aneto, en cuya cumbre se adivina un enjambre de personas haciendo cola para cruzar el Paso de Mahoma…


La gran pala que lleva al Portillón Superior. Sólo en esta foto cuento casi 70 puntitos... 
Ascendiendo por el Glaciar de la Maladeta. Al fondo el Pico y el corredor de acceso 
En la base del corredor del Collado de la Rimaya
Jon en pleno corredor. El picnic se ha quedado abajo
Tras salir del corredor, sólo queda una suave ladera hasta la cumbre
Cima de la Maladeta. Al fondo el Aneto

Momentos pre-cerveza en La Renclusa...

19 abr 2015

El Pico de Tendeñera tras la tormenta

La fenomenal tormenta vespertina, con su dramático juego de luces y sombras y espectacular aparato pirotécnico, ha cubierto el valle con una fina sábana de nieve y granizo, que ahora, medio helada en esta fría mañana de primavera, cruje bajo nuestros pasos.

   Cargados con el peso extra de tablas y botas –pues la delgada capa no nos permite su uso–, caminamos torpemente por el colgado valle de Otal, sorprendentemente llano en este mundo abrupto y vertical. Avanzamos mayormente en silencio, con un ojo puesto en las espesas y negras nubes que nos acechan desde la divisoria y el otro en la imponente muralla blanca que arrancando al final del valle, asciende en terrazas verticales hasta las cumbres de los picos de Otal y Tendeñera. De pronto, el primer rayo de sol ilumina la cima de Tendeñera, que refulge lejana, allí arriba, como un Shangri-La inalcanzable.

   El valle se cierra y el sendero comienza a ascender los primeros resaltes del muro, serpenteando por un terreno áspero, entreverado por los numerosos arroyos por los que se funde el invierno. La nieve se espesa por fin, pero el alivio que nos procura desembarazarnos de los esquís se empaña por la contundencia de las rampas que se nos vienen encima. Duros zigzags en una nieve reciente y húmeda sobre una capa vieja y podrida que obligan al que lidera a un doble esfuerzo: deslizar la tabla sobre la primera capa para después pisar con fuerza para compactar la poco cohesionada nieve del fondo.

   La penosa tarea, junto con el calor del sol de abril, nos obliga a puntear la ascensión con breves paradas que aprovechamos para disfrutar del espectáculo que se despliega ante nuestros ojos. En primer plano, los contrafuertes y corredores de la Peña de Otal, a los que la nieve caída en las últimas horas ha tapizado de blanco, confiriéndoles un flamante aspecto invernal; Abajo, el río que culebrea por el fondo del plano valle, remoloneando antes de precipitarse al barranco de Ara; y, a lo lejos, las grandes montañas del entorno, Vignemale, Taillon, Marboré, Perdido,…, engullidas por una oscura y alborotada masa de nubes que trata desesperadamente (e ilegalmente) de cruzar la muga y alcanzarnos. Para nuestra alegría, Jorge “el de la meteo” (¡Gracias!) ha acertado plenamente el pronóstico, y el tiempo en nuestra zona se mantiene aún despejado.

   El cansancio va haciendo mella y la última rampa se nos hace larga. Menos mal que Jon, con el empuje y el hambre de cima de sus 25 años, se trabaja la huella hasta depositarnos en la cresta donde el sentido común nos recomienda aparcar los esquís. Como para darle más carácter a la cumbre, los últimos metros consisten en una arista estrecha y vertiginosa, apenas un pasillo de nieve y roca con precipicios a ambos lados, que requiere toda nuestra atención.

   No nos quedamos mucho tiempo en la punta. Las nubes han acabado por atraparnos y nos hurtan las vistas y el calor. El descenso lo comenzamos en medio de un ligero granizo y con poca visibilidad, pero no nos quejamos demasiado, a pesar de las escasas expectativas iniciales la ascensión ha resultado estupenda.



La delgada capa de nieve helada cruje bajo nuestros pasos
La subida consiste en terrazas inclinadas entre farallones rocosos
El río Otal serpentea por el fonde del valle
Cuesta abrir huella

El valle de Otal se queda muy lejos
La última pala, con las nubes pisándonos los talones
Aparcamos las tablas y nos dirigimos hacia la cresta
La cresta se estrecha hasta formar un pasillo aéreo en el que hay que tomar precauciones
Las nubes nos atrapan en la cima


29 mar 2015

Picos del Serrato y Forátulas, Panticosa

Cada cima es una atalaya desde la que otear el horizonte. No importa las veces que haya subido una montaña, siempre me gusta pasear de nuevo la vista por el paisaje que se extiende alrededor. No se por qué. Si es la primera vez, para descubrir el nuevo panorama; si ya lo conozco, para recrearme en las vistas familiares, apreciar las diferencias por el cambio de estación, por la luz del momento, sentir que sigue ahí, que seguimos ahí los dos. Espacios erizados de cumbres que me interpelan… picudas, chatas, serradas, monolíticas, alargadas, rocosas, terrosas, boscosas, peladas, solas o en grupo,…, todas me dicen algo, me llaman. Juraría que incluso en alguna he visto unas sirenas cantando…; algunas enamoran a primera vista, otras no tanto… pero quizás es que no las estoy viendo por su lado bueno. Horizonte es sinónimo, entre otras acepciones, de perspectivas, posibilidades y futuro. Quizás en alguna de ellas resida la explicación.

    El caso es que estamos en la cima del Pico del Serrato, en Panticosa, tomando el agradable sol de fines de marzo, picoteando algo mientras admiramos el entrañable paisaje pirenaico y discutimos, mapa en mano, hacia qué monte dirigimos los esquís. Ya hemos descartado el descenso de la vira diagonal de la cara noroeste del Serrato pues hay poca nieve y en no muy buenas condiciones. Otra vez será. La idea de Iosu era subir al Piniecho pero está pelado de nieve y la roca le asoma como si le hubiese salido un sarpullido. Otra vez será. Por un momento nos atrae el Baldairán, pero lo descartamos por lejano, se nos va a hacer tarde. Otra vez será. Al final, alguien sugiere el Forátulas, uno de esos picos “menores” que no solemos tener en cuenta al hacer los planes y que no nos convence, pero todo cambia cuando nos damos cuenta que desde la cima el descenso es directo hasta el balneario.

    Rápidamente nos ponemos en marcha, los trastos esparcidos por la cima regresan raudos al interior de las mochilas, se oye algún ¡clac! que aprieta botas o cierra fijaciones, y uno a uno nos tiramos por la ladera sur del Serrato, deslizándonos por una nieve cambiante que no nos impide disfrutar del descenso. En un abrir y cerrar de ojos ya estamos abajo, sacando de nuevo las focas. ¡Qué rápido se baja, con lo que cuesta subir!

   Abordamos ahora el repecho que sube hacia el Cuello Bajo del Brazato, único punto débil de la cara sur del Forátulas. La subida consiste en una pala que se va estrechando y empinando hasta formar un talud vertical. Iku se motiva y ataca la cuesta con ganas hasta que la inclinación le obliga a bajarse de las tablas y continuar abriendo huella hasta superar el muro. Este es su momento: a medida que vamos llegando al escalón, intentando salir como buenamente podemos, se dedica a bendecirnos con nieve, cosa que le agradecemos de corazón (Ω∑§†#X)§‡≈±Ø‡∆). La modesta cumbre es un espléndido balcón sobre el Balneario y los tresmiles del otro lado del valle.

    El descenso es magnífico, tras un primer tramo recto giramos a la izquierda para introducirnos en un valle colgado, en la vertical de la cima; una hondonada oculta que me sorprende porque no me esperaba semejante amplitud en este intrincado territorio. Momentos como este justifican una ascensión. Si algo me gusta del esquí de montaña es no conocer la bajada. La pequeña aventura de descubrir el camino, solventar las posibles complicaciones, encontrar lugares inesperados como este.

    La vaguada termina cuando aparecen los primeros pinos. A partir de aquí, seguimos la ruta marcada mediante discos rojos colocados en las ramas altas de los árboles, que nos lleva directa hasta el balneario. Con la cantidad de nieve que se ha acumulado en el bosque el descenso se convierte en un divertido juego que consiste en girar lo suficientemente rápido para no chocar con los árboles.

   Quitarse las botas, una cerveza, picar algo, los amigos, charla… ¿qué mas se puede pedir?

En Hoyas del Brazato. El Pico del Serrato al fondo
Camino del collado que nos dará acceso al Pico del Serrato
En el collado. Al fondo, los Picos del Infierno
Iosu en el collado. Se ve la pala de nieve que sube hasta la cima del Pico del Serrato
Jon llegando a la cima del Pico del Serrato o Tablato. Al fondo, Sierra Telera
Discutiendo la continuación de la excursión. Al fondo, Tendeñera
 Descenso del Pico del Serrato o Tablato
 Tras el descenso del Serrato, nos dirigimos al Pico Forátulas

Iku ascendiendo al collado
 Mikel superando el resalte de llegada al Cuello Bajo de Brazato
¡Parece mentira pero nevaba con el cielo despejado!
Iosu en plena acción
 El viento había limpiado de nieve la cresta hacia la cima de Forátulas
En la cima de Forátulas: Iosu, Jon, Iku y Mikel

Dos imágenes de la entrada en la escondida y amplia vaguada o nevera de Forátulas