12 jul. 1987

Agua y luz gratis en la cima del Midi

Cara O.N.O. del Midi d’Ossau: Vía des Luzeens” 

Acaba de amanecer. La gran masa negra del Midi d’Ossau nos domina completamente mientras vacilamos entumecidos por las inclinadas pedreras que nos llevan a la Cara Norte. Los cuatro o cinco sarrios de turno sprintan por los movedizos pedruscos, riéndose en nuestras jetas de nuestra torpeza urbana. 

Trabajosamente alcanzamos la base del Petic Pic. Un característico "clin-clin" de mosquetones nos descubre unos madrugadores que ya se están encordando para entrar en la Integral. Huimos de ellos a toda pastilla, adentrándonos en el Circo del Embarradere, todavía solitario. 

Entre saltos y tropezones vamos estirando el cuello intentando averiguar, en la inmensidad de la tapia, por donde discurre la vía "des Luzeens". Después de hacernos una idea aproximada, dejamos la pedrera (por fin!) y trepamos hasta la terraza superior, donde sacamos la cuerda y demás cachivaches. De pronto, me percato espantado que el “papel de rápel" se ha quedado en el refugio. Miro desolado a mi alrededor. Aquí no hay otra cosa que una inmensa colección de piedras de todos los tamaños y suavidades que no me tientan en absoluto. Sin embargo la necesidad aprieta así que termino por echar mano del papel de los croquis, dejando la descripción de la vía reducida a la mínima expresión. 

Satisfecha la "llamada de la naturaleza", tiro para arriba mientras Iku me asegura. La cara O.N.O. del Midi está dividida en dos por la Vira del Embarradere. La primera parte no presenta más problema que el de encontrar la vía, ya que un despiste puede suponer meterse en un berenjenal. La vía discurre por una especie de canales, más o menos fáciles, excepto un desplome en el cuarto largo. De vez en cuando se deja ver algún pitón despistado, pero el resto de los seguros se solucionan bien con los "fisus" y algún friend. 
En un par de horas nos colocamos en la vira. Nos relajamos un rato mientras nos zampamos la comida que Iku extrae de las zapatillas que le cuelgan del arnés. Desde nuestro balcón podemos ver los enanitos que, a pares, se están metiendo en las vías de alrededor. Sin darnos cuenta, una nube se ha deslizado astuta por el cielo, hasta ahora raso, colocándose encima del lago de Bious-Artigues, en nuestra inmediata vecindad. No nos gusta y tratamos de ignorarla (no la podemos odiar). 

Decidimos salir pitando. Según el croquis la segunda parte es más difícil y mantenida, sin embargo la escalada resulta ser muy relajada y disfrutona. El itinerario es ya evidente aunque apenas hay pitones. Algunas piedras sueltas y los pasos sin pulir nos advierten que la vía tiene pocas repeticiones. 
Es en la gran terraza bajo el largo clave, mientras aseguro a Iku que viene soltando pestes del característico musguillo del granito, cuando aparece el Capitán Trueno rodeado de negros nubarrones.

–Nos quedan cuatro largos –pienso– hoy fijo que nos pelamos.

Me encojo de hombros con esa especie de fatalidad (más bien pasotismo) que se te desarrolla en la montaña. Avivamos el ritmo con los truenos sonando ya en estéreo justo, encima del Midi. 

La lluvia nos pesca en los dos últimos largos. Afortunadamente no son muy complicados y conseguimos salir a la cumbre en medio de un grandioso espectáculo de luz y sonido con fuegos artificiales incluidos. La cima del Midi se asemeja a un barco que ha soltado amarras y se bambolea a merced de las olas, en medio de la tempestad. El pelo se nos electriza y el cuello se nos encoge instintivamente cada vez que estallan los fogonazos. En un momento determinado cae una descarga a 50 metros y vemos alucinados como salta la roca en pedazos.


Esto nos basta. Nos lanzamos hacia abajo, corriendo y saltando como locos, hasta desaparecer entre la niebla y el granizo.