25 jul. 2013

La última montaña


Un silencio engañoso se extiende por el largo y desierto pasillo. Las innumerables puertas permanecen en su mayoría cerradas como si quisieran confinar en su interior la vejez y el dolor. El solitario puesto de control, con sus luces blancas, destaca en la penumbra como si fuese un oasis.

Estoy sentado al lado del padre, que yace, exánime y consumido como uno de esos cristos góticos flamencos, en la cama mecanizada de la que ya no se levantará. De entre la maraña de tubos que lo conectan aún a la vida, el sibilante ruido del oxígeno se entremezcla con su irregular respiración que me mantiene en vilo, pues cualquiera pueder ser la última. Hace tan sólo unos minutos que le han administrado el calmante que nos concede este breve intervalo de reposo, en esta agotadora noche de lucha, cuyas horas se arrastran desesperadamente lentas.

Su actual fragilidad contrasta en mi memoria con los encontronazos que tuvimos apenas pasada la torpe adolescencia. Recuerdo en particular una noche en la que perdimos nervios y paciencia. De madrugada, todavía cabreado, escapé de casa, mochila a la espalda, buscando paisajes lo suficientemente amplios para desparramar mis agravios. Ocupada la cabeza en revivir la contienda, empecinándome en reunir nuevos argumentos y refutar las ineludibles verdades, mis pasos me llevaron, sin casi darme cuenta, por los rasos de Bianditz y, a través del bosque, hasta las orillas del embalse de Domiko. No lo conocía y fue para mí una sorpresa encontrar ese minúsculo y solitario triángulo de aguas oscuras escondido entre montañas. Todo en este paisaje se ajustaba a mi humor: el depresivo cielo gris, la barrera de oscuros pinos cercando el embalse, incluso el agua, negra y levemente picada, parecía hervir de indignación. Y sin embargo, de alguna manera, el lugar poseía la serenidad que a mí me faltaba. Me senté en las piedras de la orilla y dejé pasar el tiempo, y con él, lentamente, se fue disipando en parte el enfado hasta alcanzar un estado de ánimo que me permitió examinar con más objetividad lo ocurrido y percatarme de mi patético comportamiento. Me despedí del paraje y remonté el collado de regreso a casa. Supongo que él recordaría también la trifulca. Nunca lo hablamos. Lo más absurdo sin embargo es que hace ya muchos años que soy incapaz de recordar cual fue el motivo de aquella discusión.

La tregua ha terminado. El calmante ha dejado de hacer efecto. Comienza de nuevo la pelea, se agita, no se rinde, trata de levantarse y arrancarse tubos y ropas. Nadie se atreve a aventurar si sufre o no pero sus reiterados lamentos me producen una tremenda angustia. Está resultando dura esta última montaña. Salgo de la habitación y voy a pedir ayuda al control. Según avanzo por el pasillo, derrotado por el sueño y el cansancio, me asaltan ideas y pensamientos extraños. Y uno de ellos, insistente, me insinúa el atractivo de terminar en la montaña. ¿No sería preferible quedarse allí, como tantos amigos, en vez de terminar detrás de alguna de estas innumerables puertas?


11 jul. 2013

La piedra



A Miren






La piedra estaba allí, agazapada en una cresta de la Sierra de Aralar, esperando.

Apenas si tenía un vago recuerdo de sus orígenes. Su pétrea memoria –si es que las piedras tienen memoria– albergaba confusas imágenes de cálidos mares jurásicos, luego milenios de oscuridad, y finalmente el cataclismo que la desgajó de la montaña, el viento, la nieve y el agua que la desplazaron hasta dejarla abandonada e inerte en esta arista inhóspita.

En su pedregosa soledad, lamentaba sobre todo –si es que las piedras se lamentan– su petrificada y silenciosa inmovilidad. Hubiese querido ser libre como los pájaros e insectos que revoloteaban a su alrededor, tan grácil como el planear de los buitres que a media mañana despegaban de los acantilados y se perdían sin esfuerzo en la inmensidad azul.

Un día, no recordaba exactamente cuando –si es que las piedras recuerdan–, observó con mineral sorpresa a unos hombres –como los que durante siglos había visto transitar valle abajo– trepar por la arista y pasar a su lado. A partir de entonces, regularmente, otros hombres y mujeres se izaban hasta su trono, pero cuando descubrían su hipócrita firmeza la insultaban, y en ocasiones hasta la pisaban en su avance hacia la cumbre. Si su rocoso carácter se lo hubiera permitido, se habría estremecido de rabia e impotencia, y se juraba, llena de geológico rencor, tomar venganza.

Aquella mañana, dormitaba en su atalaya –si es que las piedras duermen– al calor de un sol veraniego que, aunque se había hecho esperar, calentaba ahora su inorgánico ser, cuando creyó oir unas voces que se aproximaban.

Otros –pensó– que vienen a pasar por encima de mí, ignorándome y haciendo más insufrible mi cruel letargo.

Esperó, pues, tratando de ofrecer su más firme imagen, su más atractivo canto, a la mano que incauta se agarraría a ella para superar el paso. Cuando el primero de cordada se aupó hasta la roca, instintivamente asió tan buen agarre y a punto estuvo de colgarse, pero, en el último instante, se percató de su impostura, y con un grito avisó a sus compañeros de la estática trampa. La inestable peña, al ser descubierta, enrojeció –si es que las piedras enrojecen– de ira y vergüenza, pues una vez dada la alarma, los intrusos pasarían una vez más por encima de ella, burlándose de nuevo de su maciza inutilidad.

Sin embargo, cuando asomó la escaladora del grupo, se dio cuenta de que, concentrada en avanzar ligera, no reparaba en ella. La gris caliza trató de quedarse aún más yerta si cabe, hasta notar unas manos que la aferraban con fuerza y tiraban de ella. ¡Por fin! El momento tan deseado había llegado. Sin pensarlo, se dejó arrastrar, descargando todo su peso en la rodilla de su desdichada adversaria. Oyó un quejido y algo rojo impregnó su áspera piel roqueña, mientras rebotaba, desplomándose unos escalones más abajo.

Desde su nuevo emplazamiento, escuchó durante un rato –si es que las piedras escuchan– lamentos, gritos y conversaciones. Al cabo, los vio alejarse pedrera abajo, dolorida y renqueante una, intentando ayudar los otros. Su sensación de triunfo era total. Sin embargo, cuando ya las figuras no eran sino diminutos puntos en el verde paisaje, comenzó a notar como la alegría y la excitación también la abandonaban, y de nuevo quedaba allí, huérfana e inmóvil, agazapada en aquella arista de Aralar, y sólo sintió –si es que las piedras sienten– tristeza y amargura.


Malloak


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Balerdi a primera hora de la mañana. Desde Gaintza.

6 jul. 2013

Niebla en el Aspe


Norte y sur. Dicotomía que se refleja en la geología del Pirineo: las caras norte son por lo general abruptas y verticales mientras que la vertiente meridional desciende en moderadas pendientes. Los geólogos nos explican que esto se debe a la colisión entre la Placa Ibérica y la Euroasiática, pero a nosotros lo que nos importa son los paisajes resultantes y las posibilidades que nos ofrecen.

 Este es el caso del recóndito y silencioso valle de Aisa, cerrado en el norte por las espléndidas moles calcáreas de los Picos de la Garganta –entre los que sobresale el Aspe– pero abierto al sur en acogedor abrazo.

Además de la disimetría orográfica, está la acción humana. El lado norte, invadido por las instalaciones de la estación de esquí de Candanchú y la carretera internacional, contrasta con la magnífica soledad del valle de Aisa, frecuentado tan sólo por los sarrios saltarines y los rebaños veraniegos.

Venimos hoy, a mediados de junio, a lo que va a ser nuestra última esquiada de la temporada. El día es extraño. Mientras un sol brillante anima los valles, una nube gigantesca en forma de almohada se extiende durante decenas de kilómetros por las cimas de la cadena.

Los primeros rayos de sol nos sorprenden porteando los esquís en busca del blanco grial. Optimistas por naturaleza, confiamos en que su fuerza será capaz de deshacer la almohada de las cimas y regalarnos un gran día de montaña. Sin embargo, a medida que los zig-zags y vueltas maría nos acercan al límite de la niebla, ésta no sólo no remite sino que comienza a ganar la partida. La nube ominosa nos agobia. Más que al Aspe, parece que nos dirigimos a Mordor.

Paso a paso nos adentramos en la nada. Las rocas que encajonan la vaguada se difuminan entre la nieve y la niebla, la figura del compañero se desvanece, y la soledad y el silencio se adueñan de la montaña. Me encuentro en una especie de limbo, soy un dibujo en un folio blanco.

Durante un rato continúo ascendiendo. Trato de llegar al plateau desde donde, con tiempo claro, se vislumbra la cima, con la ingenua esperanza de que un golpe de viento deshaga la niebla lo suficiente para alcanzar la cumbre.

Es curioso como adaptamos nuestras expectativas. Durante la semana soñábamos con un día soleado de cielos azules; esta mañana nos conformábamos con un cielo cubierto y no demasiado viento; ahora daríamos cualquier cosa por un breve hueco de visibilidad, con ventisca, frío o lo que fuera, que nos permitiese llegar a la cima, con un mínimo de seguridad.


Me detengo, borracho, tambaleándome a cada paso. Levanto la cabeza intentando penetrar con la mirada más allá de la pantalla lechosa que me rodea, y me asusto al ver un alboroto de manchas oscuras danzando sobre un lienzo blanco. Durante unos instantes me quedo paralizado intentando comprender lo que pasa. Bajo la vista y me relajo al comprobar que veo nítidamente la punta de los esquíes, únicos objetos sólidos en este mundo evanescente y callado. Entiendo ahora lo que me ha ocurrido: el ojo, al no hallar ninguna referencia en el paisaje enfoca automáticamente las partículas que flotan en el vítreo. ¡Qué susto!

El Aspe en la niebla
El silencio se rompe. A través de la niebla me llegan las llamadas sordas de mi compañero que, con mejor criterio, se ha quedado algo más abajo. Me demoro unos minutos en tomar la decisión correcta. En realidad no hay nada que decidir, tan sólo terminar de aceptar que hoy no es el día.

Despellejo las tablas y bloqueo las fijaciones. Imposible girar. Derrapo poco a poco, sin saber si voy hacia adelante o hacia atrás, incapaz el cuerpo de percibir si está parado o en movimiento. Por fin me reuno con mi amigo y, tras una última ojeada a la impertérrita nube, nos reafirmamos en que los que sobramos somos nosotros, y nos disipamos rumbo al soleado valle y la cerveza del albergue de Aisa.

¡Qué extraño es vagar en la niebla!
Ningún hombre conoce al otro.
Vida y soledad se confunden.
Cada uno está solo.
(Herman Hesse)







Contraste entre el valle azul y la montaña negra






Cuando nos vamos, la gran almohada permanece inamovible