12 dic. 2014

Corriendo a través del mundo perdido (Artikutza)

                    “Ya estábamos allí… en el país de los sueños, en el mundo perdido”
                                                                                               A.C. Doyle “El mundo perdido”

Somos afortunados, no necesitamos viajar tan lejos como los protagonistas de la novela de Arthur Conan Doyle para encontrar el mundo perdido, lo tenemos aquí al lado, a pocos kilómetros de Donostia.

Pienso en ello mientras ruge la furgoneta de Iku, y se abre paso a través de la espesa niebla que se pega como una húmeda telaraña a la ladera norte del Zaria. La estrecha cinta negra de la carretera se empeña en dibujar línea a línea el intrincado relieve de la montaña como si fuese una curva de nivel en el mapa. El parking de Eskas está desierto, la niebla se ha quedado arriba, agazapada, como si no se atreviese a cruzar la muga y penetrar en este valle recóndito.

Una levísima llovizna impregna el aire cuando comenzamos a trotar a través del silencioso bosque otoñal. Los árboles, que parecen desprenderse con desgana de sus ya superfluas hojas, filtran una luz suave que ilumina una paisaje monopolizado por el verde y marrón en todas sus tonalidades. Del marrón húmedo de la tierra al seco de las hojas caidas; del verde oscuro de pinos y acebos al brillante del musgo que repta por suelos y troncos. Los colores se prestan a todo tipo de interpretaciones. Leo que el marrón es un color sereno y confortable, reflexivo; y el verde tranquilo y defensivo, incluso obstinado. Se diría pues que la naturaleza se arma con los colores que le ayuden a soportar la agresión del inminente invierno.

El pronunciado descenso acentúa la sensación de estar sumergiéndonos en un mundo aparte, olvidado; un húmedo Obaba formado por árboles, musgo y agua donde el tiempo se ha detenido, un laberinto de senderos que llevan a todas partes y a ninguna. Al cabo de un rato alcanzamos el fondo del barranco donde discurren paralelas las aguas bulliciosas del río Añarbe y las mansas y oscuras del canal de Berdabio. Es un placer correr por la orilla del canal. Los kilómetros se suceden llanos y sinuosos, lejos del duro asfalto, sobre una capa crujiente de hojas o el suave y esponjoso musgo. Corremos sin prisa, sin tiempos que cumplir, sin récords que batir. Corremos por el simple gozo de sentir nuestros cuerpos ligeros, de notar como responden los músculos entrenados. 

El minúsculo barrio de Artikutza nos recibe solitario. El puñado de casas tradicionales es como un bello decorado al que le faltan los actores. Aquí sólo habitan los recuerdos de otra época, tiempos en los que baserritarras y leñadores, mineros y ferrones, se afanaban en arrancar a esta quebrada cuanto de valor encerraba. De todo esto quedan tan sólo melancólicas ruinas y vestigios dispersos a los que la naturaleza –justicia poética– se va tragando lentamente sin compasión.


Abandonamos este apartado lugar con la sóla compañía de la lluvia, tan suave que ni molesta, y poco a poco vamos ascendiendo los duros repechos que nos devuelven al mundo real.

Canal de Berdabio 


Es un placer correr sobre una alfombra de hojas secas
Marrón y verde, colores dominantes en este otoño tardío
 


El musgo tapiza suelos y árboles
"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí" (Augusto Monterroso)