20 feb. 2013

Adi

Un crudo (y bello) invierno

Carreteras cortadas, ríos desbordados... el invierno está siendo duro, sobre todo en Navarra. Las televisiones, siempre a la búsqueda de imágenes espectaculares con las que alimentar los telediarios, se empeñan en mostrarnos montañas de nieve caídas de los tejados y los muros acumulados por los quitanieves, como si una nevada de más de un metro no fuese suficientemente excepcional.
A nosotros, estas nevadas extraordinarias, al tiempo que nos prohiben el Pirineo, nos permiten disfrutar de “nuestras” montañas más cercanas en unas condiciones  poco habituales.
Este es el caso del Adi, una excursión corta y sin mayores pretensiones desde el puerto de Urkiaga, al que la enorme capa de nieve transforma en un espléndido paisaje nórdico, y al que el viento de más de 100 km/hora y la poca visibilidad le confieren una dureza alpina.

El virus de las cimas

La empinada cuesta final, azotada por el viento y cargada de nieve blanda y pesada, efectúa su particular selección natural, dando paso a un lento y espaciado goteo de excursionistas camino de la cumbre.
Cuando llego a la antecima, veo descender entre la ventisca que oculta la cumbre al montañero que me precedía.
¿Es la cima? –le pregunto entre ráfaga y ráfaga.
Si –me responde–, pero no merece la pena subir. El viento es terrible y no se ve absolutamente nada.
Evidentemente no le hago ni caso y me lanzo a recorrer los pocos metros finales. El viento, en efecto, es tremendo, y a duras penas me mantengo en pie. No se ve nada, ni siquiera por donde he venido. Regreso como puedo a la antecima y me pongo a cubierto en la ladera opuesta. Efectivamente no merecía la pena.
Al poco llega mi compañero.
¿Es la cima? –me pregunta entre ráfaga y ráfaga.
Si –le respondo–, pero no merece la pena subir. El viento es terrible y no se ve absolutamente nada.
Evidentemente no me hace ni caso y se lanza a recorrer los pocos metros finales...

No me cabe duda que esta singular conversación se podría repetir ad aeternum y siempre con los mismo resultados. ¿Por qué nos empeñamos en subir esos últimos metros con unas condiciones tales que no sólo no nos permiten disfrutar sino que incluso son potencialmente peligrosas? Para muchos montañeros hacer cima es un requisito indispensable. Parece que  si no llegamos a lo más alto, aunque sea por unos pasos, dejamos el trabajo sin terminar, que no cumplimos la meta que nos hemos fijado.
Obsesión, en psicología, es el sentimiento de tener una idea fija en algo. Esto, aplicado a la montaña, suena un poco excesivo. Quizá no sea más que una manía, en algunos casos obstinación, un probable defecto en nuestra “educación montañera”. A mi me gusta mas llamarlo “el virus de las cimas”. El caso es que haga el tiempo que haga, merezca o no la pena, sea una cima nueva (con mayor motivo) o mil veces repetida, no hay montañero atacado por el virus que consiga liberarse de su autoimpuesta obligación hasta que no planta su bota en la roca más alta.
Supongo que, en última instancia, es una cuestión personal ya que, como decía el alpinista y fotógrafo inglés John Cleare, “la única conquista del montañero es la de sí mismo”.



































10 feb. 2013

Pirulo


Julio 1978: Pirulo en la vía Patxi Berrio
Hermana Mayor. Irurtzun. 
 Tal día como hoy, hace 33 años, fallecía en accidente de montaña Juan Carlos Fernández Azanza, conocido por todos como Pirulo.
También era domingo aquel 10 de febrero de 1980, y tan desapacible como el de hoy, cuando aproximadamente a la 1 h del mediodía, una avalancha de nieve barrió la Cara N.E. del Aspe, arrastrando consigo a la cordada formada por Pirulo y Mariano de Blas.
En su continua búsqueda de nuevos retos Pirulo se había marcado como objetivo la vía Edil, abierta en 1962 por los célebres escaladores aragoneses Alberto Rabadá y Ernesto Navarro. Considerada en aquél momento como una de las grandes escaladas en nieve y hielo del Pirineo, contaba con escasas repeticiones invernales.
El sábado 9 de febrero, Pirulo y Mariano entraban en la vía y superaban el primer escalón vertical, donde se concentran la mayores dificultades, continuando la ascensión por el corredor hasta que al quedarse sin luz establecieron el vivac, protegidos por unos desplomes. Desgraciadamente, el buen tiempo que les había acompañado durante toda la jornada cambió bruscamente y dio paso a una intensa nevada que duró toda la noche.
Al día siguiente la pareja reanudó la escalada pero nunca pudieron terminarla. Faltando menos de 100 metros para llegar a la cima, la gran masa de nieve acumulada se deslizó por la pared arrastrándolos en una caída de más de 400 metros, los últimos verticales. Mariano cayó encima del alud y sobrevivió. Pirulo quedó debajo y murió.

La perplejidad me invade cuando pienso en el tiempo transcurrido. Recuerdo como si fuese ayer la primera vez que le vi. Fue una mañana del día de San Sebastián cuando en compañía de unos amigos aparecí por Santa Bárbara. Era la segunda ocasión en la que íbamos a escalar, con mucho estusiasmo, poco material (una cuerda de 35 metros y tres mosquetones de hierro) y la más absoluta ignorancia.
Después de trepar alguna de las vías más sencillas, recorríamos el sendero que discurre por la base de la pared cuando oímos unas voces que nos interpelaban desde lo alto. Encaramado en la reunión de la vía Malestar –que había ascendido solo–, un chaval pequeñajo y melenudo intentaba convencer a alguien para que subiese tras él, recuperando de paso el material. ¡Era Pirulo!
Tras pensármelo un poco –¡muy poco!–, atendí sus cantos de sirena y allí me lancé, sin haber visto jamás un estribo ni haber oido nunca el término “escalada artificial”. Después de una larguísima batalla con la doble cuerda, estribos y clavijas, (ahorro los detalles de tan penosa aventura) logré superar, a trancas y barrancas, los escasos metros de la vía y alcanzar la reunión. Pirulo desesperado, yo destrozado. Tiempo después, mientras escalábamos juntos una vía en el Pirineo, nos partimos de risa al confesarme que, viendo mis desesperados esfuerzos en la Malestar, estaba seguro de que jamás llegaría a ser escalador.

Así conocí a Pirulo. Él me enseñó a escalar y me contagió su entusiamo. Su pasión por la escalada –un punto obsesiva como todas las grandes pasiones– era tremenda. Vivía por y para la montaña. Su ritmo era impresionante. Los proyectos y planes se le acumulaban y no paraba hasta realizarlos. Si no lograba convencer a nadie se iba solo. Su frenética actividad le llevó a compartir cuerda y amistad con muchos montañeros de todo el estado, y quedó reflejada en el gran historial que reunió, insólito en aquella época para un alpinista tan joven, y en tan poco tiempo conseguido.
Visto con la perspectiva que da la distancia, me parece increíble que aquella extraordinaria e intensa época durase tan poco. Todo lo hizo en unos brevísimos 4 años (de los 15 a los 19). Remedando en parte la famosa frase, Pirulo vivió deprisa, murió joven y dejó un imborrable recuerdo entre todos los que tuvimos la suerte de conocerle.
A veces trato de imaginarme cómo habría sido de mayor, si conservaría la ilusión y el entusiamo que le caracterizaban, hasta dónde habría llegado. Su voz comienza a desvanecerse, apenas si la puedo ya rememorar, pero el recuerdo de su optimismo y generosidad me acompañarán para siempre.
Su paso por la montaña y mi vida fue fugaz pero luminoso, como una de aquellas estrellas que veíamos por las noches en los vivacs...


Recordatorio. Junto con varias fotos de Pirulo, se ve la vía Edil del Aspe,
y se indicaba el emplazamiento del vivac y el lugar aproximado
desde donde fueron arrastrados.





Página del diario Egin del 14 febrero 1980 donde se daba cuenta del accidente


Invierno de 1979-80


Página del Diario Vasco del 14 febrero 1980
donde J.M. Sotillos informaba del accidente


Texto de la Euskal Herriko Goi Mendi Eskola –de la que Pirulo era miembro-
publicado por el diario Egin el 14 febrero 1980


Breve resúmen del historial de escaladas de Pirulo
publicado por el diario Egin el 14 febrero 1980



J.M. Sotillos recordaba el primer aniversario
en el Diario Vasco de febrero 1981

Chamonix, Alpes, 1979: Divertida y entrañable fotografía
de Mariano de Blas y Pirulo


27/06/1978: Pirulo escalando el gran techo
de la vía Tardona en Etxauri





1980: información aparecida en otro diario donostiarra





1978: Pirulo en Dos Hermanas, Irurtzun

Una foto a la que le tengo gran cariño: Septiembre 1978, tras escalar la Vía Ravier del Pilar del Embarradere
en el Midi D'Ossau. Junto con Antxon Alonso "Mogollón" (con barba) y Pirulo (sentado), ambos desaparecidos
































Nota: este post está abierto a quien desee contar su experiencia con Pirulo o tenga fotografías que quiera compartir. Por favor contactar: lakastaz@gmail.com

5 feb. 2013

Juan Laredo


Era un domingo temprano. Nos encontrábamos en Baraibar, bajo un cielo encapotado y gris. Varias personas charlaban animadamente bajo el alero de una casona mientras pateaban el suelo para quitarse el frío, otras subían y bajaban por la carretera en busca de información, los más permanecíamos impacientes en el interior de los coches. Había nevado durante la noche y la carretera a San Miguel estaba en malas condiciones. Una patrulla de forales había cruzado su vehículo en mitad de la calzada impidiendo el paso. Aguardábamos la llegada del quitanieves.
  En esas estábamos cuando vi bajarse de uno de los coches a dos personas que, inquietas, comenzaban a preparar el equipo de fondo. Una de ellas era Juan Laredo. Observándole, no pude menos que admirar su vitalidad: con sus más 75 años se desenvolvía con la energía y determinación de un hombre con la mitad de su edad.
  Me acerqué a saludarle. Ante mí tenía a toda una leyenda del esquí de fondo vasco, un pionero con décadas de experiencia, practicante además, a lo largo de su vida, de otras disciplinas como el esquí de travesía, montaña, escalada, piragüismo, maratones... en definitiva, un atleta.
  Pero no es su espectácular curriculum deportivo lo que más me admira de él –que también–, sino su inquebrantable espíritu, su perpetua ilusión y su inmensa constancia (admiración que se extiende a otros de su generación o inmediatamente posterior como Suso Ayestarán, Pepemi Glez. Muga, Casimiro Bengoetxea, Julio Villar, Manolo Díaz, etc. que continúan activos). Viendo sus preparativos e impaciencia por calzarse los esquís parecía que fuese su primer día. Nadie diría que lleva más de 60 años acudiendo a esquiar a Aralar, para, como describía en su libro Esquí ideal, esquí de fondo (San Sebastian, 1970), “recrearse en la contemplación del bosque con sus árboles cuajados de nieve, sentir el murmullo del arroyo bajo el helado suelo,... marchar por sendas vírgenes abriendo nuestros propios caminos”.
    Y la pregunta surge inevitable, ¿seremos capaces cuando nos toque –si es que llegamos– de estar a su altura?, ¿podremos mantener esta misma ilusión por la montaña que, por ejemplo, nos tiene hoy atascados en Baraibar, en un día tan plomizo y ventoso?


Guía de esquí de fondo publicada
por Juan Laredo en 1970
De pronto, saliendo de la curva a todo gas, apareció bufando el quitanieves. Apenas nos dió tiempo a reaccionar cuando ya varios coches salían disparados detrás de la máquina. Y entre ellos, de los primeros, el de Juan Laredo.