13 oct. 2013

Andoni, Iñaki, Joxi, Bernard


Y al fin el accidente inesperado,
el golpe oscuro de la desventura,
el ciego encontronazo, la segura,
clara certeza de que te han matado.
  Rafael Alberti

Estupor, incredulidad, desolación, tristeza... estados de ánimo que se entremezclan mientras intento comprender lo incomprensible.

Me lo imagino perfectamente. Es algo que muchos hemos experimentado. Aterrizaje, tras varias semanas en las montañas de otro país, otro continente, y carretera rumbo a casa. Cansados pero contentos, charlando animados sobre las experiencias vividas, las anécdotas, pero con ganas de llegar, de abrazar a la familia, ver a los amigos, recuperar la vida diaria, preparar nuevos planes... sólo que en este caso la fatalidad se cruzó en su camino y junto con sus vidas se llevó su ilusión, su alegría, sus proyectos, dejando un reguero de dolor inmenso.  

El mazazo ha sido tremendo. En el ámbito de la montaña en el que nos movemos estamos desgraciadamente “acostumbrados” a padecer de vez en cuando la desaparición de un amigo o conocido. Suena crudo, pero es así. Es el “peaje” que este mundo tan bello y a veces tan cruel exige e implicitamente aceptamos. Pero desde luego, para lo que no estábamos preparados es para semejante sacudida. Se hace difícil asimilarlo.

Y luego está la manera. Decía el escritor Albert Camus que no conocía nada más absurdo que morir en un accidente de auto (y fue precisamente en la carretera donde él falleció). Y tenía razón. El coche no es sino un medio que nos permite acceder con más facilidad al lugar que de verdad nos importa: la montaña. Trágica ironía. Aceptamos los riesgos de nuestro deporte, nos preparamos y equipamos para aumentar la seguridad y eludir los peligros, y cuando, indemnes, tomamos el camino de vuelta,... “el accidente inesperado, el golpe oscuro de la desventura”.

No consigo hacerme a la idea de que ya no están. Tengo la impresión de que me los voy a encontrar cualquier día en la calle, en el Club, en el monte... O, como me pasa con otros amigos desaparecidos, me sobresaltaré cuando me cruce con alguien que por su parecido, la manera de andar o cualquier otro pequeño detalle me induzca a pensar por un instante que son ellos.

El impacto en la ciudad ha sido enorme. Donostia, Gipuzkoa, es un territorio pequeño. Descubres con sorpresa la insospechada cantidad de gente –no sólo del entorno montañero– que les conocía directa o indirectamente. Personas que, bien habitualmente o tan sólo en algún momento, conocieron o se relacionaron con ellos, y ahora sienten la necesidad de contártelo.

En cuanto al Club, el único precedente de una conmoción equiparable que me viene a la memoria es la caida de Josetxo Picabea y Patxi Zabaleta en el Tozal del Mallo, en 1976. Apenas unos críos que soñaban con grandes hazañas, vivimos en segundo plano aquel drama, testigos de la estupefacción y el dolor de sus amigos y familiares. Recuerdo los corrillos, las conversaciones en voz baja, la incredulidad... igual que ahora.

Y de la misma manera que Josetxo y Patxi forman desde entonces una cordada indisoluble, Andoni, Iñaki, Joxi y Bernard permanecerán para todos y para siempre unidos en el recuerdo.