26 feb. 2017

Peñaforca, el día perfecto


“La majestuosidad del Peñaforca, con Oza a sus pies,
la gran extensión de toda la sierra y sus vertiginosas
paredes le dan su distinción. Es una viva sensación
de estar en el corazón de la alta montaña”
(Rutas Montañeras Roncal-Zuriza. Club Deportivo Navarra, 1980)

Amanece en la cabecera de la Val d’Espetal, el insospechado valle que desde las alturas de Siresa se extiende como una larguísima lengua hasta lamer los contrafuertes rocosos de Peñaforca.

  La brillante luz de la mañana alegra nuestros primeros pasos. Estamos a finales de febrero pero el sol y la temperatura se empeñan en contradecir al calendario; parece más bien un primaveral día de abril. También la escasez de nieve a nuestro alrededor parece contradecir a nuestros esquís que, ociosos sobre nuestras espaldas, se dedican a pelear con los setos de boj que se interponen en nuestro camino. La fe de Iku, que soporta estoicamente nuestra incredulidad y nuestras chanzas, resulta conmovedora. A pesar de toda evidencia continúa afirmando que en el barranco encontraremos la deseada nieve.

  Poco a poco las aisladas manchas blancas comienzan a unirse al mismo tiempo que la tupida vegetación se hace cada vez más rala, hasta que de golpe el paisaje se abre y aparece ante nuestra vista el Estrecho de A Ralla, repleto de nieve, como una ancha y blanca autopista encajada entre abruptas laderas grises. Carlos, Iñaki y yo respiramos aliviados mientras vemos como Iku crece un palmo por la satisfacción.
  No estamos solos, un solitario y esbelto sarrio desciende con parsimonia por la pared izquierda, camina con elegancia por la nieve, se detiene, nos observa unos instantes como preguntándose qué es lo que hacemos aquí, y desaparece orgulloso. Al poco es el turno de un zorrillo marrón que con sus andares saltarines se dirige a sus ocupaciones. Debe ser esta especie de precoz primavera que hace espabilar a los, habitualmente en estas fechas, retraídos habitantes de estas soledades.

  El corredor, que acumula y protege la nieve como un inmenso frigorífico, se deja subir con comodidad, y Carlos, con un ritmo vivaz y sostenido, nos coloca rápidamente en el collado que da entrada al Valle de Alano. Lo primero que nos llama la atención es la Punta del Atxar, guardián del paso a Zuriza, que como un gran colmillo se destaca en la sierra. 

   Es un placer deambular por este amplio valle colgado en las alturas, encerrado por la cadena de picos de la Sierra de Alano por un lado y la alargada muralla del Peñaforca por el otro, invisible desde las montañas de alrededor. Disfrutamos sin prisas del espléndido paisaje, de la soledad buscada.

  Pero tampoco vamos a fosilizarnos aquí. Ahora es Iñaki el que arrea, deslizándose a través de una sucesión de llanos y resaltes redondeados que poco a poco nos hacen ganar altura. Las heladas laderas del Rincón de Alano, que refulgen bajo el sol, nos cierran el paso y forman una especie de gigantesco peralte que nos obliga a girar y conduce al pie de la brecha que da acceso a la cima. Toca bajarse de las tablas y remontar, con o sin crampones, la corta pero empinada cuesta, siguiendo las huellas que alguien antes ha tenido la gentileza de trazar.

Descenso
Da pena marcharse. Se está tan bien aquí, encaramados en el mogote rocoso que constituye la cima del Peñaforca. Es un día perfecto con sol, sin viento, y nuestro no por habitual menos querido paisaje pirenaico. Carlos con su experiencia en competición ya está listo y esperando –impaciente, aunque por cortesía no dice nada– a que nosotros acabemos de prepararnos para el descenso. La primera parte tiene bastante inclinación pero la nieve transformada está perfecta y nos permite disfrutar con seguridad. Los giros se encadenan solos, sin esfuerzo, paramos únicamente para sacar fotos y para… retrasar el final. Llegamos a una hondonada y la recorremos buscando el collado por el que continuar descendiendo. Es un momento crucial ya que si nos equivocamos podemos acabar en el borde de algún cortado, sin posibilidad de bajar, y tener que volver a remontar la cuesta. Tras consultar el mapa y nuestra intuición decidimos tirarnos por una serie de pendientes enlazadas por pasillos de nieve que nos permiten un formidable descenso sin interrupciones. Cuando volvemos la vista atrás nos sorprendemos de haber podido bajar por semejante barranco.

  La llegada al camino de subida de la mañana marca el final. Es como si se nos hubiera acabado el recreo.


El largo valle colgado de Alano

Rodeado de murallas, el valle es un mundo aparte

Las laderas heladas del Rincón de Alano refulgen al sol

Últimos metros con esquís. El pico Mazandú a la izquierda

Aproximándonos a la brecha. La cima principal de Peñaforca a la derecha

Iku es el primero en subir el corredor

Iñaki, saliendo al sol de la brecha

Tras salir de la brecha, últimos metros a la cima. Al fondo la mole de Bisaurín. Más atrás Collarada

El mogote rocoso que forma la cima

¡Iñaki, estira el cuello que no entras!

Listos para el descenso




















25 feb. 2017

Travesía Balneario de Panticosa - Peña de Feniás - Lanuza


   –Kklink! klonk! klank!
   –Txak! txak! txak!
   –Ñiii, ñiii, ñiii!

Cuatro pares de botas crujen y resuenan en el duro asfalto mientras avanzamos, bajo un sol impropio de la temporada, por la sinuosa carretera que corre paralela al embalse de Lanuza. Con todos nuestros trastos de esquí a cuestas, pero sin nieve en muchos metros a la redonda, debemos parecer extraterrestres, o mejor, cuatro caballeros andantes en busca de aventuras, con nuestras espadas y largas lanzas que sobresalen por encima de nuestros yelmos.

El caso es que nada más aterrizar en el negro asfalto, tras un gran descenso desde la Peña de Feniás, se nos ha planteado un dilema: ¿vamos a Sallent o a Lanuza? Quizás Sallent pues tenemos que encontrar un taxi que nos devuelva con todos nuestros pertrechos al Balneario –de donde hemos partido esta mañana–, pero Lanuza está más cerca… ha sido ardua la decisión:

   Carlos: –Creo que en Lanuza hay bar.
   Yo: –Tengo mis dudas.
   Iku: –Ni idea.
   Iñaki: –……

Nada más entrar en Lanuza encontramos en una de las primeras casas a una hacendosa señora que escoba en mano limpia la entrada de su domicilio.

   –Señora, ¿hay bar en el pueblo?
   –Sí, sí, ahí abajo mismo.

Mientras Iku trata por teléfono con el taxi-furgoneta de Sallent nos apalancamos al sol en la terraza del bar. La negociación resulta también complicada:

   –¡Que no venga antes de media hora!…

Y es que nos tiene que dar tiempo a disfrutar de las cervezas…

En fin, lo que yo quería contar, en realidad, es la travesía en esquís desde el Balneario a Lanuza, así que retrocedamos varias horas, al parking del refugio Casa de Piedra donde estamos últimando los preparativos para salir. Estos primeros momentos del día me resultan siempre particularmente conflictivos. Por un lado, estoy deseando comenzar la jornada, sobre todo en un día como hoy, cuando el tiempo y la nieve acompañan; pero por otra parte hay que vencer la pereza matinal, esa que me hace remolonear preparando los trastos. Cosa, por otra parte, muy comprensible, porque ¿cuántos cachivaches hay que acarrear para hacer esquí de montaña?: Botas, tablas, bastones, focas, cascos, gorros, bufs, guantes finos, gruesos, los de repuesto, las famosas tres o cuatro capas de ropa, mantas térmicas, gafas de sol, de ventisca, palas, sondas, arvas y gps, y sin olvidarnos de la sección pinchos: grampones, cuchillas, piolet…, además por supuesto de otras cosas necesarias como agua, comida, cremas protectoras, ceras, móviles, etc. ¡Ya estoy agotado sólo de enumerarlas! Y todo esto hay que conseguir distribuirlo entre el cuerpo y la mochila, bien apañadito para que no moleste y al mismo tiempo esté a mano.

Entre una cosa y otra, el sol ha salido hace un buen rato cuando abandonamos la furgo y emprendemos la subida por los zigzags del camino del Garmo Negro. Esta ruta bajo el bosque me encanta en verano, pero en invierno se me hace un tanto pesadita. Hay nieve pero como siempre el sendero está machacado de huellas de botas y raquetas, rastros de esquí de subida y bajada, muy duro por aquí, muy blando por allá, en fin… que toca negociar el gran cuestón haciendo equilibrios con los achiperres a la espalda.

Cuando salimos a la amplia Mallata Baja de las Argualas el horizonte se abre y, ya con los esquís en su sitio, dejamos el transitado camino a Garmo Negro y derivamos hacia la izquierda por la gran vaguada. Nos deslizamos por los falsos llanos y caracoleamos por las fuertes pendientes mientras medimos nuestra progresión observando de reojo como se van encogiendo las vecinas cumbres del sector de Brazatos, al otro lado del barranco del Balneario.

El día está espléndido y disfrutamos del paisaje y la soledad... ¿He dicho soledad? Acabo de avistar en el plateau inmediatamente inferior a un esquiador que sigue nuestras huellas. Al ritmo que va nos pillará enseguida. ¡Qué lata! ¡Con lo bien que vamos solos! Ya lo siento, pero la montaña la prefiero solitaria; bueno, no exactamente, lo que me gusta es ir solo con mi grupo, que puede constar de dos o muchas más personas. Ahora que lo pienso, aplicando esta filosofía podría incluso participar en el Altitoy sin agobiarme; el truco consistiría en convencerme de que los 600 participantes son “mi grupo”… No sé, igual tendría que hacérmelo mirar. El caso es que luego, cuando coincido con otros montañeros, soy incluso capaz de interactuar con ellos y conversar con cierta coherencia…
Cerca de la cresta nos alcanza el solitario. Se trata de un francés despistado al que su amigo –que se ha retirado– le ha dicho que por aquí se subía al Gagmo Neggo. Cuando le sacamos del error decide darse la vuelta. Au revoir!

Sólo nos queda remontar un canal para alcanzar la arista. Iku va tirando con ganas, habrá que estar atentos porque es un peligro; es incapaz de llevar un ritmo regular. Tiene tanto fuelle que cuando va a correr solo, sin nadie que le frene, acaba desfondado. Es la única persona que conozco capaz de contar chistes mientras subimos corriendo una pendiente del 15 o el 20% de inclinación. A lo mejor el Kilian también, digo yo. Cuando salimos a correr por el monte, las conversaciones en plena cuesta no suelen tener desperdicio:

   Iku: –¿Te he contado aquel chiste de…?
   Yo: –Arghhhhhhhhhh…
   Iku: – ¡Juancar! ¿Estás bien?, ¡no dices nada!
   Yo: –Gzhrhzzrrghhhhh….

La cima del Feniás nos deja un poco fríos, no sólo por el viento que sopla sino porque en realidad es tan sólo un punto en una larga cresta. Iku no está muy convencido de que sea el Feniás pero Jorge “el de la méteo” así lo identifica, y Carlos y yo opinamos que si Jorge lo dice nosotros no vamos a contradecirle.

No mola mucho quedarse aquí, picoteando al fino aire de la sierra, lo que realmente apetece es tirarse inmediatamente por las palas que, con su orientación Oeste, nos prometen una nieve transformada de primera. Disfrutamos a tope el descenso, rampa tras rampa, algún estrechamiento, y con el espectacular telón de fondo del Valle de Tena y la Sierra de la Partacua. Aprovechamos tanto que acabamos metidos de cabeza en el barranco de Portet, del que salimos como podemos. Las últimas lomas herbosas, con una leve capa de nieve, nos regalan unos giros finales de lujo. Unos minutos a pie por el PR nos dejan en el asfalto, preguntándonos si debemos dirigirnos a Sallent o a Lanuza… pero eso ya lo he contado.


Mallata Baja de las Argualas


Cresta de la Peña de Feniás. En segundo plano, el Garmo Feniás
Iñaki llegando a la cima de la Peña de Feniás

Un descanso en el descenso. La Sierra de la Partacua al fondo
Iku haciendo carrera con su sombra
Últimos giros con el embalse, Sallent y Formigal al fondo
El barranco de Portet por el que hemos bajado
La Foratata al fondo