26 feb. 2017

Peñaforca, el día perfecto


“La majestuosidad del Peñaforca, con Oza a sus pies,
la gran extensión de toda la sierra y sus vertiginosas
paredes le dan su distinción. Es una viva sensación
de estar en el corazón de la alta montaña”
(Rutas Montañeras Roncal-Zuriza. Club Deportivo Navarra, 1980)

Amanece en la cabecera de la Val d’Espetal, el insospechado valle que desde las alturas de Siresa se extiende como una larguísima lengua hasta lamer los contrafuertes rocosos de Peñaforca.

  La brillante luz de la mañana alegra nuestros primeros pasos. Estamos a finales de febrero pero el sol y la temperatura se empeñan en contradecir al calendario; parece más bien un primaveral día de abril. También la escasez de nieve a nuestro alrededor parece contradecir a nuestros esquís que, ociosos sobre nuestras espaldas, se dedican a pelear con los setos de boj que se interponen en nuestro camino. La fe de Iku, que soporta estoicamente nuestra incredulidad y nuestras chanzas, resulta conmovedora. A pesar de toda evidencia continúa afirmando que en el barranco encontraremos la deseada nieve.

  Poco a poco las aisladas manchas blancas comienzan a unirse al mismo tiempo que la tupida vegetación se hace cada vez más rala, hasta que de golpe el paisaje se abre y aparece ante nuestra vista el Estrecho de A Ralla, repleto de nieve, como una ancha y blanca autopista encajada entre abruptas laderas grises. Carlos, Iñaki y yo respiramos aliviados mientras vemos como Iku crece un palmo por la satisfacción.
  No estamos solos, un solitario y esbelto sarrio desciende con parsimonia por la pared izquierda, camina con elegancia por la nieve, se detiene, nos observa unos instantes como preguntándose qué es lo que hacemos aquí, y desaparece orgulloso. Al poco es el turno de un zorrillo marrón que con sus andares saltarines se dirige a sus ocupaciones. Debe ser esta especie de precoz primavera que hace espabilar a los, habitualmente en estas fechas, retraídos habitantes de estas soledades.

  El corredor, que acumula y protege la nieve como un inmenso frigorífico, se deja subir con comodidad, y Carlos, con un ritmo vivaz y sostenido, nos coloca rápidamente en el collado que da entrada al Valle de Alano. Lo primero que nos llama la atención es la Punta del Atxar, guardián del paso a Zuriza, que como un gran colmillo se destaca en la sierra. 

   Es un placer deambular por este amplio valle colgado en las alturas, encerrado por la cadena de picos de la Sierra de Alano por un lado y la alargada muralla del Peñaforca por el otro, invisible desde las montañas de alrededor. Disfrutamos sin prisas del espléndido paisaje, de la soledad buscada.

  Pero tampoco vamos a fosilizarnos aquí. Ahora es Iñaki el que arrea, deslizándose a través de una sucesión de llanos y resaltes redondeados que poco a poco nos hacen ganar altura. Las heladas laderas del Rincón de Alano, que refulgen bajo el sol, nos cierran el paso y forman una especie de gigantesco peralte que nos obliga a girar y conduce al pie de la brecha que da acceso a la cima. Toca bajarse de las tablas y remontar, con o sin crampones, la corta pero empinada cuesta, siguiendo las huellas que alguien antes ha tenido la gentileza de trazar.

Descenso
Da pena marcharse. Se está tan bien aquí, encaramados en el mogote rocoso que constituye la cima del Peñaforca. Es un día perfecto con sol, sin viento, y nuestro no por habitual menos querido paisaje pirenaico. Carlos con su experiencia en competición ya está listo y esperando –impaciente, aunque por cortesía no dice nada– a que nosotros acabemos de prepararnos para el descenso. La primera parte tiene bastante inclinación pero la nieve transformada está perfecta y nos permite disfrutar con seguridad. Los giros se encadenan solos, sin esfuerzo, paramos únicamente para sacar fotos y para… retrasar el final. Llegamos a una hondonada y la recorremos buscando el collado por el que continuar descendiendo. Es un momento crucial ya que si nos equivocamos podemos acabar en el borde de algún cortado, sin posibilidad de bajar, y tener que volver a remontar la cuesta. Tras consultar el mapa y nuestra intuición decidimos tirarnos por una serie de pendientes enlazadas por pasillos de nieve que nos permiten un formidable descenso sin interrupciones. Cuando volvemos la vista atrás nos sorprendemos de haber podido bajar por semejante barranco.

  La llegada al camino de subida de la mañana marca el final. Es como si se nos hubiera acabado el recreo.


El largo valle colgado de Alano

Rodeado de murallas, el valle es un mundo aparte

Las laderas heladas del Rincón de Alano refulgen al sol

Últimos metros con esquís. El pico Mazandú a la izquierda

Aproximándonos a la brecha. La cima principal de Peñaforca a la derecha

Iku es el primero en subir el corredor

Iñaki, saliendo al sol de la brecha

Tras salir de la brecha, últimos metros a la cima. Al fondo la mole de Bisaurín. Más atrás Collarada

El mogote rocoso que forma la cima

¡Iñaki, estira el cuello que no entras!

Listos para el descenso




















25 feb. 2017

Travesía Balneario de Panticosa - Peña de Feniás - Lanuza


   –Kklink! klonk! klank!
   –Txak! txak! txak!
   –Ñiii, ñiii, ñiii!

Cuatro pares de botas crujen y resuenan en el duro asfalto mientras avanzamos, bajo un sol impropio de la temporada, por la sinuosa carretera que corre paralela al embalse de Lanuza. Con todos nuestros trastos de esquí a cuestas, pero sin nieve en muchos metros a la redonda, debemos parecer extraterrestres, o mejor, cuatro caballeros andantes en busca de aventuras, con nuestras espadas y largas lanzas que sobresalen por encima de nuestros yelmos.

El caso es que nada más aterrizar en el negro asfalto, tras un gran descenso desde la Peña de Feniás, se nos ha planteado un dilema: ¿vamos a Sallent o a Lanuza? Quizás Sallent pues tenemos que encontrar un taxi que nos devuelva con todos nuestros pertrechos al Balneario –de donde hemos partido esta mañana–, pero Lanuza está más cerca… ha sido ardua la decisión:

   Carlos: –Creo que en Lanuza hay bar.
   Yo: –Tengo mis dudas.
   Iku: –Ni idea.
   Iñaki: –……

Nada más entrar en Lanuza encontramos en una de las primeras casas a una hacendosa señora que escoba en mano limpia la entrada de su domicilio.

   –Señora, ¿hay bar en el pueblo?
   –Sí, sí, ahí abajo mismo.

Mientras Iku trata por teléfono con el taxi-furgoneta de Sallent nos apalancamos al sol en la terraza del bar. La negociación resulta también complicada:

   –¡Que no venga antes de media hora!…

Y es que nos tiene que dar tiempo a disfrutar de las cervezas…

En fin, lo que yo quería contar, en realidad, es la travesía en esquís desde el Balneario a Lanuza, así que retrocedamos varias horas, al parking del refugio Casa de Piedra donde estamos últimando los preparativos para salir. Estos primeros momentos del día me resultan siempre particularmente conflictivos. Por un lado, estoy deseando comenzar la jornada, sobre todo en un día como hoy, cuando el tiempo y la nieve acompañan; pero por otra parte hay que vencer la pereza matinal, esa que me hace remolonear preparando los trastos. Cosa, por otra parte, muy comprensible, porque ¿cuántos cachivaches hay que acarrear para hacer esquí de montaña?: Botas, tablas, bastones, focas, cascos, gorros, bufs, guantes finos, gruesos, los de repuesto, las famosas tres o cuatro capas de ropa, mantas térmicas, gafas de sol, de ventisca, palas, sondas, arvas y gps, y sin olvidarnos de la sección pinchos: grampones, cuchillas, piolet…, además por supuesto de otras cosas necesarias como agua, comida, cremas protectoras, ceras, móviles, etc. ¡Ya estoy agotado sólo de enumerarlas! Y todo esto hay que conseguir distribuirlo entre el cuerpo y la mochila, bien apañadito para que no moleste y al mismo tiempo esté a mano.

Entre una cosa y otra, el sol ha salido hace un buen rato cuando abandonamos la furgo y emprendemos la subida por los zigzags del camino del Garmo Negro. Esta ruta bajo el bosque me encanta en verano, pero en invierno se me hace un tanto pesadita. Hay nieve pero como siempre el sendero está machacado de huellas de botas y raquetas, rastros de esquí de subida y bajada, muy duro por aquí, muy blando por allá, en fin… que toca negociar el gran cuestón haciendo equilibrios con los achiperres a la espalda.

Cuando salimos a la amplia Mallata Baja de las Argualas el horizonte se abre y, ya con los esquís en su sitio, dejamos el transitado camino a Garmo Negro y derivamos hacia la izquierda por la gran vaguada. Nos deslizamos por los falsos llanos y caracoleamos por las fuertes pendientes mientras medimos nuestra progresión observando de reojo como se van encogiendo las vecinas cumbres del sector de Brazatos, al otro lado del barranco del Balneario.

El día está espléndido y disfrutamos del paisaje y la soledad... ¿He dicho soledad? Acabo de avistar en el plateau inmediatamente inferior a un esquiador que sigue nuestras huellas. Al ritmo que va nos pillará enseguida. ¡Qué lata! ¡Con lo bien que vamos solos! Ya lo siento, pero la montaña la prefiero solitaria; bueno, no exactamente, lo que me gusta es ir solo con mi grupo, que puede constar de dos o muchas más personas. Ahora que lo pienso, aplicando esta filosofía podría incluso participar en el Altitoy sin agobiarme; el truco consistiría en convencerme de que los 600 participantes son “mi grupo”… No sé, igual tendría que hacérmelo mirar. El caso es que luego, cuando coincido con otros montañeros, soy incluso capaz de interactuar con ellos y conversar con cierta coherencia…
Cerca de la cresta nos alcanza el solitario. Se trata de un francés despistado al que su amigo –que se ha retirado– le ha dicho que por aquí se subía al Gagmo Neggo. Cuando le sacamos del error decide darse la vuelta. Au revoir!

Sólo nos queda remontar un canal para alcanzar la arista. Iku va tirando con ganas, habrá que estar atentos porque es un peligro; es incapaz de llevar un ritmo regular. Tiene tanto fuelle que cuando va a correr solo, sin nadie que le frene, acaba desfondado. Es la única persona que conozco capaz de contar chistes mientras subimos corriendo una pendiente del 15 o el 20% de inclinación. A lo mejor el Kilian también, digo yo. Cuando salimos a correr por el monte, las conversaciones en plena cuesta no suelen tener desperdicio:

   Iku: –¿Te he contado aquel chiste de…?
   Yo: –Arghhhhhhhhhh…
   Iku: – ¡Juancar! ¿Estás bien?, ¡no dices nada!
   Yo: –Gzhrhzzrrghhhhh….

La cima del Feniás nos deja un poco fríos, no sólo por el viento que sopla sino porque en realidad es tan sólo un punto en una larga cresta. Iku no está muy convencido de que sea el Feniás pero Jorge “el de la méteo” así lo identifica, y Carlos y yo opinamos que si Jorge lo dice nosotros no vamos a contradecirle.

No mola mucho quedarse aquí, picoteando al fino aire de la sierra, lo que realmente apetece es tirarse inmediatamente por las palas que, con su orientación Oeste, nos prometen una nieve transformada de primera. Disfrutamos a tope el descenso, rampa tras rampa, algún estrechamiento, y con el espectacular telón de fondo del Valle de Tena y la Sierra de la Partacua. Aprovechamos tanto que acabamos metidos de cabeza en el barranco de Portet, del que salimos como podemos. Las últimas lomas herbosas, con una leve capa de nieve, nos regalan unos giros finales de lujo. Unos minutos a pie por el PR nos dejan en el asfalto, preguntándonos si debemos dirigirnos a Sallent o a Lanuza… pero eso ya lo he contado.


Mallata Baja de las Argualas


Cresta de la Peña de Feniás. En segundo plano, el Garmo Feniás
Iñaki llegando a la cima de la Peña de Feniás

Un descanso en el descenso. La Sierra de la Partacua al fondo
Iku haciendo carrera con su sombra
Últimos giros con el embalse, Sallent y Formigal al fondo
El barranco de Portet por el que hemos bajado
La Foratata al fondo


15 dic. 2016

EL BOJ (cuento de escalada)

La sierra se deshace. Millones de años han transcurrido desde que emergiese del océano tropical y el tiempo, inexorable, ejecuta desde entonces su trabajo de demolición, reduciendo poco a poco la altiva muralla a humildes pedruscos. Una gran historia de auge y decadencia geológica… que a mí, en este preciso y prosaico momento, me toca padecer. Las deportivas son un calzado cómodo y ligero pero no es, ni de lejos, el más apropiado para bajar por este infame pedregal por el que, cansado de la escalada, desciendo a trompicones, procurando mantener el equilibrio.

La bajada de la Sierra de Altzania por el camino normal de la Peña del Azor –común a muchas vías de escalada en Egino– siempre me ha parecido un barranco incómodo y peligroso; quizás no la primera vez que desciendes por él, cuando vas con el cuidado que se pone ante lo desconocido. Pero, a fuerza de repetirlo, la atención inevitablemente se relaja y se puede convertir en una trampa.

Un último y polvoriento derrape me saca de la cascajera. Me adentro con alivio en el sutil sendero que desciende en picado, serpenteando con inteligencia a través de la muralla de roca y matorral, hasta llegar al pie de las paredes. Estrecho e intrincado como es, ofrece al menos –al contrario de la pedrera– una base sólida para caminar, si bien, en caso de tropezón, garantiza un vuelo rápido y sin escalas hasta el suelo.

Enseguida llego al paso de la sirga, un muro vertical de unos 2 metros de altura en cuya parte superior crece un gran boj, de esos que nos alegran las reuniones en vías sin equipar. Una gruesa maroma con nudos que pende de su rugoso tronco ayuda a franquear el paso. Es incluso divertido dejarse resbalar por la cuerda hasta aterrizar en el minúsculo sendero –de la anchura de un pie– que espera abajo.

Pero hoy tengo ganas de terminar cuanto antes y, sin pensarlo, ignoro la soga, me giro hacia la pared y, sujetándome con las manos en el borde, apoyo los pies en la lisa placa. El resbalón es inmediato, las manos, sorprendidas, no aguantan el tirón y caigo a plomo. Noto la violencia con la que el corazón se sobresalta y el estómago se contrae al sentir el vacío, como si estuviese en una noria de las ferias. Trato de comprender lo que ha pasado y me doy cuenta del error, uno de ellos: las deportivas son un calzado cómodo pero ni de lejos tienen el agarre de los gatos. Mientras sigo cayendo me percato de otra equivocación: no he cogido la cuerda… y al mismo tiempo advierto con cierta esperanza que ahí puede estar la solución: estiro rápidamente el brazo e intento agarrar la maroma…, pero es tarde…, siento el roce áspero de las fibras trenzadas cuando la cuerda se escurre de mi mano.

Parece mentira, pero, una vez pasado el primer susto, no estoy excesivamente preocupado, al fin y al cabo son sólo 2 metros, caigo de pie y el sendero es de tierra y hojas. Cuántas veces habré saltado alturas similares, e incluso sufrido alguna que otra caída peor, pienso. Así pues, me preparo con bastante optimismo al impacto con el suelo.

Cuentan las personas que han sobrevivido a un terremoto que una de las sensaciones más angustiosas es sentir cómo la tierra, algo que es sinónimo de estabilidad y firmeza, se agita y resquebraja como un flan. No pretendo comparar mi tragicómica situación actual con un desastre de semejante calibre, pero en el momento de tocar el suelo, ese que creía tan compacto, descubro que no lo es en absoluto. En realidad, el tramo en el que aterrizo consiste en raíces y hierbas cubiertas de una capa de hojas secas que no resisten la aceleración que la fuerza de la gravedad ha imprimido a mi cuerpo, y ceden. Apenas un frenazo y continúo cayendo. Ahora sí, completamente desconcertado, intento desesperadamente agarrarme a lo que sea pero ni mis manos encuentran nada sólido ni la velocidad a la que me despeño me lo permite.

De pronto, todo se para. Como si una de aquellas viejas películas mudas, en las que todo el mundo corría desaforadamente, se congelase, las rocas, la hierba, la tierra que volaban hacia lo alto… todo se detiene. Aturdido aún, tardo un poco en comprender qué pasa. Miro a mí alrededor y me doy cuenta que estoy perfectamente sentado en el tronco de un boj –uno de esos que nos alegran las reuniones de las vías sin equipar– que, sólidamente anclado en una grieta de la pared, ha detenido mi caída. Miro hacia abajo y contemplo cómo mis piernas se balancean en el vacío. Tras ellas, 40 ó 50 metros más abajo, mi mirada se estrella en el fondo del precipicio, del que sólo me separa este árbol providencial.

El compañero, que viene algo más atrás, aparece en lo alto del paso de la sirga.
–¿Qué ha pasado?– pregunta.

Es curioso, pienso, en realidad no ha ocurrido nada, toda esta batalla apenas ha durado 2 ó 3 segundos. No siento nada especial.

–¡Nada! Me he resbalado en el paso– contesto.

Con cuidado, trepo hasta alcanzar el sendero y reanudo el descenso.


30 nov. 2016

Escalar el maratón

Son las nueve menos cinco de la mañana; una fría y desapacible mañana de un domingo de final de noviembre de 2013. No sé muy bien cómo pero estoy en medio de la calzada, rodeado de una nerviosa muchedumbre en paños menores, que huele a una mezcla de reflex y sudor. En unos minutos darán la salida y la masa de corredores –yo entre ellos– se pondrá en movimiento con la intención de recorrer 42,195 km en el menor tiempo posible.



  Nunca he sido un corredor habitual, ni siquiera un corredor. Las veces que he salido a entrenar con alguna regularidad han sido para poder afrontar con cierta solvencia objetivos puntuales, como expediciones o ascensiones particularmente exigentes. En definitiva, corro, como dice Rafa Elorza “para poder arrastrar la mochila monte arriba”. Pero siempre hay una primera vez para todo y, en mi caso, este maratón de San Sebastián es el primero en el que participo.

  La sorpresa ha sido descubrir cuánto se parece correr un maratón  –al menos el primero– a escalar una gran pared en alta montaña. Las mismas sensaciones, los nervios, el temor ante territorio desconocido, a que la carrera/ascensión sea más difícil de lo previsto, el temor a no estar a la altura…

  La preparación, el entrenamiento para ambas actividades es, además de físico, técnico: hay que revisar el recorrido de la prueba kilómetro a kilómetro intentando descubrir los puntos delicados al igual que se repasa el croquis de escalada intentando localizar los pasos difíciles, prever los problemas y su posible solución para, llegado el momento, tener respuesta, planear la estrategia, cuidar el material necesario, atender la logística, etc.

  Pero sobre todo conlleva la misma preparación mental. Primero, la confianza que da el entrenamiento correcto; también, por supuesto, cuentan mucho las experiencias previas, aquellas cuya superación te permiten afrontar el nuevo reto con garantías; muy importante la motivación, el motor que hace andar el proyecto, un ámbito muy personal en el que cada cual tienen sus propias razones, a veces superficiales, otras profundas, y que generalmente son complicadas de explicar a los que no corren/escalan; y sobre todo la capacidad de sufrimiento, porque de lo que no cabe duda es que tanto para escalar una vía de dificultad como para terminar un maratón hay que estar dispuesto a sufrir, y eso requiere una gran mentalización.

   Luego llega la víspera de la prueba, con su noche, el momento peligroso, cuando todos tus miedos e inseguridades se presentan en sus tonos más oscuros, los pequeños problemas adquieren proporciones colosales, el lobo es más feroz, las dudas hacen cola, y te preguntas ¿cómo me he podido embarcar en ésto? Y una voz que te sale de las tripas –o quizás de la parte más saneada de tu cerebro– te insinúa sibilina que estarías mucho mejor  disfrutando de una plácida mañana de café y lectura.

Los altavoces, que llevan rato atronando la calle, comienzan por fin la cuenta atrás y cantan el comienzo de la carrera. El río multicolor se pone en movimiento, andando al principio, luego, al unísono, todos empezamos a trotar, volvemos a parar, arrancamos de nuevo –desde el aire debemos parecer un banco de peces–, el arco de salida se acerca inexorablemente, ya no hay marcha atrás.
En los altavoces resuena a todo trapo Highway to Hell. Muy apropiada. Allá voy.


25 jul. 2016

Artikutza, mon amour




Aquí estamos de nuevo, sumergidos en el mar verde de Artikutza, deambulando por esta especie de mini Amazonas doméstico.  Y… ¿por qué no habríamos de volver…?

   Sólo 26 km separan el negro asfalto de la ciudad de la verdinegra espesura; apenas un breve lapso de tiempo para transportarnos del geométrico mapa urbano a la intrincada orografía de este enclave natural; del estrépito y masificación ciudadanos al silencio y soledad del bosque.

   Se hace difícil imaginar como esta maraña de barrancos semisalvajes tapizados de bosques pudo albergar y soportar durante siglos la intensa explotación a la que mineros, ferrones, leñadores y carboneros la sometieron. Tan sólo las melancólicas ruinas comidas por la vegetación dan un esbozo de tanto esfuerzo derrochado en estos parajes.

   Sorprende e ilusiona comprobar la capacidad de la naturaleza para regenerarse cuando se la protege y, sobre todo, cuando se la deja en paz.
































Otros post sobre Artikutza:

http://lakasta.blogspot.com.es/2015/06/regreso-berdabio.html
http://lakasta.blogspot.com.es/2014/12/corriendo-traves-del-mundo-perdido.html

10 jul. 2016

La Subterránea del Aspe

La marmota, erguida como un hito sobre una gran bloque de piedra, nos observa atentamente mientras atravesamos la pedregosa pradera del Cubilar de Rigüelo. Sin embargo… es extraño… no ha dado su característico silbido de alarma, y permanece tiesa, descarada, casi reivindicativa en su gran peana gris. La miramos con atención… y descubrimos por qué parece un hito: ¡es un mojón de piedra! En fin, cosas de la distancia y quizás del madrugón.
   Nos dirigimos al pilar SE del Aspe, el enorme contrafuerte bicolor tanto tiempo olvidado, testigo impertérrito de las cordadas que verano tras verano se encaminan a la popular Arista de los Murciélagos. Todos, en algún momento, hemos levantado la cabeza al pasar y mirado aunque sea de reojo la gran muralla, en la que apenas se podían contar un puñado de vías. 
   
   Cuando embocamos el barranco de la Garganta de Aisa advertimos unos sarrios que nos contemplan curiosos, supongo que riéndose al vernos trastabillar por la pedrera, haciendo alarde de nuestra bípeda torpeza. Extensa pedrera que, como en todas las grandes paredes, se desparrama por su base, como las migas de un inmenso pastel que va deshaciéndose poco a poco. Pero son unas migas incómodas que hacen penosa la subida hasta pie de vía.
  
   La originalidad se cotiza y no cabe duda que la Vía Subterránea la tiene. Su primer largo se introduce en el interior de la montaña, y asciende durante 40 metros por un impresionante y oscuro tubo vertical hasta salir de nuevo a la luz bajo el gran techo del tercer largo. Esta singularidad, añadida a que la vía –como la mayoría de las de Sendero Límite– se halla equipada en su totalidad, consigue que la ruta esté casi tan concurrida los fines de semana del verano como la vecina arista. Madrugar, por tanto, es imprescindible aunque como descubrieron los amigos Rafa Elorza y Andoni Arabaolaza, no garantiza llegar los primeros.
   
   El alivio al salir de la lóbrega y fría chimenea se empaña rápidamente al ver el enorme techo que tapona la vía. El largo, que rodea el desplome, impone; si bien los parabolts que brillan aquí y allá como preciados diamantes, marcan el camino, prometen seguridad y mitigan bastante el agobio. Álvaro y Jon, de primeros, se trabajan el largo y lo sacan en libre con nota. Los demás… hacemos lo que podemos.
La primera parte de la escalada se termina con un par de largos más sencillos que nos depositan en la gran faja herbosa que divide la pared.

   El día está magnífico. Esperábamos mucho calor, pero las nubes, tan odiadas a veces, han venido a nuestro rescate rompiendo la monotonía azul y suavizando la temperatura.

   Si la zona inferior de la muralla está compuesta por una caliza gris parecida a la de Ansabere, la segunda parte, con su color ocre, diedros y plataformas, recuerda sin embargo a Ordesa. Excepto una tirada difícil, esta parte es más asequible y poco a poco las relucientes chapas nos muestran el camino a la cima.
   
   La tarde declina en el valle de Aisa mientras descendemos en fila por el sendero. La luz anaranjada del ocaso baña este paisaje de suaves prados y rugosas cumbres, cada vez más lejanas, y le confiere esa pincelada tan especial y bella que a mí me relaja a la vez que me produce una sensación de nostalgia.
   
   Esa que quizás sentiré en unos días cuando, olvidadas las inoportunas dudas, los agobios y el esfuerzo derrochado, recuerde esta espléndida ascensión.

El gigantesco diedro que alberga la cueva donde comienza la vía

Primer largo: Oier introduciéndose en la chimenea
Jon en la vertical de la chimenea

Jon comenzando el tercer largo, el más difícil de la vía

Oier en el tercer largo, bajo el enorme desplome

Oier en plena faena

Terminando el largo clave 


Jon en el cuarto largo

Jon disfrutando, como siempre!!

En los diedros de la parte superior