15 dic. 2016

EL BOJ (cuento de escalada)

La sierra se deshace. Millones de años han transcurrido desde que emergiese del océano tropical y el tiempo, inexorable, ejecuta desde entonces su trabajo de demolición, reduciendo poco a poco la altiva muralla a humildes pedruscos. Una gran historia de auge y decadencia geológica… que a mí, en este preciso y prosaico momento, me toca padecer. Las deportivas son un calzado cómodo y ligero pero no es, ni de lejos, el más apropiado para bajar por este infame pedregal por el que, cansado de la escalada, desciendo a trompicones, procurando mantener el equilibrio.

La bajada de la Sierra de Altzania por el camino normal de la Peña del Azor –común a muchas vías de escalada en Egino– siempre me ha parecido un barranco incómodo y peligroso; quizás no la primera vez que desciendes por él, cuando vas con el cuidado que se pone ante lo desconocido. Pero, a fuerza de repetirlo, la atención inevitablemente se relaja y se puede convertir en una trampa.

Un último y polvoriento derrape me saca de la cascajera. Me adentro con alivio en el sutil sendero que desciende en picado, serpenteando con inteligencia a través de la muralla de roca y matorral, hasta llegar al pie de las paredes. Estrecho e intrincado como es, ofrece al menos –al contrario de la pedrera– una base sólida para caminar, si bien, en caso de tropezón, garantiza un vuelo rápido y sin escalas hasta el suelo.

Enseguida llego al paso de la sirga, un muro vertical de unos 2 metros de altura en cuya parte superior crece un gran boj, de esos que nos alegran las reuniones en vías sin equipar. Una gruesa maroma con nudos que pende de su rugoso tronco ayuda a franquear el paso. Es incluso divertido dejarse resbalar por la cuerda hasta aterrizar en el minúsculo sendero –de la anchura de un pie– que espera abajo.

Pero hoy tengo ganas de terminar cuanto antes y, sin pensarlo, ignoro la soga, me giro hacia la pared y, sujetándome con las manos en el borde, apoyo los pies en la lisa placa. El resbalón es inmediato, las manos, sorprendidas, no aguantan el tirón y caigo a plomo. Noto la violencia con la que el corazón se sobresalta y el estómago se contrae al sentir el vacío, como si estuviese en una noria de las ferias. Trato de comprender lo que ha pasado y me doy cuenta del error, uno de ellos: las deportivas son un calzado cómodo pero ni de lejos tienen el agarre de los gatos. Mientras sigo cayendo me percato de otra equivocación: no he cogido la cuerda… y al mismo tiempo advierto con cierta esperanza que ahí puede estar la solución: estiro rápidamente el brazo e intento agarrar la maroma…, pero es tarde…, siento el roce áspero de las fibras trenzadas cuando la cuerda se escurre de mi mano.

Parece mentira, pero, una vez pasado el primer susto, no estoy excesivamente preocupado, al fin y al cabo son sólo 2 metros, caigo de pie y el sendero es de tierra y hojas. Cuántas veces habré saltado alturas similares, e incluso sufrido alguna que otra caída peor, pienso. Así pues, me preparo con bastante optimismo al impacto con el suelo.

Cuentan las personas que han sobrevivido a un terremoto que una de las sensaciones más angustiosas es sentir cómo la tierra, algo que es sinónimo de estabilidad y firmeza, se agita y resquebraja como un flan. No pretendo comparar mi tragicómica situación actual con un desastre de semejante calibre, pero en el momento de tocar el suelo, ese que creía tan compacto, descubro que no lo es en absoluto. En realidad, el tramo en el que aterrizo consiste en raíces y hierbas cubiertas de una capa de hojas secas que no resisten la aceleración que la fuerza de la gravedad ha imprimido a mi cuerpo, y ceden. Apenas un frenazo y continúo cayendo. Ahora sí, completamente desconcertado, intento desesperadamente agarrarme a lo que sea pero ni mis manos encuentran nada sólido ni la velocidad a la que me despeño me lo permite.

De pronto, todo se para. Como si una de aquellas viejas películas mudas, en las que todo el mundo corría desaforadamente, se congelase, las rocas, la hierba, la tierra que volaban hacia lo alto… todo se detiene. Aturdido aún, tardo un poco en comprender qué pasa. Miro a mí alrededor y me doy cuenta que estoy perfectamente sentado en el tronco de un boj –uno de esos que nos alegran las reuniones de las vías sin equipar– que, sólidamente anclado en una grieta de la pared, ha detenido mi caída. Miro hacia abajo y contemplo cómo mis piernas se balancean en el vacío. Tras ellas, 40 ó 50 metros más abajo, mi mirada se estrella en el fondo del precipicio, del que sólo me separa este árbol providencial.

El compañero, que viene algo más atrás, aparece en lo alto del paso de la sirga.
–¿Qué ha pasado?– pregunta.

Es curioso, pienso, en realidad no ha ocurrido nada, toda esta batalla apenas ha durado 2 ó 3 segundos. No siento nada especial.

–¡Nada! Me he resbalado en el paso– contesto.

Con cuidado, trepo hasta alcanzar el sendero y reanudo el descenso.


30 nov. 2016

Escalar el maratón

Son las nueve menos cinco de la mañana; una fría y desapacible mañana de un domingo de final de noviembre de 2013. No sé muy bien cómo pero estoy en medio de la calzada, rodeado de una nerviosa muchedumbre en paños menores, que huele a una mezcla de reflex y sudor. En unos minutos darán la salida y la masa de corredores –yo entre ellos– se pondrá en movimiento con la intención de recorrer 42,195 km en el menor tiempo posible.



  Nunca he sido un corredor habitual, ni siquiera un corredor. Las veces que he salido a entrenar con alguna regularidad han sido para poder afrontar con cierta solvencia objetivos puntuales, como expediciones o ascensiones particularmente exigentes. En definitiva, corro, como dice Rafa Elorza “para poder arrastrar la mochila monte arriba”. Pero siempre hay una primera vez para todo y, en mi caso, este maratón de San Sebastián es el primero en el que participo.

  La sorpresa ha sido descubrir cuánto se parece correr un maratón  –al menos el primero– a escalar una gran pared en alta montaña. Las mismas sensaciones, los nervios, el temor ante territorio desconocido, a que la carrera/ascensión sea más difícil de lo previsto, el temor a no estar a la altura…

  La preparación, el entrenamiento para ambas actividades es, además de físico, técnico: hay que revisar el recorrido de la prueba kilómetro a kilómetro intentando descubrir los puntos delicados al igual que se repasa el croquis de escalada intentando localizar los pasos difíciles, prever los problemas y su posible solución para, llegado el momento, tener respuesta, planear la estrategia, cuidar el material necesario, atender la logística, etc.

  Pero sobre todo conlleva la misma preparación mental. Primero, la confianza que da el entrenamiento correcto; también, por supuesto, cuentan mucho las experiencias previas, aquellas cuya superación te permiten afrontar el nuevo reto con garantías; muy importante la motivación, el motor que hace andar el proyecto, un ámbito muy personal en el que cada cual tienen sus propias razones, a veces superficiales, otras profundas, y que generalmente son complicadas de explicar a los que no corren/escalan; y sobre todo la capacidad de sufrimiento, porque de lo que no cabe duda es que tanto para escalar una vía de dificultad como para terminar un maratón hay que estar dispuesto a sufrir, y eso requiere una gran mentalización.

   Luego llega la víspera de la prueba, con su noche, el momento peligroso, cuando todos tus miedos e inseguridades se presentan en sus tonos más oscuros, los pequeños problemas adquieren proporciones colosales, el lobo es más feroz, las dudas hacen cola, y te preguntas ¿cómo me he podido embarcar en ésto? Y una voz que te sale de las tripas –o quizás de la parte más saneada de tu cerebro– te insinúa sibilina que estarías mucho mejor  disfrutando de una plácida mañana de café y lectura.

Los altavoces, que llevan rato atronando la calle, comienzan por fin la cuenta atrás y cantan el comienzo de la carrera. El río multicolor se pone en movimiento, andando al principio, luego, al unísono, todos empezamos a trotar, volvemos a parar, arrancamos de nuevo –desde el aire debemos parecer un banco de peces–, el arco de salida se acerca inexorablemente, ya no hay marcha atrás.
En los altavoces resuena a todo trapo Highway to Hell. Muy apropiada. Allá voy.


25 jul. 2016

Artikutza, mon amour




Aquí estamos de nuevo, sumergidos en el mar verde de Artikutza, deambulando por esta especie de mini Amazonas doméstico.  Y… ¿por qué no habríamos de volver…?

   Sólo 26 km separan el negro asfalto de la ciudad de la verdinegra espesura; apenas un breve lapso de tiempo para transportarnos del geométrico mapa urbano a la intrincada orografía de este enclave natural; del estrépito y masificación ciudadanos al silencio y soledad del bosque.

   Se hace difícil imaginar como esta maraña de barrancos semisalvajes tapizados de bosques pudo albergar y soportar durante siglos la intensa explotación a la que mineros, ferrones, leñadores y carboneros la sometieron. Tan sólo las melancólicas ruinas comidas por la vegetación dan un esbozo de tanto esfuerzo derrochado en estos parajes.

   Sorprende e ilusiona comprobar la capacidad de la naturaleza para regenerarse cuando se la protege y, sobre todo, cuando se la deja en paz.
































Otros post sobre Artikutza:

http://lakasta.blogspot.com.es/2015/06/regreso-berdabio.html
http://lakasta.blogspot.com.es/2014/12/corriendo-traves-del-mundo-perdido.html

10 jul. 2016

La Subterránea del Aspe

La marmota, erguida como un hito sobre una gran bloque de piedra, nos observa atentamente mientras atravesamos la pedregosa pradera del Cubilar de Rigüelo. Sin embargo… es extraño… no ha dado su característico silbido de alarma, y permanece tiesa, descarada, casi reivindicativa en su gran peana gris. La miramos con atención… y descubrimos por qué parece un hito: ¡es un mojón de piedra! En fin, cosas de la distancia y quizás del madrugón.
   Nos dirigimos al pilar SE del Aspe, el enorme contrafuerte bicolor tanto tiempo olvidado, testigo impertérrito de las cordadas que verano tras verano se encaminan a la popular Arista de los Murciélagos. Todos, en algún momento, hemos levantado la cabeza al pasar y mirado aunque sea de reojo la gran muralla, en la que apenas se podían contar un puñado de vías. 
   
   Cuando embocamos el barranco de la Garganta de Aisa advertimos unos sarrios que nos contemplan curiosos, supongo que riéndose al vernos trastabillar por la pedrera, haciendo alarde de nuestra bípeda torpeza. Extensa pedrera que, como en todas las grandes paredes, se desparrama por su base, como las migas de un inmenso pastel que va deshaciéndose poco a poco. Pero son unas migas incómodas que hacen penosa la subida hasta pie de vía.
  
   La originalidad se cotiza y no cabe duda que la Vía Subterránea la tiene. Su primer largo se introduce en el interior de la montaña, y asciende durante 40 metros por un impresionante y oscuro tubo vertical hasta salir de nuevo a la luz bajo el gran techo del tercer largo. Esta singularidad, añadida a que la vía –como la mayoría de las de Sendero Límite– se halla equipada en su totalidad, consigue que la ruta esté casi tan concurrida los fines de semana del verano como la vecina arista. Madrugar, por tanto, es imprescindible aunque como descubrieron los amigos Rafa Elorza y Andoni Arabaolaza, no garantiza llegar los primeros.
   
   El alivio al salir de la lóbrega y fría chimenea se empaña rápidamente al ver el enorme techo que tapona la vía. El largo, que rodea el desplome, impone; si bien los parabolts que brillan aquí y allá como preciados diamantes, marcan el camino, prometen seguridad y mitigan bastante el agobio. Álvaro y Jon, de primeros, se trabajan el largo y lo sacan en libre con nota. Los demás… hacemos lo que podemos.
La primera parte de la escalada se termina con un par de largos más sencillos que nos depositan en la gran faja herbosa que divide la pared.

   El día está magnífico. Esperábamos mucho calor, pero las nubes, tan odiadas a veces, han venido a nuestro rescate rompiendo la monotonía azul y suavizando la temperatura.

   Si la zona inferior de la muralla está compuesta por una caliza gris parecida a la de Ansabere, la segunda parte, con su color ocre, diedros y plataformas, recuerda sin embargo a Ordesa. Excepto una tirada difícil, esta parte es más asequible y poco a poco las relucientes chapas nos muestran el camino a la cima.
   
   La tarde declina en el valle de Aisa mientras descendemos en fila por el sendero. La luz anaranjada del ocaso baña este paisaje de suaves prados y rugosas cumbres, cada vez más lejanas, y le confiere esa pincelada tan especial y bella que a mí me relaja a la vez que me produce una sensación de nostalgia.
   
   Esa que quizás sentiré en unos días cuando, olvidadas las inoportunas dudas, los agobios y el esfuerzo derrochado, recuerde esta espléndida ascensión.

El gigantesco diedro que alberga la cueva donde comienza la vía

Primer largo: Oier introduciéndose en la chimenea
Jon en la vertical de la chimenea

Jon comenzando el tercer largo, el más difícil de la vía

Oier en el tercer largo, bajo el enorme desplome

Oier en plena faena

Terminando el largo clave 


Jon en el cuarto largo

Jon disfrutando, como siempre!!

En los diedros de la parte superior




5 jun. 2016

Vía Birra Moretti, primavera en Ziordia

Había comenzado temprano la ascensión, con los primeros rayos de un incipiente sol de primavera acariciando la gris caliza, con la hierba empapada aún por la lluvia nocturna brillando allá abajo, en los prados al pie del acantilado. Escalaba solo y sin cuerda, como a él le gustaba, como lo había hecho siempre, enfrentando su blanda desnudez a la dura roca.
La mañana discurría veloz y las nubes se apelotonaban ya, oscuras y revoltosas, amagando con descargar, sin embargo, tenía la sensación de que avanzaba muy lentamente, de que progresaba a paso de caracol. De hecho, en este momento se hallaba atascado bajo un desplome verdoso a cuyo borde se aferraba con desesperación, intentando superarlo a base de una mezcla de habilidad y fuerza bruta a partes iguales. Le parecía a veces que el techo se doblaba y cedía ante su peso, y su mochila –¡Ay, su enorme mochila!– tiraba de él y le lastraba, pero no podía deshacerse de ella, le iba la vida…

– ¡Sueltaaaaa!

El grito de Rafa me saca de mi ensimismamiento y me devuelve a la realidad. Es mi turno. Mientras desmonto la reunión echo una última mirada al rubio caracol que habita en este nicho de la pared y al que he estado observando al mismo tiempo que aseguraba a mi compañero. El pobre sigue batiéndose con el desplome –en realidad, una hoja de hierba– que obstaculiza su marcha implacable hacia las alturas. En el rato durante el que le he estado contemplando (dos largos de Rafa), sus denodados esfuerzos se han visto recompensados por un avance escasamente superior a un centímetro.

También nosotros hemos comenzado temprano la “Birra Moretti", la nueva vía de Antxon Gorrotxategi que viene a añadirse a la impresionante colección de rutas de “grado amable” –como dice él– con las que está enriqueciendo esta zona de escalada de Egino-Ziordia, y que a mí particularmente me encantan. También me gustan los nombres con los que las está bautizando, nombres sencillos y simpáticos, nada de esos apelativos grandilocuentes o super-chachi-molones con que algunos quieren distinguirse y que, al cabo de poco tiempo, se quedan obsoletos e incluso ridículos.

Como en todas las vías de esta larga muralla que encajona el valle de la Burunda, la vegetación es abundantísima. Espolones, placas y fisuras están salpicados de árboles y plantas que, aunque sea en apariencia, le quitan seriedad y dramatismo a la escalada. A mí no me estorban, es más, despojado a estas alturas de toda tentación épica, hasta me gusta; sobre todo en días como hoy, en los que la primavera estalla en mil colores y nos regala una muchedumbre de flores.

Es un placer escalar entre tanta belleza. La vía hoy es un auténtico jardín vertical.

Sendero hacia las paredes de la sierra de Altzania


Primer largo, un jardín vertical


Nada como comenzar a escalar junto a una flor como esta: Azucena del Pirineo


Los buenos cantos de la caliza de Ziordia 


La escalada es  un deporte duro... el rubio caracol en plena ascensión

Croquis Birra Moretti

1 may. 2016

Anayet, Cara Norte



Avanzando por la Canal Roya con tiempo incierto
Ha parado de nevar pero el día se resiste a amanecer. Es una madrugada negra y revuelta en la que una difusa luna y algunas estrellas apenas se dejan ver entre oscuras masas de nubes zarandeadas por el fuerte viento.

Apagamos las frontales y continuamos la marcha remontando la Canal Roya, el largo valle que se introduce como un gancho en las tripas del Pirineo. Caminamos en silencio, salvando a trompicones los charcos de barro que salpican la ruta y atravesando en precario equilibrio los arroyos que descienden desbocados y bloquean el sendero.

Peregrinamos cargados con el peso de las mochilas y el aún mas grande de la incertidumbre. Son instantes críticos, cuando las dudas, agazapadas en algún lugar de nuestro cerebro, aprovechan cada tropiezo, cada ráfaga de viento, cada nubarrón que se interpone en nuestro horizonte para asaltarnos y convencernos de que es mejor darse la vuelta y regresar a la comodidad del coche, del bar, de casa. En estos momentos es preferible no decir nada, comerse en silencio la preocupación y tirar para adelante. Nos encomendamos a una meteo que nos pronostica una mejoría a lo largo de la jornada, si bien el viento y el frío van a ser una constante.

Por fin, al mismo tiempo que el sol consigue romper el cerco de las nubes, irrumpe ante nosotros, helada y magnífica, inundada de luz, la cara norte del Anayet. Montaña bellísima, es como la hermana pequeña del cercano y majestuoso Midi D’Ossau. Siempre saldrá perdiendo en las comparaciones, sin embargo las estampas que nos ofrece de cualquiera de sus escarpadas vertientes son espléndidas, y sus rutas de acceso, abruptas y verticales, aumentan su atractivo.

Los corredores de la cara norte, repletos de nieve en buenas condiciones, no presentan mayor obstáculo. La cuerda duerme en la mochila y tornillos y friends tintinean ociosos en el arnés. Sólo las feroces y caprichosas ráfagas de viento, que nos sacuden obligándonos a parar y encogernos hasta que remiten y nos dan un respiro, dificultan nuestra progresión.

Encaramados al fin en la exigua cima, insignificante isla azotada por el viento, me viene a la memoria la frase de un periodista deportivo que afirmaba que “la buena fortuna es patrimonio de los abnegados”. No se si somos abnegados, el término, en este caso, me parece un tanto excesivo, pero sí es cierto que al menos hemos perseverado lo suficiente para lograr completar esta magnífica ascensión.

El fuerte viento riza las nubes en la cima del Anayet 
Jon entrando en el primer corredor de la Cara Norte del Anayet
La Canal Roya al fondo, muy lejos ya

En pleno corredor 
Las condiciones de la nieve son estupendas
Últimas rampas hacia la cima 
Llegando a la cima. El Midi D'Ossau al fondo 
Mucho frío en la cima. Un foto y para abajo 
Jon descendiendo con cuidado hacia la cara sur