25 jul. 2016

Artikutza, mon amour




Aquí estamos de nuevo, sumergidos en el mar verde de Artikutza, deambulando por esta especie de mini Amazonas doméstico.  Y… ¿por qué no habríamos de volver…?

   Sólo 26 km separan el negro asfalto de la ciudad de la verdinegra espesura; apenas un breve lapso de tiempo para transportarnos del geométrico mapa urbano a la intrincada orografía de este enclave natural; del estrépito y masificación ciudadanos al silencio y soledad del bosque.

   Se hace difícil imaginar como esta maraña de barrancos semisalvajes tapizados de bosques pudo albergar y soportar durante siglos la intensa explotación a la que mineros, ferrones, leñadores y carboneros la sometieron. Tan sólo las melancólicas ruinas comidas por la vegetación dan un esbozo de tanto esfuerzo derrochado en estos parajes.

   Sorprende e ilusiona comprobar la capacidad de la naturaleza para regenerarse cuando se la protege y, sobre todo, cuando se la deja en paz.
































Otros post sobre Artikutza:

http://lakasta.blogspot.com.es/2015/06/regreso-berdabio.html
http://lakasta.blogspot.com.es/2014/12/corriendo-traves-del-mundo-perdido.html

5 jun. 2016

Vía Birra Moretti, primavera en Ziordia

Había comenzado temprano la ascensión, con los primeros rayos de un incipiente sol de primavera acariciando la gris caliza, con la hierba empapada aún por la lluvia nocturna brillando allá abajo, en los prados al pie del acantilado. Escalaba solo y sin cuerda, como a él le gustaba, como lo había hecho siempre, enfrentando su blanda desnudez a la dura roca.
La mañana discurría veloz y las nubes se apelotonaban ya, oscuras y revoltosas, amagando con descargar, sin embargo, tenía la sensación de que avanzaba muy lentamente, de que progresaba a paso de caracol. De hecho, en este momento se hallaba atascado bajo un desplome verdoso a cuyo borde se aferraba con desesperación, intentando superarlo a base de una mezcla de habilidad y fuerza bruta a partes iguales. Le parecía a veces que el techo se doblaba y cedía ante su peso, y su mochila –¡Ay, su enorme mochila!– tiraba de él y le lastraba, pero no podía deshacerse de ella, le iba la vida…

– ¡Sueltaaaaa!

El grito de Rafa me saca de mi ensimismamiento y me devuelve a la realidad. Es mi turno. Mientras desmonto la reunión echo una última mirada al rubio caracol que habita en este nicho de la pared y al que he estado observando al mismo tiempo que aseguraba a mi compañero. El pobre sigue batiéndose con el desplome –en realidad, una hoja de hierba– que obstaculiza su marcha implacable hacia las alturas. En el rato durante el que le he estado contemplando (dos largos de Rafa), sus denodados esfuerzos se han visto recompensados por un avance escasamente superior a un centímetro.

También nosotros hemos comenzado temprano la “Birra Moretti", la nueva vía de Antxon Gorrotxategi que viene a añadirse a la impresionante colección de rutas de “grado amable” –como dice él– con las que está enriqueciendo esta zona de escalada de Egino-Ziordia, y que a mí particularmente me encantan. También me gustan los nombres con los que las está bautizando, nombres sencillos y simpáticos, nada de esos apelativos grandilocuentes o super-chachi-molones con que algunos quieren distinguirse y que, al cabo de poco tiempo, se quedan obsoletos e incluso ridículos.

Como en todas las vías de esta larga muralla que encajona el valle de la Burunda, la vegetación es abundantísima. Espolones, placas y fisuras están salpicados de árboles y plantas que, aunque sea en apariencia, le quitan seriedad y dramatismo a la escalada. A mí no me estorban, es más, despojado a estas alturas de toda tentación épica, hasta me gusta; sobre todo en días como hoy, en los que la primavera estalla en mil colores y nos regala una muchedumbre de flores.

Es un placer escalar entre tanta belleza. La vía hoy es un auténtico jardín vertical.

Sendero hacia las paredes de la sierra de Altzania


Primer largo, un jardín vertical


Nada como comenzar a escalar junto a una flor como esta: Azucena del Pirineo


Los buenos cantos de la caliza de Ziordia 


La escalada es  un deporte duro... el rubio caracol en plena ascensión

Croquis Birra Moretti

1 may. 2016

Anayet, Cara Norte



Avanzando por la Canal Roya con tiempo incierto
Ha parado de nevar pero el día se resiste a amanecer. Es una madrugada negra y revuelta en la que una difusa luna y algunas estrellas apenas se dejan ver entre oscuras masas de nubes zarandeadas por el fuerte viento.

Apagamos las frontales y continuamos la marcha remontando la Canal Roya, el largo valle que se introduce como un gancho en las tripas del Pirineo. Caminamos en silencio, salvando a trompicones los charcos de barro que salpican la ruta y atravesando en precario equilibrio los arroyos que descienden desbocados y bloquean el sendero.

Peregrinamos cargados con el peso de las mochilas y el aún mas grande de la incertidumbre. Son instantes críticos, cuando las dudas, agazapadas en algún lugar de nuestro cerebro, aprovechan cada tropiezo, cada ráfaga de viento, cada nubarrón que se interpone en nuestro horizonte para asaltarnos y convencernos de que es mejor darse la vuelta y regresar a la comodidad del coche, del bar, de casa. En estos momentos es preferible no decir nada, comerse en silencio la preocupación y tirar para adelante. Nos encomendamos a una meteo que nos pronostica una mejoría a lo largo de la jornada, si bien el viento y el frío van a ser una constante.

Por fin, al mismo tiempo que el sol consigue romper el cerco de las nubes, irrumpe ante nosotros, helada y magnífica, inundada de luz, la cara norte del Anayet. Montaña bellísima, es como la hermana pequeña del cercano y majestuoso Midi D’Ossau. Siempre saldrá perdiendo en las comparaciones, sin embargo las estampas que nos ofrece de cualquiera de sus escarpadas vertientes son espléndidas, y sus rutas de acceso, abruptas y verticales, aumentan su atractivo.

Los corredores de la cara norte, repletos de nieve en buenas condiciones, no presentan mayor obstáculo. La cuerda duerme en la mochila y tornillos y friends tintinean ociosos en el arnés. Sólo las feroces y caprichosas ráfagas de viento, que nos sacuden obligándonos a parar y encogernos hasta que remiten y nos dan un respiro, dificultan nuestra progresión.

Encaramados al fin en la exigua cima, insignificante isla azotada por el viento, me viene a la memoria la frase de un periodista deportivo que afirmaba que “la buena fortuna es patrimonio de los abnegados”. No se si somos abnegados, el término, en este caso, me parece un tanto excesivo, pero sí es cierto que al menos hemos perseverado lo suficiente para lograr completar esta magnífica ascensión.

El fuerte viento riza las nubes en la cima del Anayet 
Jon entrando en el primer corredor de la Cara Norte del Anayet
La Canal Roya al fondo, muy lejos ya

En pleno corredor 
Las condiciones de la nieve son estupendas
Últimas rampas hacia la cima 
Llegando a la cima. El Midi D'Ossau al fondo 
Mucho frío en la cima. Un foto y para abajo 
Jon descendiendo con cuidado hacia la cara sur 

24 abr. 2016

Charlando con la Meteo

De izda. a dcha: Periko, Matteo, Juancar, Romo, Suco, Jorge, Carlos y Ander

Las 8 de la mañana. A través de la ventana de la autocaravana observamos la gris cortina de aguanieve que se desplaza en diagonal a lo largo del valle de Barrabés. El viento, que no conoce fronteras, empuja sin descanso las oscuras nubes hacia nuestro soleado sur, cerrando el horizonte, enfriándonos los ánimos.

Esperamos a Jorge García-Dihinx –el de la “Meteo que viene”– que llega con su grupo de Sallent y Biescas. El plan es acompañarle en su excursión al refugio de Llauset –subiendo por Angliós y descendiendo por Rigüeño–, y desde allí, ascender algún pico de la zona. Jorge, que está inmerso en la elaboración del tercer volumen de sus rutas con esquís, necesita completar datos y comprobar las diferencias entre los dos accesos al nuevo refugio.

La ventisca no cesa pero nos esforzamos en creer que el tiempo puede todavía cambiar. Nos aferramos a la idea de que, viniendo Jorge, el tiempo no nos puede fallar. Oteamos la solitaria carretera con la esperanza de verlo llegar, cual salvador, arrastrando tras de sí el anhelado cielo azul. Llegan puntuales y simpáticos, pero tras los saludos, constatamos que el tiempo, cabezón, no cede, y que si continuamos a la intemperie nos arriesgamos a que se nos congelen las sonrisas. Jorge, sintiéndose un tanto responsable, nos propone descender unos pocos kilómetros por el valle y remontar la pista de la presa de Llauset. El clima cambia radical. Impresiona comprobar como la distancia entre el invierno y la primavera puede ser tan breve. Sin embargo, el buen tiempo y la orientación sur vienen con peaje: la nieve comienza tan alta que hay más recorrido de porteo que de esquí. Definitivamente, hoy no es el día. 

Nos congregamos en torno a una mesa, cervezas y café, y charlamos… ¡de montaña! ¡De qué si no! Noticias, anécdotas, proyectos… La montaña nos ha reunido, no hay discusiones ni polémicas, no hay equipos enfrentados ni bandos que defender. La montaña es un territorio que nos acoge a todos sin distinciones de clase, edad y mucho menos políticas. La montaña es nuestra patria común.










6 mar. 2016

Elogio de la pereza. Esquiando en Leitza

¡Qué bien se está en la cama, calentito, en esta desapacible mañana de domingo! El fuerte ruido de la lluvia que golpea con violencia la claraboya del patio me hace encogerme aún más bajo la manta.

    ¡Suena el despertador! Me levanto como un zombie a ver que dice la meteo, con la moral más baja que las negras nubes que veo por la ventana: nieve a las 9, nieve a las 10, más a las 11… y todavía más a partir de mediodía. ¡Perfecto! Había medio quedado con Alberto para ir a Leitza pero visto el panorama, y tras discutir conmigo mismo durante medio segundo, tomo la heroica decisión de regresar al sobre.

    ¡Qué bien se está de nuevo en la cama, calentito y sin remordimientos, en esta desapacible mañana de domingo!

    Ya estoy de nuevo soñando con ovejitas en blancas y esponjosas praderas de nieve cuando suena el móvil: un “guasap”. Será Alberto, a ver qué pasa, si voy o no. ¡Pues no, es Jon!, pero… ¿este no había ido de sidrería?
“Egun on Juancar!! Por si acaso andas por ahí. Estoy desayunando y voy a ir a Leitza a esquiar un poco, a ver q tal está… (jejeje ayer al final me retiré pronto, entraba mejor el colacao q la sidra fría)”

Le contesto lo mejor que puedo:
“Pues yo estoy en la cama!!! Cómo llueve!! Vas?”
Irreductible, me responde:
“Si si, te animas?”
Me rindo:
Vale, dame un fago. (maldito diccionario móvil). Decía un rato”
Se consuma el desastre:
“Si si perfect. En una hora? Paso por tu casa a menos diez”
    Pues nada, al mal tiempo buena cara, o eso dicen: me levanto-desayuno-aseo-visto-preparobártulosatodapastilla y me lanzo a la calle donde la lluvia me recibe con renovada alegría e ímpetu.

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Curva a curva, a medida que remontamos el puerto, la lluvia se va transformando en nieve. Cuando alcanzamos el puerto de Usategieta (Alto de Ezkurra) gruesos copos caen mansamente y cubren de blanco y silencio el lugar. Numerosos vehículos ocupan los bordes de la carretera pero salvo en uno, no se ve un alma. La gente ha desaparecido, tragada por la soledad gris y blanca que todo lo invade.

    Enfilamos la pista y nos deslizamos por los profundos surcos trazados en la ladera como por raíles de algodón. La huella burla la pendiente y sortea los árboles, algunas de cuyas ramas, abarrotadas de nieve, se inclinan como haciéndonos reverencia. Las nubes se sujetan y enredan en las crestas de los árboles, nos envuelven en gris, y se deshacen en copos que franquean pausadamente el breve trayecto del gris al blanco. Tengo la sensación de transitar por un mundo cerrado en el que no notaríamos una gran diferencia si lo agitásemos y volteásemos como una de esas escenas en miniatura encerradas en una bola de cristal de nieve.
“…habría levantado la mirada a veces, hacia la nieve, que tenía el color de las nubes espesas, y hacia el cielo, que tenía el color de la nieve fundida…”           Marilynne Robinson “Vida hogareña”
    La suave y despejada cima de Petriketa no está muy hospitalaria hoy. Una ligera pero afilada brisa nos ahuyenta y corremos a refugiarnos al bosque. Liberados ya de las pieles, nos deslizamos suavemente a través del hayedo, serpenteando entre árboles a cuyos troncos la nieve se pega como una segunda piel. Esquiar por los bosques es un pequeño placer que me transporta de estos parajes cercanos y familiares a otros lejanos y soñados.

    Finalmente, no ha sido tan mala idea sacudirse la pereza y abandonar la cama calentita en esta desapacible mañana de domingo.









23 feb. 2016

El país de las salamandras

Salir a correr de noche por el monte no es una elección gratuita sino más bien una alternativa obligada por los horarios laborales extensivos. Por supuesto que es mucho más gratificante correr de día que durante las horas nocturnas, cuando el paisaje se reduce al exiguo y monocromo trecho que ilumina el agitado foco de la frontal. Pero, por otra parte, hay que reconocer que también tiene su encanto, e incluso algo de travesura clandestina: trotar por las oscuras sendas solitarias que bajo la efímera luz nos desvelan sus pequeños secretos; percibir la tenue silueta de bosques y lomas acentuadas por la luz blanquecina de la luna; descubrir los puntitos amarillos que salpican la oscuridad y delatan la soledad de los baserris; o contemplar el difuminado resplandor ámbar que desprenden las aglomeraciones más extensas en el fondo de los valles. Y también están los ocasionales encuentros con la menuda fauna nocturna que sale a pasear en las húmedas noches cantábricas.

La vertiente este de Aiako Harria es un despeñadero escarpado y salvaje donde los contrafuertes graníticos que sostienen las cimas son tragados por el denso bosque que ascendiendo desde el barranco de Endara les disputa cada centímetro de este universo vertical. Territorio empapado de lluvia y niebla, impenetrable excepto por el canal que procedente de Domiko corta horizontal la abrupta pendiente.

Corremos por la sombría orilla, a ratos por el estrecho sendero, a ratos en equilibrio por el angosto murete del canal, atentos a no trastabillar con piedras y raíces o resbalar en el musgo, envueltos por la noche y las colosales hayas, que sólo intuimos.

De pronto, el haz de luz de la frontal nos devuelve un pequeño retazo de color amarillo, después otro y otro, son salamandras, inmóviles en la noche, como minúsculas figuritas de barro. Decenas de ellas, luego cientos. Solitarias en su mayoría, algunas en parejas, nos obligan a extremar el cuidado para no aplastarlas. 

Abandonamos el canal y remontamos la ladera, a través del espacioso bosque, camino de Elurretxe. Imperturbables, las salamandras observan nuestro correteo –con un aire un tanto desdeñoso–, y permanecen inmóviles esperando quizás la lluvia que a buen seguro no tardará en caer.






La pequeña fauna nocturna no siempre agradece los encuentros nocturnos
Llegando a la cima de Jaizkibel