13 jul. 2020

¡VIVA EL VIVAC!

El día había resultado largo y agotador por lo que me sentí aliviado cuando conseguí encontrar el pequeño manantial que brotaba escondido en las empinadas laderas del Pico Acué. Provisto ya del imprescindible líquido desplegué la esterilla sobre la mullida hierba y me tendí dispuesto a disfrutar de una puesta del sol que se anunciaba espléndida.   No tuve que esperar mucho, una tras otra, todas las cimas que abarcaba con la vista —Castillo de Acher, Agüerri, Bisaurín, Aspe…— se fueron incendiando hasta alcanzar un tono ocre que contrastaba con el azul profundo del cielo, mientras las sombras del fondo del valle ascendían por las pendientes tiñendo el paisaje de oscuridad. Cayó la noche y con ella me cayó encima todo el cansancio de la jornada…"

Dormir al raso en montaña es un placer… siempre que el tiempo y el lugar sean los adecuados; y si hay algún momento en que las condiciones pueden complicarse y no ser tan idílicas es cuando, previsto o no, se vivaquea en pared durante una escalada.

Aunque ya no es tan habitual en el Pirineo, pues muchas vías están equipadas y tanto la técnica como el material han recortado radicalmente los tiempos, hubo una época en que era prácticamente obligado vivaquear, normalmente por la longitud y dureza de la escalada, y a veces también… por la alegre desenvoltura con que nos metíamos. La mayoría de los vivacs eran obviamente satisfactorios, pero de vez en cuando algunos se “torcían”, y la experiencia, ¿cómo decirlo?, no resultaba especialmente gratificante…


Calcetín Party en Ansabère

Mi primer vivac en pared fue en la Aguja Norte de Ansabère. Era finales de octubre y aunque ya hacía frío era la última oportunidad del año de hacer una gran vía antes de la llegada del mal tiempo. Decidimos meternos en la vía Ravier y, como el vivac era seguro, nos pertrechamos con bien de ropa y saco de dormir. Pero en aquella época los sacos de pluma estaban fuera de nuestro raquítico presupuesto de estudiantes por lo que llevábamos lo que denominábamos “sacos papelíferos”, que nos garantizaban un frío uniforme durante toda la noche. Para prevenir esto, añadí un par de gruesos calcetines de refuerzo.

El vivac no se puede decir que fuera muy cómodo; al ser tres nos repartimos las exiguas plataformas: Pirulo en una koska en el diedro, Bixen sentado en una repisita, y yo, debajo, en una laja en la que sólo podía apoyar la espalda. Los piernas las coloqué estiradas en horizontal, colgando de un estribo. En estas circunstancias, la operación de ponerme los calcetines extra, dentro del saco y con los pies bailando en el estribo, fue de todo menos gloriosa.

Con la oscuridad llegó el frío, y mientras uno de mis pies mantenía el tipo, el otro lo tenía congelado; por más que lo movía no conseguía que entrase en calor. No me explicaba el porqué, ¿sería un problema de circulación?, me dio la noche.

Con las primeras luces, salí como pude del saco para descubrir que con los agobios nocturnos... ¡me había puesto los dos recios calcetines en el mismo pie!


Noche Flex en el Naranjo

Después de un épico viaje de 7 horas en Lambretta, Antxon y yo desembarcamos en Fuente Dé dispuestos a desafiar la entonces mítica cara oeste del Naranjo. Eran tiempos de bota gorda, maza y clavijas, por lo que el vivac en los Tiros de la Torca era ineludible. Estuvimos discurriendo sobre cómo resolver el problema de pasar la noche sin tener que acarrear mucho peso durante la escalada. La imaginativa solución se le ocurrió a Antxon: ¡en vez de sacos utilizaríamos una funda de plástico de un colchón de matrimonio!

La idea funcionó estupendamente, la funda no pesaba ni abultaba, estábamos encantados... hasta que llegó la noche. Como era de plástico, cada vez que intentábamos cerrarla nos ahogábamos; además, al movernos, el ruido era insoportable. Fue una noche maravillosa, los dos juntitos embalsamados en plástico, pelados de frío y sin pegar ojo.


Noche romántica en Lavaredo 

Fue el año de las inundaciones. El tiempo era mayormente espantoso y veíamos desesperados cómo los días en Dolomitas se nos iban de tormenta en tormenta. De pronto, un mediodía, el cielo se despejó milagrosamente y un inesperado cielo azul nos animó a meternos en el Spigolo Giallo, una escalada asequible y no muy larga. Ochoa, viendo la hora, declinó prudentemente sumarse al plan. Arsen, Sebas y yo, más impacientes, no lo dudamos.

La escalada a tres siempre penaliza la rapidez, así que inevitablemente se nos hizo de noche justo en el momento en que alcanzábamos el final de la vía. El descenso era complicado, tres rápeles y luego un destrepe delicado que no conocíamos; por tanto la decisión estaba clara: vivac al canto.

La plataforma era amplia y llana, no la podíamos pedir mejor, pero... habíamos subido con lo puesto, justo un jersey, nada de beber ni comer, y el frío era intenso. Nos echamos sobre las cuerdas, extendidas sobre la gélida roca a modo de colchón, y ni siquiera nos quitamos los arneses con la vana esperanza de que, al menos psicológicamente, algo nos abrigarían.

Sorteamos el codiciado puesto del medio y nos apretamos los tres dispuestos a sobrellevar la noche lo mejor posible. Sin embargo, las cuerdas en lugar de aislarnos se nos clavaban en el cuerpo, los arneses molestaban y el frío nos mordía. Cada vez que alguien quería cambiar de posición nos obligaba a todos a girarnos a la vez, ejecutando una coreografía ortopédica plagada de gruñidos incoherentes, hasta que volvíamos a colocarnos en la postura de la cucharita, que dicen resulta tierna y romántica,... los que no la han probado a tres, sobre el duro suelo, en una fría noche dolomítica.


Jamón, jamón en Ordesa

Era la segunda vez que intentaba la vía del Sol Negro, una de las grandes vías de Ordesa, con su impresionante techo que se distingue desde la Pradera. En esta ocasión recluté a Aitor y de camino recogimos en Ordizia a Marraskilo y Jatxa, dos de los Dalton, que como les daba igual hacer cualquier cosa no hacía falta engañarlos.

Poco a poco nos fuimos abriendo paso por esta preciosa vía, típica escalada atlética de Ordesa con pasos aéreos y buscarse la vida en cada largo. Tan poco a poco que cuando conseguimos superar el descomunal techo nos dimos cuenta que no íbamos a poder salir de día, algo que por otra parte ya preveíamos. Decidimos vivaquear allí mismo, aprovechando una vira estrecha y lisa, a pelo, pues aunque no íbamos preparados el tiempo era excelente.

No sé cómo lo hice, pero a pesar de haber llegado el primero a la reunión, para cuando me quise dar cuenta, los otros tres ya se habían repantingado en la repisa, y sólo me quedó un pequeño espacio liso donde poner el trasero. No fue esto lo peor; a nosotros nos quedaba como un litro de agua, pero a los Dalton, para dos días de escalada, en pleno verano, no se les había ocurrido subir absolutamente nada. Y, para rematar, como única comida, traían jamón serrano bien saladito.

¡Qué noche memorable! Allí sentado, viendo pasar las horas, sin saber ya cómo ponerme, mientras la sed me reconcomía y, para colmo, contemplando cómo los demás sornaban a pierna suelta.


La divina noche en la Fraucata

El mal tiempo se había apoderado de todo el Pirineo, ¿de todo? No, justo en Ordesa el fuerte viento había creado un oasis azul. Recuerdo que a punto de comenzar la marcha de aproximación a la Fraucata para escalar la vía La Divina Comedia tuvimos un corto intercambio de opiniones:

Sebas: ¿Qué te parece, cojo algo más de ropa?

Yo: Noooo, no va a hacer falta, ¡estamos en julio!

Ya durante la escalada, el viento nos azotaba despiadadamente y en las reuniones nos pelábamos de frío. La dureza de la vía, el viento y el frío nos fueron ralentizando de tal modo que a falta de un largo se nos hizo de noche. No sé muy bien cómo lo hicimos, pero a tientas conseguimos terminar la vía y salir a las viras. Noche cerrada y sin frontales, caminar por viras descompuestas, cruzar el arroyo de Cotatuero que bajaba crecido, y descender por el paso de las Clavijas, quedaba descartado.

Nos tiramos en una gran plataforma protegida por un desplome y nos dispusimos a pasar un agradable vivac veraniego. Toda la ropa con la que contábamos era una camiseta y un jersey fino Sebas, y yo dos camisetas de manga corta. Ni siquiera nos quitamos los pies de gato. Yo metí los pies en la mochila y los brazos por dentro de las dos camisetas, pegados al cuerpo, para darme calor. Hora tras hora, tiritando sin parar, ¡cuánto puede llegar a durar una noche!

En situaciones límite, cada persona reaccionamos de manera distinta. A medida que las condiciones se endurecen yo tiendo a encerrarme en mí mismo, me abstraigo, es algo instintivo, quizás un recurso para sobrellevar los contratiempos, por lo que permanecí callado mientras el frío intenso nos calaba hasta los huesos. No era el caso de Sebas, llegó un momento, a eso de las 2 o las 3 de la noche, que, incapaz de aguantar callado tanta calamidad. comenzó a despotricar, cada vez más alto, cada vez más fuerte. Era todo un espectáculo, allí colgados, oir en el silencio de la noche sus juramentos y cagüendioses desparramándose por la inmensa soledad del valle, al tiempo que las paredes del Circo de Cotatuero nos los devolvían amplificados.

Realmente fue una pena que, aparte de mí, no hubiese nadie más para admirar aquel despliegue lírico.


26 abr. 2020

La mochila acuática

                                                                             A Joseba Ugalde

La mañana era espléndida, marchábamos animados hacia Plaza de Mulas —la base para la ascensión al Aconcagua— con todo el entusiasmo y ganas acumulados durante los meses de preparación. Nos sentíamos pletóricos y completamos el recorrido hasta Confluencia (3.300 m), el primer descanso, en muy poco tiempo. En aquella época, en Confluencia no había nada, ni campamento ni servicios ni sobre todo puente para cruzar el río.

Recorrimos los márgenes del río hasta que localizamos un punto, por el que un grupo que regresaba a Puente del Inca, lo estaba vadeando. Después de observar un rato, nos pareció una operación sencilla y sin peligro. El paso consistía en dos bloques de piedra, enormes y redondeados, que se alzaban varios metros sobre la superficie del agua, uno en frente de otro, formando un pasillo por donde discurría el agua. La parte superior de ambos estaba lo suficientemente próxima como para permitir salvar el estrechamiento mediante un salto, eso sí, sin el peso de la mochila. La mayor dificultad estribaba, no tanto en el salto, como en el aterrizaje, pues la superficie de llegada era pequeña e irregular.

Me tocó el primero. Me coloqué en posición y con mucho cuidado realicé el salto sin mayor problema. A continuación procedimos a pasar las mochilas, operación delicada pues el peso y el volumen de cada una eran considerables. Con cierta aprensión vi cómo levantaban la mía y, tras balancearla varias veces, la lanzaron con fuerza. La pillé según golpeaba mi plataforma y pude sujetarla a la primera… ¡Uf! La segunda mochila siguió el mismo camino, también sin complicaciones. Le correspondía el turno a la de Joseba, mismo procedimiento, balanceo, uno…dos… y… no sé exactamente qué ocurrió, si no le dieron suficiente impulso, si se les resbaló en el último instante… el caso es que ni ellos pudieron retenerla ni yo agarrarla. El macuto se deslizó por la angostura entre los bloques, rebotó contra las paredes, y cayó como un plomo al agua.

Una cosa tienen de bueno las mochilas, que por mucho que pesen —como era el caso—, es que entre todos los cachivaches que embutimos dentro siempre queda aire atrapado, y esto hace que puedan flotar. Efectivamente, la mochila de Joseba navegaba viento en popa por las aguas bravas rumbo al desastre.

Nos quedamos atónitos, la cara de Joseba un poema trágico. Todo su equipo —ropa, material de escalada, cámara Nikon…— iba en aquella mochila. Su pérdida suponía que su expedición a la Cara Sur del Aconcagua quedaba abortada sin tan siquiera empezarla.

Al estupor inicial siguió una reacción frenética. Cada uno por su lado del río, salimos en estampida, corriendo por las márgenes en pos de la malhadada mochila. El torrente, en esta zona, bajaba rápido y turbulento, pero su trazado sinuoso entorpecía la singladura de la mochila, que chocaba en las curvas con las rocas, giraba y se bamboleaba, y reanudaba su crucero como si fuera en un tobogán. Las riberas eran abruptas, pobladas de vegetación y atestadas de pedruscos. Sus escarpadas orillas tampoco permitían acceder al agua salvo en contados lugares. Por suerte o por desgracia, mi orilla era un poco más transitable y conseguí alcanzar en un par de ocasiones la mochila, pero mis esfuerzos para pescarla, utilizando desde la altura el bastón, no tuvieron mucho éxito, y el petate siguió imperturbable su desventurada travesía.

Otra vez a correr por el ribazo, sorteando piedras, intentando no perder de vista el furioso bamboleo del surfista. De repente, la orilla descendió de golpe y apareció un vado con una minúscula playa de guijarros. Miré hacia arriba y vi emerger la mochila en el tumulto de la corriente. Era mi oportunidad, pero no sabía qué hacer; los bastones habían demostrado su inutilidad para engancharla o pararla. No tenía margen para pensar. Tal y como estaba, me metí en el agua hasta situarme en el centro del vado; el agua, helada, me cubría hasta el pecho. Zarandeada por las aguas, la mochila venía embistiendo como un toro. Abrí bien las piernas para estabilizarme y aguardé el impacto… todo pasó en un segundo, el topetazo me tiró para atrás y dí vuelta campana bajo el agua, pero de alguna manera conseguí agarrarme fuerte a la mochila y, al hacerlo, la corriente nos apartó hacia la orilla.

Los demás llegaban sin resuello en ese momento. Con su ayuda conseguimos sacar el empapado petate del agua. Pasado el susto hice recuento de daños, me dolía el pecho y las manos, y tenía heridas en los dedos. Nada serio. La mochila estaba a salvo y la expedición podía continuar.

Mientras los colegas reanudaban la marcha hacia Plaza de Mulas, Joseba y yo, junto con todo el contenido de la mochila, nos tendimos desparramados en la hierba, esperando a que el sol de la tarde hiciera su labor.



Joseba (con su mochila) en los seracs de la Cara Sur del Aconcagua

20 abr. 2020

LA NOCHE EN CONFLUENCIA


                                                                                    A Txema Camara

Confluencia es uno de esos lugares a los que nadie se molestó en poner nombre. Simplemente es el punto donde confluyen los ríos Horcones Superior y Horcones Inferior.

A 3.300 m de altitud, en la ruta de Puente del Inca a Plaza de Mulas –Campo Base del Aconcagua–, y a Plaza de Francia –desde donde se accede a la Cara Sur–, se ha convertido hoy en un campamento ajetreado, poblado de tiendas, con servicios, y sobre todo con un puente que permite cruzar el río Horcones cómodamente. Hace años, sin embargo, Confluencia tenía un aspecto totalmente diferente, era un lugar de paso árido y solitario, con un torrente color chocolate que, dependiendo del caudal de agua, podía ser problemático atravesar.

Y es ahí adonde ahora nos dirigimos. Llevamos horas caminando todo lo deprisa que nuestros cansados cuerpos nos permiten. El objetivo es llegar a Confluencia antes de que anochezca para cruzar el río Horcones sin sobresaltos, pero la noche ha sido más rápida que nosotros. La oscuridad invade el valle, y mi ánimo, cuando por fin alcanzamos la orilla. El lugar por donde lo vadeamos a la subida –en el que ya tuvimos problemas–, es absolutamente impracticable de noche y, más aún,  con las frontales agotadas.

—Txema, nos nos queda mas remedio que vivaquear aquí. Es una putada, pero no vamos a poder llegar donde Daniel.
—No, no, el paso que yo conozco es muy fácil, solo tenemos que encontrarlo.

Remontamos despacio la ribera, con cuidado para no tropezar, pues apenas si vemos algo. Txema, convencido, inspecciona cada roca tratando de encontrar el vado. Yo, camino unos pasos por detrás, sin ninguna convicción.

—¡Lo he encontrado!— grita Txema.
—¿Estás seguro?—
—Seguro, tío, lo recuerdo perfectamente. Aquí las rocas están muy juntas, un pequeño salto a ras del agua y estamos en el otro lado.—

Miro fijamente en la dirección que me indica pero no consigo distinguir nada en la oscuridad.

—Vale, si lo tienes claro, ¡adelante!— le animo.

Estamos a un metro escaso, el uno del otro, sin embargo apenas si lo intuyo, justo una mancha oscura que calibra la distancia y se prepara para saltar. Vislumbro un movimiento, seguido de un grito ahogado y un chapoteo… ¡se ha caído al agua!

—¡Txema, Txema!— llamo desesperado.

No recibo contestación, tan solo el ruido incesante del agua deslizándose impetuosa quiebra el silencio. Trato de localizarlo pero no veo absolutamente nada. Estoy anonadado. No puede ser, me repito una y otra vez, pero los hechos me caen encima como losas: la furia de la corriente que choca con violencia contra las rocas del cauce, el agua que baja helada del glaciar y… la mochila, la enorme mochila que pesa como un muerto. No me cabe duda de que se ha ahogado.
Se me cae el alma a los pies. Acabo de perder un amigo delante de mí, de la manera más idiota. Me invade un sentimiento de impotencia y rabia mientras mi mirada se pierde en la oscuridad de la noche...

––––––––––––––––––––

Había sido un día muy largo. Tras cinco días inmersos en la descomunal pared sur del Aconcagua, habíamos hecho cima la víspera. Nosotros, Txema y yo, descendimos rápidamente por el Gran Acarreo hasta Plaza de Mulas, mientras que Joseba, que bajaba tocado, se había desviado hacia el camino normal y quedado a dormir en uno de los campamentos de altura.

Pasamos la noche en una cabaña de Plaza de Mulas, acogidos por unos montañeros en periodo de aclimatación. A cero de provisiones, gracias a ellos pudimos cenar algo. Pero... ¡lo que son las cosas!, me llamó la atención que mientras dos de ellos compartían con toda su buena voluntad su escasa comida, el tercero les criticaba y afeaba el gesto. Y es que en la montaña –como en la vida– en situaciones complicadas se ve la altura moral de las personas, y el que no da la talla queda desnudo.

La mañana se nos fue en la espera, pendientes de la llegada de Joseba para poder salir hacia Confluencia. Cuando por fin llegó, nos dimos cuenta de que no estaba en condiciones de continuar bajando, traía los pies destrozados, los dedos en carne viva. Acordamos pues continuar Txema y yo, alcanzar Confluencia y subir a Plaza de Francia para desmontar el campo base que allí habíamos instalado. La noche la pasaríamos con Daniel, un simpático estudiante argentino que trabajaba durante el verano para una agencia, atendiendo un puesto de trekking en la ruta al mirador de Plaza de Francia.

La planicie de Playa Ancha, un desierto de cantos rodados, encajado entre montañas de más de 5.000 metros, se hizo interminable para quien, como nosotros, íbamos al límite. Kilómetros de senderos polvorientos en los que tienes tiempo para pensar en el pasado y el futuro, pero sobre todo en el presente. Y el presente era que teníamos que llegar como fuera a Confluencia antes de que anocheciese, cruzar el río, y remontar el valle hasta el anhelado chiringuito de Daniel. A Daniel lo conocimos durante el primer porteo a Plaza de Francia; nos recibió con chocolate, galletas y simpatía, y se convirtió en parada obligatoria cada vez que pasábamos. Sabía que estaba mucho tiempo solo y aburrido, allá arriba, entre un grupo de trekking y otro, pero también sentía que la amabilidad y la gran sonrisa con que nos recibía nacían muy de dentro.

No nos faltaba mucho para llegar, exprimimos nuestros fatigados músculos al máximo, pero el sol hacía ya rato que se había escondido tras las crestas, las sombras se alargaron por el valle, y la noche se nos echó encima.

––––––––––––––––––––

Paralizado al borde del río, trato de digerir lo que creía que había pasado. Estoy completamente abrumado. Vuelvo a llamar a Txema porque no sé qué otra cosa hacer.

De pronto –no estoy seguro de si han pasado segundos o minutos–, me parece oír una voz; avanzo con el corazón en un puño por la caótica orilla, y ahora sí, oigo claramente a Txema gritar.

—¡Aquí! ¡Estoy aquí!—

Me acerco hacia donde suenan las voces y distingo algo blanco: es el casco de Txema que asoma en la parte superior de la mochila. Llego hasta él y le veo –todavía me emociono al recordarlo– hundido en el agua hasta el cuello, aferrado con ambas manos a una roca, como un náufrago.

—¡Joder!, ¡Qué susto!, pensaba que no volvería a verte—
—¡La mochila! Ha sido la mochila la que me ha sacado a flote y me he podido agarrar a la roca— contesta Txema.

Le ayudo a salir del agua, está congelado y no para de temblar. Rápidamente buscamos un sitio para vivaquear, le cedo parte de mi ropa pues la suya está empapada, y se mete al saco. Afortunadamente, su grueso saco de plumas conserva el interior más o menos seco, y al poco comienza a entrar en calor.

—La roca en la que he apoyado el pie estaba cubierta de hielo y al saltar he resbalado— me cuenta mientras me instalo a mi vez para pasar la noche.

Entre sus húmedas pertenencias, Txema rescata una naranja. Teniendo en cuenta que llevamos 48 horas sin comer de fundamento, es casi un tesoro. Nos la comemos despacio, saboreando esta nueva oportunidad que nos da la vida. Estamos destrozados, pero en paz. Observo el cielo, este maravilloso cielo estrellado, y trato de localizar la Cruz del Sur, mientras me invade una sensación de bienestar que no estoy seguro si se debe a que finalmente ha salido todo bien o simplemente a que estoy agotado. En cualquier caso, es lo más parecido a la felicidad que conozco.


Joseba Ugalde, Daniel, JC y Txema Camara. Al fondo la Cara Sur del Aconcagua

12 abr. 2020

ANSABÈRE


Las Agujas de Ansabère tras la tormenta (Rafa Elorza, acuarela 2007)




En estos tiempos de incertidumbre, cuando un enemigo invisible nos ha robado el presente, y el futuro se presenta incierto, vuelvo la mirada al pasado, refugio de tantos y tan buenos momentos disfrutados en la montaña, y entre ellos, pocos tan evocadores como los vividos en Ansabère.

La luz dorada del atardecer de verano se desvanece poco a poco hasta que termina por diluirse en un gris mortecino que desdibuja el relieve, y que, al poco, a su vez, se apaga para dar paso a una oscuridad rotunda que nos obliga a encender las frontales. Marchamos apresurados, bajo la luz saltarina de las linternas, por el sendero que de Pont Lamary trepa sin descanso hasta llegar a la vaguada que conduce a las Cabañas de Pedain, donde tenemos intención de vivaquear.

Alcanzada la hondonada, la pendiente nos da un respiro y nos permite levantar la mirada del camino. De pronto, descubrimos sorprendidos decenas de puntos luminosos que parecen flotar misteriosamente en la oscuridad. Nos detenemos desconcertados, y un tanto inquietos, hasta que nos damos cuenta que lo que la luz de las frontales nos devuelve es el brillo de los ojos de un grupo de vacas que, diseminadas por el prado, nos miran indiferentes mientras rumian la noche. Resuelto el enigma, reanudamos la marcha hacia las cabañas de Pedain, un minúsculo lugar perdido al pie de las imponentes Agujas de Ansabère. La noche sin luna nos hurta la belleza del lugar.

Según llegamos, el pastor, un chico joven con un buzo azul, sale intrigado preguntándose sin duda quiénes son los chalados que llegan a estas horas, rompiendo el silencio de su solitario retiro. Tan pronto se entera de que vamos a vivaquear allí para al día siguiente escalar la Aguja Grande de Ansabère, nos ofrece una pequeña cabaña adyacente para dormir. Nos conmueve su amabilidad. La borda está repleta de aperos y trastos, pero también de mullidos montones de paja sobre la que dormimos como benditos.

Pronto, demasiado pronto, llega la hora de levantarse. Medio dormidos, engullimos sin ganas un frugal desayuno y salimos a la madrugada, donde la luz incierta del amanecer se mezcla con la niebla que invade el barranco. El pastor, que desde hace un buen rato se afana en sus labores, nos da los buenos días y se brinda a guiarnos durante un trecho, a través del inmenso caos de piedra que alfombra la ladera hasta la base de las paredes.

El chico, más que caminar, se desliza suavemente, con una facilidad pasmosa, por entre los bloques de piedra, recorriendo una senda que sólo existe para él. Nos cuesta seguirle, incluso, en algunos momentos, le perdemos de vista entre la niebla, pero no hay peligro de extraviarnos, el pastor va dejando un rastro de olor a queso fresco y mantequilla tan agradable que, además de guiarnos, nos hace crujir las tripas.

La Aguja Grande de Ansabère es majestuosa pero solitaria, quizás por su aspecto severo. Aunque la surcan varias vías, continúa sin embargo siendo un terreno serio en el que poca gente se aventura. Siempre que hemos venido a escalar aquí nunca nos hemos encontrado con nadie. Y solos estamos hoy, una vez más, Sebas y yo, cuando entramos en el Pilar Norte, una de las vías abiertas por Despiau en la zona. La soledad es tal que lo único que rompe el silencio es el ruido de mis uñas que arañan la caliza, intentando encontrar alguna muesca a la que agarrarme en las placas del primer largo.

La escalada se desarrolla en la típica caliza de Ansabère, áspera y compacta, desnuda de vegetación. Encontramos bastantes pitones y los clásicos golos que hicieron célebre a Despiau. El resto se deja asegurar bien. Una vez llegados al hombro, la dificultad baja pero la calidad de la roca también; aunque conocemos la salida, pues los largos son comunes a otras vías, prestamos mucha atención a los bloques inestables ya que los seguros escasean.

No nos entretenemos en la cima. Lanzamos las cuerdas y rapelamos a la horquilla que separa la Aguja Grande de la cima de Petretxema. Esta brecha es un lugar que siempre me produce desasosiego, pues la primera vez que pasé, escapando de la niebla y de la noche, no se me iba de la cabeza la historia trágica y tremebunda de la primera ascensión, leída en el libro de Marcos Feliu “La conquista del Pirineo”:


“Esta aguja permaneció virgen hasta el día 24 de junio de 1923, día en que dos jóvenes audaces iban a conquistar la cumbre al trágico precio de su vida. Eran Lucien Carrive, que llevaba ya varios años en montaña y había dado muestras de ser un buen escalador, el otro Armand Calame era un debutante; con la ayuda de una vieja cuerda de cáñamo iban a intentar la aventura. De la brecha llegan fácilmente a una plataforma a media altura del monolito, por su izquierda una difícil fisura, calificada técnicamente, aun hoy, como Extremadamente Difícil, es superada por Calame. Pero luego al tratar de pasar Carrive la cuerda se rompe precipitándose éste al vacío. Calame pues ha llegado solo a la cumbre y al intentar bajar con el trozo de cuerda que le resta, se mata a su vez ante el horror de los que presencian la tragedia.”

Trepamos con cuidado los pocos metros, fáciles pero descompuestos, que llevan a la cumbre de Petretxema. Grandes nubes del color de la tormenta se han ido acumulando durante la jornada, apagando el espléndido sol de junio. Inmensas manchas sombrías oscurecen los valles y tornan grises los blancos picos que nos rodean. El Midi d’Ossau, que lo tenemos enfrente, se ha convertido en un colmillo negro y maléfico.

Los primeros rayos estallan cegadores y poderosos, y los truenos, graves y rotundos, retumban en las murallas que nos rodean. Volamos por las pedreras pero la lluvia y el granizo nos alcanzan y empapan en un santiamén. Nos desviamos lo justo para recuperar los petates y nos adentramos a la carrera en el bosque que nos promete una ilusión de seguridad. La lluvia cae ahora mansa y templada, los fuegos artificiales se alejan, solo es una corta tormenta de verano.


Al salir del bosque nos giramos para contemplar cómo la compacta masa de nubes se desgarra y una pequeña mancha azul lucha por abrirse paso en la vorágine. Y allí, en ese pequeño paréntesis, entre jirones de niebla, como salidas de un mundo de fantasía, vemos surgir, fascinados, las majestuosas Agujas de Ansabère.


29 mar. 2020

Érase una vez Balerdi


Eran los años 80 del pasado siglo, una época preinternet y móviles, donde las sedes de los clubes de montaña eran todavía el centro al que acudir para hacer planes, intercambiar información y también, cómo no, cotillear.


En el CVCE existía el "libro de piadas", similar al de los refugios de montaña, en el que la entonces muy activa hornada de escaladores reflejaba sus logros, detallaba información y en algunas ocasiones volcaba sus frustraciones. Venía a ser una especie de "red social" a papel y boli. Cada lunes estábamos deseando llegar al Club para anotar nuestras hazañas domingueras y de paso ver qué es lo que los otros grupos habían hecho.

Las entradas —¡siempre que consiguieses entender la letra!— iban de lo más breve y escueto hasta las que detallaban aventuras y desventuras con toda minuciosidad, pasando por las informativas y didácticas. En general predominaba el tono humorístico e irónico, y también, sobre todo cuando se contaban penas, cierto aire estoico y displicente. Me llamaba la atención que las ascensiones más duras y difíciles se solían registrar concisamente, como sin darles mayor importancia. Quizás fuera un intento de alimentar esa reputación, no exenta de vanidad, de los escaladores como gente "dura" y "sufrida".

Entre la variedad de apuntes, destacaban sin lugar a dudas los croquis de escalada, tanto por la información que ofrecían como porque visualmente eran mucho más agradecidos. En aquellos años, varios escaladores del Club estábamos dedicados a abrir vías en las paredes de Balerdi y lógicamente toda aquella actividad fue fielmente plasmada en los libros de piadas.

Las vías que se trazaron son reflejo de su época, una fase de transición en la escalada —hacía poco que habían aparecido los pies de gato, y los fisureros y friends acababan de entrar en escena—en la que se evolucionaba rápidamente hacia la escalada en libre, pero constreñidos todavía por una graduación obsoleta en la que el súmmum de la dificultad era el sexto superior, que taponaba y comprimía los grados.

Estos son pues los croquis de Balerdi, recogidos en los libros del Club, que dan testimonio de los afanes e ingenuidad de unos escaladores veinteañeros, y sirven de recuerdo a tantos —Aitor, Antxon, Garate, Marraskilo...— que se quedaron por el camino. 




"FLOR DE OTOÑO", abierta en noviembre 1982 (Sebas Sánchez y Juancar Sanz)

"FÉLIX UBIERNA", abierta en abril 1983 (Sebas Sánchez y Juancar Sanz)
"MURCI", abierta en abril 1983 (Alberto de Blas, Alberto Lavandeira, Juancar Garate, Gerardo Telletxea)


"TXEPALOKA", abierta en mayo 1983 (Aitor Arrieta, IKU y Juancar Sanz)

"CAMEL", abierta en mayo 1983 (Arsen Itxaso, Juancar Sanz, JFer y Alberto de Blas)


"NOIZ BAIT", abierta en mayo 1983 (Sebas Sánchez, Arsen Itxaso, Aitor Arrieta y Juancar Sanz)



"ESPOLÓN NAMASTE", abierta en septiembre 1983 (Aitor Arrieta)


"EL INCIDENTE MISHIMA", abierta en octubre 1983 (Sebas Sánchez y Juancar Sanz)


"ZAKILIXUT", abierta en octubre 1983 (Juancar Garate, Arsen Itxaso, Tetxus Barandiaran, Alberto de Blas, Iosu Ulazia, Jokin Biera)



"PAJILLEROS-PEINA-OVEJAS", abierta en agosto 1984 (Aitor Arrieta y Juancar Sanz)
"AMETZ-GOZOAK", abierta en noviembre 1983 (Aitor Arrieta y Javier "Marraskilo")
"GRINAZKO HILKETA, abierta en agosto 1984 (IKU y Aitor Arrieta)
"LOS CORCONES", abierta en noviembre 1983 (Sebas Sánchez y Juancar Sanz)

"TILITRATE", abierta en noviembre 1983 (Antxon Alonso)




"GRINAZKO HILKETA", abierta en agosto 1984 (IKU y Aitor Arrieta)
"TXANTXILLO", abierta en febrero 1985 (Aitor Arrieta)


"CLARO EN EL BOSQUE", abierta en 1985 (Arsen Itxaso y Antxon Alonso)


Relación de vías anotada en el libro en junio 1985


Anotación en el libro de fecha octubre 1985

Aparte de los croquis anteriores, todos anotados en los libros de piadas del CVCE, reseño éste que se dibujó cuando se inauguró la Sociedad Los Corcones, de Donostia.



Y esta panorámica de Balerdi con las vías abiertas o en proyecto en 1985:



29 dic. 2019

ZIORDIA



ZIORDIA

—¡Mira a la carretera!— El grito me sobresalta y me saca de golpe de mi ensimismamiento.
—¡Jodé, qué susto me has dado!— respondo con el corazón en la boca, al mismo tiempo que vuelvo la vista al asfalto.

Siempre he pensado que es una suerte que la carretera que recorre la Burunda sea una estupenda autovía con rectas casi contínuas. Sería un peligro si fuera estrecha y llena de curvas. Y todo porque, para un escalador, es prácticamente imposible circular por esta ruta sin verse irremediablemente distraido por la esbelta e imponente silueta del Espolón de Ziordia.

Anclado en la muralla rocosa que defiende la vertiente sur de la sierra de Altzania, era inevitable que esta gigantesca proa fuera lo primero que atrajese la atención de los escaladores. A principios de los años 70, y como resultado de los esfuerzos de diferentes cordadas, quedó trazada la espléndida vía que surca el lomo del contrafuerte. Un itinerario que en sus casi 5 décadas se ha ido actualizando, pasando del artificial al A0, y después al 7º con el que hoy se cataloga.

Sin embargo la zona, aparte del mítico Espolón —y dos o tres vías casi vírgenes abiertas en la época a su alrededor—, ha permanecido anónima durante años, escapando del tsunami de aperturas, propiciado por las nuevas técnicas y materiales, que ha inundado otras áreas de escalada, como la vecina de Egino, sin ir más lejos.

Tan larga espera terminó cuando a un escalador clásico como Antxon Gorrotxategi le picó “el gusanillo de ver qué descubrir” y abriese un quinteto de vías de “grado amable... ideales para escaladores que, además de la escalada, sepan valorar el entorno”, como él dice. (ver Errimaia nº 75, 2012). Itinerarios asequibles con un grado máximo de 5c, aunque no siempre obligado, muy bien equipadas, que han conseguido que las antaño solitarias paredes se hayan visto animadas por numerosas cordadas.

Abierta la “veda”, en 2019 han sido los escaladores del Club Vasco de Camping Elkartea —Sergio Martín y Rafa Elorza— los que se han acercado a este territorio de jabalíes, para desbrozar cuatro estupendas nuevas rutas que van enlazando placas de roca excelente, fisuras verticales y espolones. A diferencia de las vías de Antxon, la graduación es más alta y solo han equipado con parabolts las reuniones y los pasos duros; el resto se protege muy bien sobre buenas fisuras o puentes de roca. Un terreno de juego único para todos los que les gusta escalar vías de largos y “cacharrear” con seguridad.

Además, han tenido la magnífica idea de montar una línea de rápeles que permite un descenso seguro y práctico desde lo alto de la sierra, evitando el descenso a través de la inhóspita cantera, impracticable los días laborables.

Posibilidades hay y proyectos no faltan, por lo que es de esperar que pronto podremos dibujar nuevas líneas rojas intercaladas de puntitos blancos en el croquis que os presentamos arriba.

Por mi parte, prometo que, cuando vaya conduciendo por la Burunda, me contendré y solo echaré una pequeña miradita de reojo...

26 feb. 2017

Peñaforca, el día perfecto


“La majestuosidad del Peñaforca, con Oza a sus pies,
la gran extensión de toda la sierra y sus vertiginosas
paredes le dan su distinción. Es una viva sensación
de estar en el corazón de la alta montaña”
(Rutas Montañeras Roncal-Zuriza. Club Deportivo Navarra, 1980)

Amanece en la cabecera de la Val d’Espetal, el insospechado valle que desde las alturas de Siresa se extiende como una larguísima lengua hasta lamer los contrafuertes rocosos de Peñaforca.

  La brillante luz de la mañana alegra nuestros primeros pasos. Estamos a finales de febrero pero el sol y la temperatura se empeñan en contradecir al calendario; parece más bien un primaveral día de abril. También la escasez de nieve a nuestro alrededor parece contradecir a nuestros esquís que, ociosos sobre nuestras espaldas, se dedican a pelear con los setos de boj que se interponen en nuestro camino. La fe de Iku, que soporta estoicamente nuestra incredulidad y nuestras chanzas, resulta conmovedora. A pesar de toda evidencia continúa afirmando que en el barranco encontraremos la deseada nieve.

  Poco a poco las aisladas manchas blancas comienzan a unirse al mismo tiempo que la tupida vegetación se hace cada vez más rala, hasta que de golpe el paisaje se abre y aparece ante nuestra vista el Estrecho de A Ralla, repleto de nieve, como una ancha y blanca autopista encajada entre abruptas laderas grises. Carlos, Iñaki y yo respiramos aliviados mientras vemos como Iku crece un palmo por la satisfacción.
  No estamos solos, un solitario y esbelto sarrio desciende con parsimonia por la pared izquierda, camina con elegancia por la nieve, se detiene, nos observa unos instantes como preguntándose qué es lo que hacemos aquí, y desaparece orgulloso. Al poco es el turno de un zorrillo marrón que con sus andares saltarines se dirige a sus ocupaciones. Debe ser esta especie de precoz primavera que hace espabilar a los, habitualmente en estas fechas, retraídos habitantes de estas soledades.

  El corredor, que acumula y protege la nieve como un inmenso frigorífico, se deja subir con comodidad, y Carlos, con un ritmo vivaz y sostenido, nos coloca rápidamente en el collado que da entrada al Valle de Alano. Lo primero que nos llama la atención es la Punta del Atxar, guardián del paso a Zuriza, que como un gran colmillo se destaca en la sierra. 

   Es un placer deambular por este amplio valle colgado en las alturas, encerrado por la cadena de picos de la Sierra de Alano por un lado y la alargada muralla del Peñaforca por el otro, invisible desde las montañas de alrededor. Disfrutamos sin prisas del espléndido paisaje, de la soledad buscada.

  Pero tampoco vamos a fosilizarnos aquí. Ahora es Iñaki el que arrea, deslizándose a través de una sucesión de llanos y resaltes redondeados que poco a poco nos hacen ganar altura. Las heladas laderas del Rincón de Alano, que refulgen bajo el sol, nos cierran el paso y forman una especie de gigantesco peralte que nos obliga a girar y conduce al pie de la brecha que da acceso a la cima. Toca bajarse de las tablas y remontar, con o sin crampones, la corta pero empinada cuesta, siguiendo las huellas que alguien antes ha tenido la gentileza de trazar.

Descenso
Da pena marcharse. Se está tan bien aquí, encaramados en el mogote rocoso que constituye la cima del Peñaforca. Es un día perfecto con sol, sin viento, y nuestro no por habitual menos querido paisaje pirenaico. Carlos con su experiencia en competición ya está listo y esperando –impaciente, aunque por cortesía no dice nada– a que nosotros acabemos de prepararnos para el descenso. La primera parte tiene bastante inclinación pero la nieve transformada está perfecta y nos permite disfrutar con seguridad. Los giros se encadenan solos, sin esfuerzo, paramos únicamente para sacar fotos y para… retrasar el final. Llegamos a una hondonada y la recorremos buscando el collado por el que continuar descendiendo. Es un momento crucial ya que si nos equivocamos podemos acabar en el borde de algún cortado, sin posibilidad de bajar, y tener que volver a remontar la cuesta. Tras consultar el mapa y nuestra intuición decidimos tirarnos por una serie de pendientes enlazadas por pasillos de nieve que nos permiten un formidable descenso sin interrupciones. Cuando volvemos la vista atrás nos sorprendemos de haber podido bajar por semejante barranco.

  La llegada al camino de subida de la mañana marca el final. Es como si se nos hubiera acabado el recreo.


El largo valle colgado de Alano

Rodeado de murallas, el valle es un mundo aparte

Las laderas heladas del Rincón de Alano refulgen al sol

Últimos metros con esquís. El pico Mazandú a la izquierda

Aproximándonos a la brecha. La cima principal de Peñaforca a la derecha

Iku es el primero en subir el corredor

Iñaki, saliendo al sol de la brecha

Tras salir de la brecha, últimos metros a la cima. Al fondo la mole de Bisaurín. Más atrás Collarada

El mogote rocoso que forma la cima

¡Iñaki, estira el cuello que no entras!

Listos para el descenso