30 nov. 2016

Escalar el maratón

Son las nueve menos cinco de la mañana; una fría y desapacible mañana de un domingo de final de noviembre de 2013. No sé muy bien cómo pero estoy en medio de la calzada, rodeado de una nerviosa muchedumbre en paños menores, que huele a una mezcla de reflex y sudor. En unos minutos darán la salida y la masa de corredores –yo entre ellos– se pondrá en movimiento con la intención de recorrer 42,195 km en el menor tiempo posible.



  Nunca he sido un corredor habitual, ni siquiera un corredor. Las veces que he salido a entrenar con alguna regularidad han sido para poder afrontar con cierta solvencia objetivos puntuales, como expediciones o ascensiones particularmente exigentes. En definitiva, corro, como dice Rafa Elorza “para poder arrastrar la mochila monte arriba”. Pero siempre hay una primera vez para todo y, en mi caso, este maratón de San Sebastián es el primero en el que participo.

  La sorpresa ha sido descubrir cuánto se parece correr un maratón  –al menos el primero– a escalar una gran pared en alta montaña. Las mismas sensaciones, los nervios, el temor ante territorio desconocido, a que la carrera/ascensión sea más difícil de lo previsto, el temor a no estar a la altura…

  La preparación, el entrenamiento para ambas actividades es, además de físico, técnico: hay que revisar el recorrido de la prueba kilómetro a kilómetro intentando descubrir los puntos delicados al igual que se repasa el croquis de escalada intentando localizar los pasos difíciles, prever los problemas y su posible solución para, llegado el momento, tener respuesta, planear la estrategia, cuidar el material necesario, atender la logística, etc.

  Pero sobre todo conlleva la misma preparación mental. Primero, la confianza que da el entrenamiento correcto; también, por supuesto, cuentan mucho las experiencias previas, aquellas cuya superación te permiten afrontar el nuevo reto con garantías; muy importante la motivación, el motor que hace andar el proyecto, un ámbito muy personal en el que cada cual tienen sus propias razones, a veces superficiales, otras profundas, y que generalmente son complicadas de explicar a los que no corren/escalan; y sobre todo la capacidad de sufrimiento, porque de lo que no cabe duda es que tanto para escalar una vía de dificultad como para terminar un maratón hay que estar dispuesto a sufrir, y eso requiere una gran mentalización.

   Luego llega la víspera de la prueba, con su noche, el momento peligroso, cuando todos tus miedos e inseguridades se presentan en sus tonos más oscuros, los pequeños problemas adquieren proporciones colosales, el lobo es más feroz, las dudas hacen cola, y te preguntas ¿cómo me he podido embarcar en ésto? Y una voz que te sale de las tripas –o quizás de la parte más saneada de tu cerebro– te insinúa sibilina que estarías mucho mejor  disfrutando de una plácida mañana de café y lectura.

Los altavoces, que llevan rato atronando la calle, comienzan por fin la cuenta atrás y cantan el comienzo de la carrera. El río multicolor se pone en movimiento, andando al principio, luego, al unísono, todos empezamos a trotar, volvemos a parar, arrancamos de nuevo –desde el aire debemos parecer un banco de peces–, el arco de salida se acerca inexorablemente, ya no hay marcha atrás.
En los altavoces resuena a todo trapo Highway to Hell. Muy apropiada. Allá voy.