26 may. 2014

Primavera en Brazato


Primavera en la alta montaña es sinónimo de agua, agua por todas partes. Bajo el incipiente calor del sol la montaña parece sudar y, poco a poco y en silencio, se va desprendiendo de su blanco manto invernal. El agua es vida y la cordillera la derrocha por todos sus poros, las praderas se inundan, los arroyos se hinchan y las cascadas estallan incontenibles rompiendo con su estruendo el silencio del valle. A medida que la montaña se desnuda, los prados, requemados por la nieve, reaparecen e inmediatamente comienzan a vestirse de brillantes verdes; las pequeñas flores de montaña, de sorprendentes colores, brotan de la noche a la mañana como uno de esos payasos que salen de golpe cuando se abre una cajita; mientras que en altura, la desaparición de la nieve nos revela su descarnado esqueleto de piedra. Aristas y crestas, placas y chimeneas, diedros y desplomes emergen y nos recuerdan que ya va siendo hora de cerrar la temporada y cambiar las largas tablas y las rígidas botas por la aún más larga cuerda y los flexibles pies de gato. Pero no, todavía quedan muchos planes de esquí, como este de Brazato, un clásico de Panticosa sin más complicación que franquear, con el equipo a cuestas, la muralla inicial hasta llegar a la ansiada nieve.

El ibón inferior de Brazato está ya en pleno deshielo. Toda su orilla está ribeteada por una masa azulada, compuesta de agua y hielo con la consistencia de un puré, que cede bajo nuestro peso. En la superficie del lago se alternan gruesas capas de hielo con zonas sospechosas y grandes grietas. Resiste bien cuando nos deslizamos por encima pero respiramos más tranquilos cuando alcanzamos la orilla sureste. Superada la empinada cuesta que encierra el ibón, el Circo de Brazato se nos muestra en toda su amplitud, coronado por sus dos cimas, que comparten situación y nombre, pero tan diferentes entre sí como dos extrañas, o mejor, como dos amigas que ya no se hablan. Sólo nos queda elegir el pasillo blanco que nos conducirá sin especial dificultad a la más accesible y alta cumbre oriental.

Las previsiones meteo, cada vez más precisas, pronostican un empeoramiento transitorio a mediodía, y las nubes, como no queriendo quedar mal, van acudiendo a la cita poco a poco, sigilosamente, enganchándose en los tresmiles que nos rodean. Los “modestos” 2721 m de Brazato nos libran del nubarrón y nos permiten disfrutar del panorama de cumbres. El ya viejo paisaje invernal sufre bajo el sol de mayo; la nieve amarillea y se encoge, se huele ya el verano. Quizás vaya siendo hora...



El Balneario ha quedado muy abajo cuando por fin alcanzamos la primera pala con nieve 
Atravesando el Ibón Inferior de Brazato. El deshielo ha comenzado.


¡A lo mejor asoma una foca...!!

Burbujeos helados

Los bordes del ibón son lo primero que se deshiela


El Circo de Brazato con sus dos cimas. La vista engaña: la cima de la izquierda, a la que nos dirigirmos, es más alta que la escarpada cumbre de la derecha.

La pala final. Los últimos metros son un pedregal sin nieve

Cima de Brazato oriental







Excursión realizada el 11 de mayo 2014


21 may. 2014

La gran pala de la Llena del Bozo


Así como un libro nos lleva a otro, una montaña nos conduce a otra.


Encaramados en la afilada cumbre del Pico de L’O Ibón, que como un colmillo sobresale del macizo de Vernera, recorremos con la vista las montañas circundantes, rememorando experiencias y tramado planes, hasta que nuestra mirada se ve irremediablemente atraida por la extraña y atípica pala que desciende recta e ininterrumpida por la cara oeste de la Llena del Bozo, justo enfrente de nosotros. Sorprendentemente lisa, como si la hubiesen aplanado las ratraks, no necesitamos más para encender nuestra imaginación y trazar un plan.

Por eso, ahora, tres meses después, bañados por un espléndido sol primaveral, estamos en la cima de la Llena del Bozo, dispuestos a descender por la gran placa. Una estrecha y vertiginosa arista de nieve nos permite alcanzar el borde de la imponente rampa. No es muy inclinada, pero los primeros giros, pendientes de comprobar el estado de la nieve, siempre son delicados. Está todavía helada, pero los cantos agarran perfectamente por lo que me dejo ir, encadenando largos giros, escuchando el áspero ruido de las tablas contra el hielo, olvidado del mundo, disfrutando por fin de este descenso.

No deja de asombrarme cómo podemos gozar esquiando a toda velocidad mientras, simultáneamente, –cuerpo y mente alerta– debemos ocuparnos de controlar el terreno para anticiparnos a sus irregularidades, evaluar el estado de la nieve, y analizar las sensaciones que tablas y piernas nos transmiten.

Sólo paro hacia la mitad de la pala para saludar a una pareja que, con crampones, asciende trabajosamente, sospecho que con un punto de sana envidia al vernos bajar en unos minutos lo que a ellos les va a costar más de una hora. Todo lo bueno se acaba y la pendiente acaba por diluirse en el fondo del barranco. Me detengo unos instantes a contemplar por última vez la gran placa y observar el descenso de los compañeros, y continúo por la torrentera en busca del estrecho paso que da acceso al Llano de Napazal.

Pero esa es otra historia. 











Última rampa a la cima. Detrás Llena de la Garganta, Aspe y el Piri...
Sebas llegando a la cima

Iniciando el descenso por la arista hacia el principio de la pala oeste

Derrapando con precaución por la vertiginosa arista
Una pareja subiendo la pala con crampones

El estrecho paso de nieve para alcanzar el fondo del valle

Vista de la Llena del Bozo desde el Pico de L'O Ibón


Nota: si hay poca nieve es mejor tomar a la bajada la opción 2: remontar hacia el collado del Bozo para salvar los contrafuertes y zonas rocosas.

Excursión realizada el 6 de abril, 2014

11 may. 2014

Ensoñaciones...




Desde la altura, contemplo extasiado el espléndido e inmenso panorama alpino que se despliega ante mí: infinitos picos de inmaculada blancura brillan bajo el luminoso cielo primaveral, rivalizando entre ellos por mostrar su estampa más bella, su perfil más airoso. Mi mirada trata inutilmente de absorber tanta belleza intentando al mismo tiempo identificar algunas de las montañas a mi vista. Vana tarea pues ni siquiera conozco el lugar en el que me encuentro. Tan sólo la imponente mole del macizo del Mont Blanc, que destaca sobre el resto, me resulta lo suficientemente familiar.

Mis ojos, entrenados (o deformados) por décadas de peregrinaje montañero, escrutan inconscientemente el escarpado paisaje, individualizando cada montaña, descubriendo los puntos débiles de las aparentemente inexpugnables cumbres, y trazando con la imaginación las rutas que me permitirían alcanzar las cimas. Noto ya el frío que me entumece las manos mientras clavo los piolets en el hielo de aquél corredor vertiginoso que se escurre entre barreras rocosas hacia la cúspide; siento en el rostro el viento durante la escalada de la aérea cresta que distingo en la lejanía; observo en la distancia la gran pala de nieve que desciende desde la cima de aquella gran montaña y disfruto de la velocidad mientras controlo los giros que mi fantasía va trazando en la pendiente. Excitado por tantas posibilidades, me dejo llevar en un primer momento por la emoción hasta que poco a poco, y sin apenas darme cuenta, me invade un  sentimiento de frustración, levemente amargo, al percatarme de que jamás podré ascenderlas todas, que necesitaría varias vidas para recorrer todas estas montañas y valles que como un gigantesco mosaico se extienden ante mí.

–”Señores pasajeros le rogamos se abrochen los cinturones de seguridad. En breves momentos iniciaremos la maniobra de descenso”

De golpe, estas palabras con sonido enlatado rompen mis ensoñaciones y me devuelven a la realidad: me encuentro cómodamente sentado en una butaca a unos 10.000 metros de altitud, en vuelo de trabajo a Milán. Echo una última mirada y despego la nariz de la plastificada ventanilla mientras el avión me aleja rápidamente de las blancas cumbres alpinas y comienza la bajada hacia las monótonas llanuras de Lombardía...