15 ago. 2009

Tormenta en los lagos (Valle de Marcadau, Pirineos)

Acurrucados bajo la gran roca, esperábamos ateridos el final de la tormenta. Nos encontrábamos a 2.400 metros de altitud, entre los lagos Nère y Pourtet, en las alturas del valle de Marcadau, cuando negros nubarrones y los primeros amagos de la tormenta nos empujaron a buscar cobijo inmediato.
La violencia del viento empujaba la lluvia y el granizo hacia el interior de nuestro precario refugio, empapándonos a pesar de los impermeables. Truenos y relámpagos estallaban entre las crestas y la niebla, y su ruido, ensordecedor, se ampliaba aún más al rebotar en las paredes graníticas que nos rodeaban.
De todas las agujas, aristas, diedros y cumbres –un universo desértico de piedra–, se precipitaban cascadas y torrentes de agua blanca y espumosa, anegando los escasos prados y compitiendo por llegar los primeros al valle.
Poco a poco nos íbamos encogiendo e incrustando entre las grietas de nuestro improvisado refugio en un inútil intento de mimetizarnos con la roca, de hacernos invisibles al mal tiempo.
A unos 30 metros de donde nos hallábamos, en la ladera que salpicada de bloques descendía hasta el lago, se asomaba curiosa una marmota. No parecía preocuparle la lluvia, al contrario, se la veía complacida, quizás calculando el beneficio de tanta agua en sus magros pastos.
Nuestra vecina la marmota oteando la tormenta

El día, sin embargo, había comenzado espléndido. Caminar bajo el cielo azul por los plateaus herbosos que desde el Chalet del Clot remontan el valle de Marcadau es todo un placer. El camino viejo discurre por la margen izquierda del río, que se demora por los prados, como temiendo confrontarse con las inminentes cascadas que le esperan en Pont d’Espagne.
Sólo un pero que poner: como en tantos otros lugares, la propia belleza del paisaje lo ha convertido en una atracción turística con la correspondiente masificación que, en mi opinión, destruye parte de su encanto.
Una vez en Pont du Cayan, el sendero se olvida de la horizontalidad y comienza un zigzag loco, durante 400 metros, a través del bosque. Por si fuera poco el desnivel a salvar, el piso es incómodo, el abetal parece haber crecido sobre una pedrera inmensa y cada paso obliga a esquivar piedras y raíces... ¡pero qué bello! Me gustan estos bosques caóticos, con árboles rectos como mástiles o retorcidos como los condenados de la Capilla Sixtina, de musgo y hiedra, de troncos caídos que se van disolviendo poco a poco en la tierra de la que salieron.
De repente, en un último giro, el bosque se termina y salimos a un balcón herboso que nos permite una última ojeada sobre el valle antes de adentrarnos por una zona que se va despojando de vegetación hasta llegar al primero de los lagos de Embarrat. El lago, oscuro y profundo, es un buen lugar para recuperar fuerzas, mientras observamos a un grupo de escaladores encaminándose previsiblemente hacia las Agujas de Castet Abarca.
Bordeamos el lago y en una corta subida alcanzamos el lago superior de Embarrat, que nos seduce por sus acogedores prados y los juncos que se mecen en sus aguas. Pero no es el último, ni mucho menos, y otra tirada de media hora nos coloca en dos lagos gemelos que pese a su pequeñez no pasan desapercibidos. En estos áridos paisajes rocosos de la alta montaña veraniega se agradece esta sucesión de lagos que reflejan y suavizan las cumbres que nos rodean.
El tráfico de montañeros es constante; unos con pequeñas mochilas para el día, otros con grandes petates que nos hacen soñar en largas travesías y acampadas bajo las estrellas. Algunos recorren el camino en sentido inverso al nuestro, pero todos, en algún momento, se paran a descansar en las orillas de los lagos.
Reanudamos la marcha ascendiendo por el resalte que sujeta las aguas del lago de Pourtet, hacia el cual nos dirigimos. Largas lazadas de buen camino a través 
de grandes bloques nos permiten alcanzar por fin el lago, punto culminante de este sistema lacustre, encastrado en un circo de granito en el que destacan las cimas del Soum de Bassia, el Pic du Pourtet y el Pic Arrouy.
Tras breve parada, nos decidimos por este último pico que se alza vertical sobre el lago. Una fortísima pendiente herbosa nos deja en un collado vertiginoso, en el arranque de las agujas que unen el Pic Arrouy y el Pic du Pourtet. La cima es ya cuestión de paciencia y un poco de equilibrio pues los últimos metros transcurren a través de una pequeña arista aérea en la que no caben las prisas. Como si la propia ascensión no fuese suficiente recompensa, la vista que nos regalan los 2.750 metros de esta cumbre sobre los macizos de Balaitous y Vignemale es magnífica.
De regreso al lago de Pourtet, observamos las nubes que durante la ascensión se han ido instalando sigilosamente en el cielo. La meteo ya nos había alertado de la posibilidad de tormentas por lo que nos apresuramos por la estrecha cornisa que bordea el lago y comenzamos el descenso hacia el circo de Marcadau, con la esperanza de librarnos de la tromba. Ni siquiera nos da tiempo de llegar al lago Nère, oscuro como su nombre, y ya sus aguas se ven rizadas y revueltas por el viento y las primeras gotas.

Llevamos dos horas en nuestro exiguo refugio. El granizo blanquea la montaña. La tormenta no tiene trazas de parar. Cada vez que nos ilusionamos al notar que por un rato la lluvia afloja, ésta vuelve a la carga, redobla su intensidad y los truenos retumban si cabe con más fuerza. Nuestra vecina la marmota hace ya tiempo que se ha retirado a su galería. ¡Ojalá pudiéramos hacer nosotros lo mismo!
Justo cuando ya estamos pensando que habrá que salir a mojarse si no queremos que se nos haga de noche, la tormenta comienza a ceder, quizás agotada por su propia furia, y tímidos claros dan paso a unos pálidos rayos de sol poniendo un poco de color en el grisaceo paisaje.
Anquilosados y tiritando, a duras penas conseguimos extraernos de la roca. Se ha acabado el espectáculo y toca ponerse en marcha. Cargamos con las mochilas y reanudamos el descenso, equilibristas por los bordes de los caminos inundados, saltimbanquis de torrentes desbocados.

Abajo, en el valle, vemos figuras diminutas cambiando de lugar las tiendas anegadas. Una fila de excursionistas, calados hasta los huesos, se dirige hacia el refugio de Wallon.

El agua está siempre presente durante la travesía
Descanso en el lago Embarrat Inferior
Las orillas del lago Embarrat Superior invitan a acampar
La cima del Pic D'Arrouy sobre el Lac du Pourtet, al fondo del macizo de Balaitous



Bordeando el Lac du Pourtet
Al día siguiente, un sol radiante nos ayuda a secar los trastos
Llegando al refugio de Wallon