31 ago. 2013

Condenado al paraíso


La diáspora

Verano. Amigos y conocidos van y vienen, desparramándose por medio mundo a la búsqueda de las montañas y paisajes soñados durante el invierno. Desde destinos clásicos como Chamonix a exóticos como el monte Ararat; de las pétreas torres de Dolomitas al más familiar pero siempre atractivo Pirineo.
La inquietud –en mi caso, una frustración hace tiempo asumida– que este desfile me produce se ve aumentado cuando me entero de que me han organizado unas vacaciones en Menorca. ¿Menorca? Corro a informarme y consulto ilusionado el mapa de la isla esperando encontrar una accidentada geografía llena de montes y posibilidades. ¡Oh, desastre! Repaso una y otra vez el mapa hasta que constato estupefacto que la “montaña” más alta de la isla, el Monte Toro, alcanza la increíble altitud de ¡358 metros!, carretera incluida, santuario en la cima, y hasta una hospedería.

La isla amurallada

Nada más poner los pies en Menorca me llaman la atención los muros de piedra que dividen interminables el paisaje. Miles de kilómetros de muros (hablan de más 11.000 km) que delimitan fincas y pastos, protegen la tierra de la feroz tramontana, y de paso eliminan las piedras de los campos (¿será por esto que no quedan montañas en Menorca...?).
Paredes secas, es decir, sin cemento ni argamasa alguna, utilizadas desde épocas prehistóricas en poblados y talayots, pasando por las monumentales “barraques” circulares en forma de pirámides escalonadas, y por supuesto en los muros infinitos. ¡Esta gente lleva milenios dedicándose a apilar piedras!
Tapias grandes y pequeñas, blancas o rojas según el material disponible en cada zona, o ennegrecidas por el paso del tiempo. Lienzos pétreos que se entrecruzan por los campos o avanzan inexorables hasta el mar, que flanquean caminos y carreteras convirtiéndolos en estrechos desfiladeros, sólo interrumpidos por angostos pasos que se abren mediante leves barreras (“portells”) de madera de acebuche, que semejan costillares de fantásticos animales.

Caminando junto al mar

Los caminos de la historia son tan insospechados y sinuosos como los senderos de Menorca. Un camino ancestral, trazado y mantenido durante siglos con fines defensivos, se ha convertido hoy día en una fascinante travesía a lo largo de la costa isleña. El Camí de Cavalls (GR223) es otra de las gratas sorpresas que me ha deparado este viaje. Este gran recorrido circular de 185 km bordea acantilados vertiginosos, bahías recónditas y calas paradisíacas; atraviesa barrancos boscosos y llanuras de piedra; enlaza antiguos torreones de vigilancia y faros altivos y desafiantes; y todo con el telón de fondo del azul Mediterráneo. La reciente recuperación de este camino –que ha conllevado numerosas expropiaciones–, me parece todo un logro, casi un milagro en este paisaje de playas de imposible azul, tan codiciado por los especuladores, y más aún en estos tiempos en que la crisis sirve para justificar todo tipo de desmanes medioambientales. 

Monte Toro

Será bajito pero es el más alto de la isla. O sea que no podía dejar de subirlo (el famoso virus de las cimas...). Por más que busqué en la red no encontré datos sobre senderos, caminos o pistas. Toda la información me remitía a la carretera. Quizás no indagué lo suficiente, o lo más probable: casi nadie sube andando al Monte Toro.
Al amanecer me calzé las zapatillas en una silenciosa y solitaria calle de Es Mercadal. Obviando la carretera directa, inicié un suave trote por una pequeña carretera lateral (Son Carlos) que, bordeando el monte, me condujo a un alto desde el que accedí por fin a un precioso camino entre masías. Poco me duró la alegría. Tras un breve recorrido en el que mientras corría me iba desayunando las innumerables telarañas que lo poblaban, el sendero desembocó finalmente en la carretera principal. Quedaba un último kilómetro y medio de duras rampas de asfalto que me obligaron a ralentizar el ritmo hasta llegar a la explanada del santuario. Allí, subido en una alta peana –rivalizando con la multitud de antenas–, me esperaba un cristo con los brazos levantados, no se bien si acogiéndome o diciendo ¡ya te ha costado!
La altura de la cima es modesta pero el panorama, que abarca toda la isla, es espléndido. La pálida luz de la mañana inundaba el paisaje subrayando los discretos cordales de blancas masías y la línea de la costa con sus ensenadas azules. Tras recuperar el resuello y disfrutar de las vistas sólo me quedaba una cosa por hacer: correr cuesta abajo –esta vez sí, por la ruta directa–, en busca de las ensaimadas para el desayuno.

Adeu

Tumbado en la blanca y fina arena de una recóndita cala, bajo un cielo imperturbablemente azul, observo las marcas claras que las sandalias han dejado en mis bronceados pies, libres por unos días de la opresión de las botas de monte o de la insufrible apretura de los pies de gato. Al fondo, blancas velas surcan un mar de aguas transparentes. Bueno..., después de todo, quizás podría acostumbrarme a vivir en el paraíso... 

Camino por los acantilados del sur de la isla

Faro de Favaritx
Llegada a cala Macarella
Muros de piedra seca

Muros que dividen pastos o protegen árboles. Barrera de madera de acebuche omnipresentes en la isla

Poste indicador del Camí de Cavalls
Camí de Cavalls por la tierra de arcilla roja de la costa norte de Menorca
"Barraque" circular. Muro de piedra roja. Cabaña de piedra

Camí de Cavalls por el sur de la isla
Taula de Torrellafuda


PD: Un libro sobre Menorca: "Lluvia roja" del escritor holandés Cees Noteboom (Ediciones Siruela).

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