8 nov. 2014

Babarrunjaleak




Existen, indudablemente, formas más fáciles de ir a comer alubias a Goizueta, pero creo que pocas tan gratificantes como ir corriendo desde Donostia. La prueba de 33 km que organiza el grupo CVCEKorrika como fin de temporada tiene para mí un atractivo irresistible. Tan sólo oír el nombre “Babarrunjaleak” ya me entran ganas de salir corriendo. Esta ha sido la tercera edición de la carrera (¿carrera?, quizás habría que buscar un nombre más apropiado para definir una prueba en la que todos ganamos), y la primera en la que participo.

La prueba recorre durante 12 km el valle del Urumea –territorio familiar pues acostumbro a correr con frecuencia por la orilla del río–, hasta el caserío Pardiola. Nada más comenzar ya me quedo solo; la distancia y el desnivel que me esperan son un reto desconocido para mí y prefiero tomármelo con calma. El bueno de Teo se demora en los cruces hasta que comprueba que veo por donde continúa el camino. Por fin, a la altura de Martutene, le alcanzo con la voz y le digo que siga sin preocuparse, que conozco la ruta. Los 2 km de subida a Pardiola constituyen una de las especialidades del país: asfalto con repechos de hasta el 15% que te funden si pretendes correr más deprisa de lo que conviene.

En Pardiola –avituallamiento y ánimos– me esperan pacientes Rafa y Jesús que han condescendido a trotar conmigo durante el resto del trayecto. A partir de aquí la pendiente se dispara en una compacta subida, que nos deja sin aliento, hasta los 700 m del cordal Adarra-Mandoegi. Marchamos al trote por los senderos y pistas que recorren esta sierra tranquila y cercana donde hace ya tanto tiempo nos iniciamos en travesías y aventuras. A mediados del siglo pasado Peña Basurto, en su “Montañas Guipuzcoanas", la calificaba de “monótona y árida por la total despoblación forestal”. Hoy, sin embargo, disfrutamos galopando bajo los extensos y húmedos pinares, de los que emergen las redondeadas cimas herbosas.

Acostumbrado a correr en soledad, se agradece la compañía que consigue que los kilómetros se sucedan inadvertidos y me olvide de las piernas doloridas por el esfuerzo. Al igual que nosotros, la conversación se ahoga cuesta arriba y resucita en las bajadas. Rafa, siempre atento, desenfunda su móvil y con un “clik" congela momentos y paisajes, indetectables para nosotros, que nos acompañarán para siempre. Algo más callado Jesús, quizás porque a lo largo de los miles de kilómetros que ha recorrido se habrá construido un amplio mundo interior que le ayude a superar tantas horas de carreras.

La satisfacción, y un cierto alivio, me invade cuando, en una revuelta del camino, descubrimos el amplio y despejado collado de Errekalko. Con la meta a nuestro alcance parece que las piernas nos pesan menos y las fuerzas se renuevan. Mientras descendemos al desguarnecido portillo la lluvia y el viento nos alcanzan y golpean haciéndonos envidiar a nuestros amigos que estarán ya duchados y calentitos allá abajo.


Somos los últimos. Nos apresuramos pues por la larga cresta que se descuelga vertiginosa hacia el fondo del valle, en donde a través de la bruma, diviso ya las primeras alubias casas de Goizueta.

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