10 jul. 2016

La Subterránea del Aspe

La marmota, erguida como un hito sobre una gran bloque de piedra, nos observa atentamente mientras atravesamos la pedregosa pradera del Cubilar de Rigüelo. Sin embargo… es extraño… no ha dado su característico silbido de alarma, y permanece tiesa, descarada, casi reivindicativa en su gran peana gris. La miramos con atención… y descubrimos por qué parece un hito: ¡es un mojón de piedra! En fin, cosas de la distancia y quizás del madrugón.
   Nos dirigimos al pilar SE del Aspe, el enorme contrafuerte bicolor tanto tiempo olvidado, testigo impertérrito de las cordadas que verano tras verano se encaminan a la popular Arista de los Murciélagos. Todos, en algún momento, hemos levantado la cabeza al pasar y mirado aunque sea de reojo la gran muralla, en la que apenas se podían contar un puñado de vías. 
   
   Cuando embocamos el barranco de la Garganta de Aisa advertimos unos sarrios que nos contemplan curiosos, supongo que riéndose al vernos trastabillar por la pedrera, haciendo alarde de nuestra bípeda torpeza. Extensa pedrera que, como en todas las grandes paredes, se desparrama por su base, como las migas de un inmenso pastel que va deshaciéndose poco a poco. Pero son unas migas incómodas que hacen penosa la subida hasta pie de vía.
  
   La originalidad se cotiza y no cabe duda que la Vía Subterránea la tiene. Su primer largo se introduce en el interior de la montaña, y asciende durante 40 metros por un impresionante y oscuro tubo vertical hasta salir de nuevo a la luz bajo el gran techo del tercer largo. Esta singularidad, añadida a que la vía –como la mayoría de las de Sendero Límite– se halla equipada en su totalidad, consigue que la ruta esté casi tan concurrida los fines de semana del verano como la vecina arista. Madrugar, por tanto, es imprescindible aunque como descubrieron los amigos Rafa Elorza y Andoni Arabaolaza, no garantiza llegar los primeros.
   
   El alivio al salir de la lóbrega y fría chimenea se empaña rápidamente al ver el enorme techo que tapona la vía. El largo, que rodea el desplome, impone; si bien los parabolts que brillan aquí y allá como preciados diamantes, marcan el camino, prometen seguridad y mitigan bastante el agobio. Álvaro y Jon, de primeros, se trabajan el largo y lo sacan en libre con nota. Los demás… hacemos lo que podemos.
La primera parte de la escalada se termina con un par de largos más sencillos que nos depositan en la gran faja herbosa que divide la pared.

   El día está magnífico. Esperábamos mucho calor, pero las nubes, tan odiadas a veces, han venido a nuestro rescate rompiendo la monotonía azul y suavizando la temperatura.

   Si la zona inferior de la muralla está compuesta por una caliza gris parecida a la de Ansabere, la segunda parte, con su color ocre, diedros y plataformas, recuerda sin embargo a Ordesa. Excepto una tirada difícil, esta parte es más asequible y poco a poco las relucientes chapas nos muestran el camino a la cima.
   
   La tarde declina en el valle de Aisa mientras descendemos en fila por el sendero. La luz anaranjada del ocaso baña este paisaje de suaves prados y rugosas cumbres, cada vez más lejanas, y le confiere esa pincelada tan especial y bella que a mí me relaja a la vez que me produce una sensación de nostalgia.
   
   Esa que quizás sentiré en unos días cuando, olvidadas las inoportunas dudas, los agobios y el esfuerzo derrochado, recuerde esta espléndida ascensión.

El gigantesco diedro que alberga la cueva donde comienza la vía

Primer largo: Oier introduciéndose en la chimenea
Jon en la vertical de la chimenea

Jon comenzando el tercer largo, el más difícil de la vía

Oier en el tercer largo, bajo el enorme desplome

Oier en plena faena

Terminando el largo clave 


Jon en el cuarto largo

Jon disfrutando, como siempre!!

En los diedros de la parte superior




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