23 ene. 2015

Ori

El fuego que ardía tras el cristal de la chimenea confería un toque acogedor al comedor de la taberna Iribarren, en Auritz. El viento, la lluvia y la oscuridad que reinaban en el exterior contribuían a hacer más placentera si cabe la velada. Únicos comensales, dábamos cuenta de una sencilla cena bajo el retrato de mirada ingenua y un punto triste de Xalbador, el sensible poeta que cantaba sus "bertsos" no lejos de aquí, en el vecino valle de Urepel.

  Los acontecimientos del día, cómo no, monopolizaban en gran parte la charla. Una jornada que había amanecido diáfana y luminosa como para realzar aún más la siempre majestuosa estampa del Ori. El gran manto blanco que cubría la montaña refulgía bajo el brillante sol matinal y ofrecía un marcado contraste con el azul intenso del cielo. La nieve ocultaba el relieve y daba a la pala sur del Ori un aspecto uniforme, como una gran muralla blanca, aparentemente inaccesible. En la cresta, el feroz viento del norte levantaba la nieve y la convertía en falsos penachos de humo blanco. La personificación –es decir, atribuir cualidades humanas a las cosas– es una figura habitual en los relatos montañeros. Aplicándola en este caso, estaba claro que la montaña jugaba al engaño y trataba de intimidarnos.
  En lo alto del puerto de Larrau, el redondo ojo del túnel, al que la nieve daba un aspecto legañoso, nos observaba mientras rasgábamos la inmaculada sábana blanca que se extendía ininterrumpida hasta la cima. El pequeño placer infantil de hollar la nieve virgen se empañaba en cierto modo por la sensación perturbadora de romper la magia del paisaje, de ser unos intrusos en una naturaleza que no nos necesita para nada.
  Protegidos del viento por la gran pala, fuimos remontando la pendiente dejando detrás un surco profundo, como si fuésemos tendiendo un largo hilo en la inmensa ladera. A nuestras espaldas, cientos de metros más abajo, la Selva de Irati se extendía como una mancha oscura por sierras y barrancos, un ejército de abetos y hayas aletargado, a la espera de ponerse en marcha en primavera.
  Pero la cuesta, cada vez más empinada, absorbía toda nuestra atención. Sin casi darnos cuenta habíamos llegado bajo la cornisa cimera, donde la pendiente, que formaba un muro tieso pero poco consistente, nos obligó a bajarnos de las tablas y pelear escalón a escalón cada metro hasta la cresta. El viento (¡estoy personalizando!), aburrido de azotar la cumbre nos recibió con tal alegría que casi nos tira al suelo. Con semejante ventarrón, el único que lograba mantener el tipo para la tradicional foto de cumbre era el congelado vértice geodésico, que parecía un cucurucho de nata petrificado.
  El espléndido azul de la mañana se había trastocado en un gris feo y sucio, y los primeros copos volaban en todas direcciones mientras nos atábamos las fijaciones y comenzábamos el descenso, directos hacia el bosque de Irati…


La cena terminada, y confortados por un chupito de basaka –el dorado licor de manzanas silvestres que elaboran en la zona–, salimos a la fría noche de enero, rumbo al saco, pensando ya en la excursión del día siguiente al Ortzanzurieta, ¡pero ese es otro capítulo!


El Ori, majestuoso

Desde la estación de esquí de fondo de Abodi

Túnel del puerto de Larrau (Larraine)

El placer infantil de hollar la nieve virgen

Siguiendo la huella aplicadamente

La Selva de Irati a nuestros pies

La pendiente se va complicando

Peleando los últimos metros bajo la cornisa. El viento aguarda.

Últimos metros a la cima

En la cima, junto al gran cucurucho de nata

Un descansito en pleno bosque de Irati

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