19 abr. 2015

El Pico de Tendeñera tras la tormenta

La fenomenal tormenta vespertina, con su dramático juego de luces y sombras y espectacular aparato pirotécnico, ha cubierto el valle con una fina sábana de nieve y granizo, que ahora, medio helada en esta fría mañana de primavera, cruje bajo nuestros pasos.

   Cargados con el peso extra de tablas y botas –pues la delgada capa no nos permite su uso–, caminamos torpemente por el colgado valle de Otal, sorprendentemente llano en este mundo abrupto y vertical. Avanzamos mayormente en silencio, con un ojo puesto en las espesas y negras nubes que nos acechan desde la divisoria y el otro en la imponente muralla blanca que arrancando al final del valle, asciende en terrazas verticales hasta las cumbres de los picos de Otal y Tendeñera. De pronto, el primer rayo de sol ilumina la cima de Tendeñera, que refulge lejana, allí arriba, como un Shangri-La inalcanzable.

   El valle se cierra y el sendero comienza a ascender los primeros resaltes del muro, serpenteando por un terreno áspero, entreverado por los numerosos arroyos por los que se funde el invierno. La nieve se espesa por fin, pero el alivio que nos procura desembarazarnos de los esquís se empaña por la contundencia de las rampas que se nos vienen encima. Duros zigzags en una nieve reciente y húmeda sobre una capa vieja y podrida que obligan al que lidera a un doble esfuerzo: deslizar la tabla sobre la primera capa para después pisar con fuerza para compactar la poco cohesionada nieve del fondo.

   La penosa tarea, junto con el calor del sol de abril, nos obliga a puntear la ascensión con breves paradas que aprovechamos para disfrutar del espectáculo que se despliega ante nuestros ojos. En primer plano, los contrafuertes y corredores de la Peña de Otal, a los que la nieve caída en las últimas horas ha tapizado de blanco, confiriéndoles un flamante aspecto invernal; Abajo, el río que culebrea por el fondo del plano valle, remoloneando antes de precipitarse al barrando de Ara; y, a lo lejos, las grandes montañas del entorno, Vignemale, Taillon, Marboré, Perdido,…, engullidas por una oscura y alborotada masa de nubes que trata desesperadamente (e ilegalmente) de cruzar la muga y alcanzarnos. Para nuestra alegría, Jorge “el de la meteo” (¡Gracias!) ha acertado plenamente el pronóstico, y el tiempo en nuestra zona se mantiene aún despejado.

   El cansancio va haciendo mella y la última rampa se nos hace larga. Menos mal que Jon, con el empuje y el hambre de cima de sus 25 años, se trabaja la huella hasta depositarnos en la cresta donde el sentido común nos recomienda aparcar los esquís. Como para darle más carácter a la cumbre, los últimos metros consisten en una arista estrecha y vertiginosa, apenas un pasillo de nieve y roca con precipicios a ambos lados, que requiere toda nuestra atención.

   No nos quedamos mucho tiempo en la punta. Las nubes han acabado por atraparnos y nos hurtan las vistas y el calor. El descenso lo comenzamos en medio de un ligero granizo y con poca visibilidad, pero no nos quejamos demasiado, a pesar de las escasas expectativas iniciales la ascensión ha resultado estupenda.



La delgada capa de nieve helada cruje bajo nuestros pasos
La subida consiste en terrazas inclinadas entre farallones rocosos
El río Otal serpentea por el fonde del valle
Cuesta abrir huella

El valle de Otal se queda muy lejos
La última pala, con las nubes pisándonos los talones
Aparcamos las tablas y nos dirigimos hacia la cresta
La cresta se estrecha hasta formar un pasillo aéreo en el que hay que tomar precauciones
Las nubes nos atrapan en la cima


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