19 ene. 2014

Sanctus vs Infernus (Gourette)


El estrecho valle, sombrío y soñoliento
Sanctus, sin apellido, qué nombre tan extraño para una montaña. Busco y rebusco por internet y no consigo encontrar una explicación coherente para tan raro topónimo. La singularidad de su nombre no se corresponde sin embargo con su imagen. Se trata de un pico más entre los cientos que lo rodean, muchos de ellos más altos y atractivos. Pese a ello, su accesibilidad en esquís y la proximidad de la estación de Gourette hacen que sea una de las montañas más frecuentadas en invierno. 

Las laderas repletas de nieve de Gourette resplandecían con los primeros rayos del gélido sol de finales de diciembre. La estación se desperezaba y los remontes comenzaban a ronronear cuando abandonamos la estriada pista y nos adentramos en el solitario barranco del arroyo Valentin. El estrecho valle, sombrío y soñoliento, parecía resistirse al nuevo día. Sin embargo, unas huellas madrugadoras nos precedían rompiendo de alguna manera el hechizo, a la vez que nos facilitaban la marcha.

El silencio, sólo roto por el acompasado rasgueo de los esquís al deslizarse por la compacta nieve, y la tenaz pendiente propician el recogimiento. Son momentos en los que uno puede concentrarse en sus pensamientos, reflexionar y repasar acontecimientos, incluso, a veces, ver con más lucidez cuestiones que la niebla del fondo del valle ensombrece.

La vertical muralla del Pène Sarrière escolta nuestros pasos y nos separa del bullicio de las pistas de Gourette, que discurren por el paralelo valle del Cotch. ¡Qué contraste la quietud y soledad de nuestra marcha con la agitación y el ruido de la estación!

Fantasías heladas en el arroyo
A la altura de las cabañas de Coste de Goue cruzamos el arroyo, que fluye en su mayor parte oculto por el manto de nieve. La costra de hielo dibuja fantasías sobre las glaciales aguas. La nieve se acumula espesa en la torrentera, sepultando casi por completo la minúscula borda de lajas oscuras.
Acometemos ahora la dura pendiente que nos dará acceso al pequeño circo de los lagos de Louesque. Nuestros pasos se ralentizan por la fuerte inclinación y la incómoda huella de raquetas que perseguimos. Al rato, alcanzo a una pareja que avanza a duras penas bajo el peso de sendos tablones de snow. Agotados por la carga que acarrean se dan por vencidos y se retiran de la ruta, mientras que un tercero, con esquíes, progresa con soltura.

La soleada cima nos acoge con su cesta de regalos: la satisfacción de la cumbre, el infinito paisaje de cumbres nevadas y la promesa de un gran descenso.

Hasta aquí el Sanctus, ahora tocaba el infernus. Dice Sebas que el plan perfecto no existe y hoy iba a ser el paradigma. De un estupendo ascenso en un día luminoso a una bajada penosa, con una nieve húmeda y pesada –muy pesada– que sólo nos permitía esquiar con largos y trabajados giros. En lugar de disfrutar del descenso, el objetivo pasó a ser el llegar abajo con los menos incidentes posibles.

Cosas del esquí de montaña, tan pronto momentos de euforia y belleza como un instante después situaciones duras y potencialmente peligrosas, el yin y el yang aplicado a la montaña, en definitiva como la vida misma.




¡Qué contraste la quietud y soledad de nuestra marcha con la agitación y el ruido de la estación!

El agudo Pic de Bécottes que rodearemos para llegar al Sanctus



La nieve se acumula espesa sepultando casi por completo la minúscula borda de lajas oscuras

Llegando al collado entre el Sanctus y el Pic de Bécottes
Avanzando por la loma cimera



Sebas disfrutando del Sanctus



Excursión realizada el 22 diciembre 2013

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